Capítulo 1: Ethan Desobedeció a su Padre para Salvar al Osezno que Lloraba Entre los Alambres

La granja de los Carter se encontraba junto a uno de los bosques más extensos de Montana.
Durante el día, el lugar parecía tranquilo. Había un viejo granero rojo, cercas de madera, campos cubiertos de hierba seca y un pequeño camino de tierra que desaparecía entre los árboles.
Pero cuando caía la tarde, el bosque cambiaba.
Las sombras crecían.
Los animales dejaban de cantar.
Y cualquier ruido entre las ramas parecía esconder algo.
Ethan Carter tenía once años y había crecido escuchando las advertencias de su padre.
Nunca entrar solo en el bosque.
Nunca acercarse a un animal herido.
Y, sobre todo, nunca interponerse entre una osa y su cría.
Aquella tarde, Ethan estaba llevando agua a los caballos cuando escuchó un gemido cerca de la cerca norte.
Al principio creyó que era un perro.
Después el sonido volvió a repetirse.
Era más débil.
Más desesperado.
Ethan dejó el cubo y caminó lentamente hacia el límite del bosque.
Allí encontró un pequeño osezno atrapado entre varios alambres retorcidos. Una de sus patas estaba aprisionada y cada intento por liberarse hacía que el metal se cerrara todavía más.
El animal gruñó al verlo.
Pero estaba demasiado agotado para atacar.
Ethan corrió hasta el granero, llenó un recipiente con agua y regresó.
Su padre, Jack, lo vio desde la casa.
—¡Ethan, aléjate! ¡Su madre está cerca!
El niño se detuvo a varios metros del osezno.
No intentó tocarlo.
Se sentó sobre la tierra y deslizó lentamente el recipiente hacia él.
—Tranquilo… no voy a hacerte daño.
El osezno mostró los dientes.
Después olfateó el agua.
Finalmente comenzó a beber.
Jack llegó corriendo con una pistola de bengalas en la mano.
—Vuelve a la casa ahora.
Ethan observó la pata atrapada.
—Si lo dejamos, morirá.
—Y si aparece su madre, nosotros también podemos morir.
El niño tomó una vieja herramienta de madera que utilizaban para tensar las cercas. Se acercó despacio, evitando mirar directamente a los ojos del animal.
El osezno gruñó cuando Ethan tocó el alambre.
—Solo tiene miedo —dijo el niño.
—Ethan, basta.
Pero él continuó.
Movió una parte del metal.
Después otra.
Sus manos temblaban, pero no se detuvo.
Finalmente el alambre cedió.
El osezno retiró la pata y se arrastró fuera de la trampa.
Ethan esperaba que corriera hacia el bosque.
En cambio, el pequeño animal se escondió detrás de él.
Entonces un gruñido profundo atravesó los árboles.
Jack levantó la pistola de bengalas.
Una enorme osa apareció entre las sombras.
Su pelaje era oscuro, su cuerpo parecía tan grande como un caballo y sus ojos estaban fijos en Ethan.
—Papá… no dispares.
—Apártate del osezno.
El pequeño salió de detrás del niño y corrió hacia su madre.
La osa lo olfateó.
Revisó su pata herida.
Después avanzó varios pasos hacia Ethan.
Jack apuntó.
Pero el animal no atacó.
Abrió la boca y dejó caer algo sobre la tierra.
Era un antiguo distintivo de plata.
Jack lo reconoció inmediatamente.
Su rostro perdió el color.
—Pertenecía a tu tío Samuel.
Ethan miró el emblema.
Samuel Carter había sido guardabosques.
Desapareció en aquel bosque nueve años atrás.
Nunca encontraron su cuerpo.
Antes de que Jack pudiera acercarse, la osa levantó la cabeza y miró hacia una figura oscura que se movía entre los árboles.
Ethan también la vio.
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Parecía un hombre.
Y estaba observándolos.