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Capítulo 1: La Mujer que Escuchó Romperse el Cristal Salvó al Hombre que Había Diseñado el Casino Treinta Años Atrás

El Casino Crown Palace brillaba aquella noche bajo miles de luces doradas.

Las mesas de juego estaban llenas, las fichas cambiaban de manos y los invitados más ricos de Las Vegas caminaban sobre una espectacular pasarela de cristal suspendida sobre el salón inferior.

Desde arriba, todo parecía lujo.

Desde abajo, Maria Lopez veía otra realidad.

Tenía cuarenta y seis años y trabajaba limpiando el casino durante los turnos nocturnos. Llevaba un uniforme gris, zapatos sencillos y una pequeña placa con su nombre. La mayoría de los clientes pasaba junto a ella sin mirarla.

Pero Maria observaba todo.

Conocía cada sonido del edificio.

El zumbido de los ascensores.

La vibración de las máquinas.

El crujido normal del cristal cuando cientos de personas cruzaban la pasarela.

Aquella noche escuchó algo diferente.

Un chasquido seco.

Después otro.

Maria levantó la cabeza.

Sobre ella caminaba Arthur Collins, un anciano de setenta y dos años con esmoquin gris y bastón plateado. Se había detenido en el centro de la pasarela para observar la gala.

Bajo sus zapatos, una grieta comenzó a extenderse.

—¡Señor, no se mueva! —gritó Maria.

Arthur miró hacia abajo, confundido.

Maria soltó el carrito de limpieza y corrió hacia las escaleras.

La grieta creció.

Los invitados comenzaron a gritar.

Arthur intentó retroceder, pero uno de los paneles se inclinó.

Maria llegó hasta él, lo sujetó por el brazo y lo arrastró hacia la zona de mármol.

Segundos después, el suelo de cristal se derrumbó.

Grandes fragmentos cayeron sobre el nivel inferior. Las fichas, las copas y parte de la decoración desaparecieron dentro del agujero.

Arthur respiraba con dificultad.

—¿Cómo lo supiste?

Maria señaló hacia abajo.

—Escuché cómo se rompía.

Antes de que pudiera comprobar si estaba herido, apareció el gerente del casino.

Miró el agujero.

Después observó a los invitados asustados y las cámaras de los teléfonos.

—¡Provocaste el pánico y arruinaste la gala!

Maria lo miró incrédula.

—¡El suelo iba a matarlo!

—Debiste avisar a seguridad.

—No había tiempo.

El gerente arrancó la placa del uniforme de Maria.

—¡Estás despedida!

La mujer apretó los labios.

Necesitaba aquel empleo para mantener a su madre y ayudar a su hija universitaria.

Aun así, no bajó la cabeza.

Arthur se acercó al borde del agujero y examinó varios tornillos rotos.

No estaban oxidados.

Habían sido retirados y colocados de nuevo de manera incorrecta.

—Ella acaba de salvarme —dijo.

El gerente intentó sonreír.

—Señor, está confundido por el susto.

Arthur sacó del bolsillo interior de su chaqueta un antiguo compás de dibujo fabricado en oro.

Los guardias de seguridad lo reconocieron y se pusieron firmes.

—Yo diseñé esta estructura hace treinta años.

El rostro del gerente perdió el color.

En ese momento llegó el arquitecto jefe del casino. Al mirar dentro del agujero, quedó paralizado.

Bajo la pasarela destruida había aparecido una puerta de acero.

—Esa habitación no figura en ningún plano —susurró.

Entonces se escucharon tres golpes desde el interior.

Lentos.

Débiles.

Humanos.

Arthur miró al gerente.

—Dime quién lleva años encerrado ahí.

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El hombre dio un paso atrás.

Y el picaporte comenzó a moverse desde el otro lado.

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