Capítulo 1: El Niño que Entró al Palacio Solo para Encontrar a la Princesa

Las puertas del gran salón real se abrieron en medio del banquete más importante del año.
Bajo enormes candelabros de cristal, nobles vestidos con lujosos trajes brindaban alrededor de largas mesas decoradas con oro y porcelana. Los guardias, inmóviles junto a las columnas de mármol, vigilaban cada movimiento mientras una suave orquesta llenaba el ambiente.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un niño de apenas nueve años cruzó corriendo el umbral.
Llevaba un viejo abrigo azul lleno de remiendos. Su rostro estaba cubierto de polvo y pequeñas heridas. Parecía haber caminado durante días.
Los invitados retrocedieron horrorizados.
Un guardia lo sujetó con fuerza por el brazo y lo empujó hasta el centro del salón.
—¡Atrás! ¡No te acerques a la princesa!
La princesa Eleanor giró lentamente.
Su elegante vestido blanco brilló bajo la luz dorada mientras observaba al pequeño desconocido con una mezcla de sorpresa y cautela.
El niño cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad, pero no apartó la vista de ella.
—¿Quién eres? —preguntó la princesa.
—No vine a robar… vine a verla.
Los murmullos crecieron entre los nobles.
El rey Adrian se levantó de su asiento al final del salón.
Su mirada era fría.
No parecía ver a un niño.
Solo veía una amenaza.
—Saquen a ese niño de aquí.
Dos guardias avanzaron.
Uno de ellos agarró el viejo abrigo de Oliver para arrastrarlo hacia la salida.
El tejido, desgastado por los años, se rasgó de un solo tirón.
—¡Espere! —gritó Oliver.
El salón quedó completamente inmóvil.
Sobre el hombro izquierdo del niño apareció una marca de nacimiento con la forma exacta de una pequeña corona.
La música se detuvo.
Eleanor sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No…
Sus manos comenzaron a temblar.
Oliver bajó la mirada.
—Mi madre dijo que nunca debía mostrarla aquí.
La princesa dio un paso hacia él.
—Mi hermano tenía esa misma marca...
Los nobles empezaron a mirarse unos a otros.
Aquella señal pertenecía únicamente a los descendientes directos de la familia real.
El rey Adrian endureció el rostro.
Alzó lentamente la mano.
Los guardias volvieron a bajar las lanzas alrededor del niño.
—Nadie sale del salón.
Oliver levantó la vista hacia el balcón superior.
Entre las sombras distinguió a una mujer cubierta con un velo oscuro.
—Ella me dijo que usted me reconocería.
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Eleanor siguió su mirada.
La mujer desapareció tras una cortina de terciopelo justo cuando las enormes puertas del palacio se cerraban con un estruendo que hizo temblar todo el salón.