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CAPÍTULO 2: EL HOMBRE QUE MURIÓ DOS VECES

La policía del campus abrió las puertas minutos después.

Clark fue separado de los estudiantes.

Pero antes de que se lo llevaran, miró directamente a Daniel.

—No entres al Archivo B.

Daniel respondió:

—Eso mismo decía la grabación.

Clark bajó la voz.

—No era una amenaza.

Por primera vez parecía sinceramente asustado.

—Era una advertencia.

Aquellas palabras cambiaron todo.

Daniel había crecido sabiendo muy poco sobre su padre.

Su madre, Laura Carter, siempre le había contado la misma historia.

Michael Carter murió en un accidente automovilístico meses antes del nacimiento de Daniel.

No había recuerdos.

Solo fotografías.

Una alianza guardada en una caja.

Y un certificado de defunción.

Laura murió cuando Daniel tenía catorce años.

Desde entonces, no quedaba nadie a quien preguntar.

Daniel miró a Evelyn.

—¿Quién era mi padre?

La decana guardó silencio.

—Lo conocía, ¿verdad?

—Sí.

Michael Carter había trabajado en Blackwood.

No como profesor.

Era investigador del departamento de neurotecnología.

Veintiún años atrás participó en un programa confidencial que estudiaba la relación entre patrones cardíacos, memoria y respuestas neurológicas.

El proyecto tenía otro nombre.

Proyecto Orpheus.

Clark también había participado.

—¿Qué tiene que ver mi monitor con eso? —preguntó Daniel.

Evelyn observó el aparato.

—No creo que sea únicamente un monitor cardíaco.

Los técnicos examinaron el dispositivo.

Encontraron una partición de memoria oculta.

Contenía audios.

Fotografías.

Registros médicos.

Y coordenadas internas de la universidad.

Daniel quedó helado.

El aparato había pertenecido originalmente a Michael Carter.

Su madre simplemente lo había modificado para que Daniel pudiera utilizarlo años después.

Entre los archivos apareció una fotografía.

Michael.

Clark.

Evelyn.

Y un cuarto hombre cuyo rostro había sido eliminado digitalmente.

Detrás de ellos aparecía una puerta metálica.

Archivo B.

—Quiero entrar —dijo Daniel.

—No —respondió Evelyn.

—Hay un hombre con la cara de mi padre allí dentro.

—Precisamente por eso.

Ava intervino.

—Daniel merece saber qué está pasando.

Evelyn miró a ambos.

Finalmente cedió.

El Archivo B estaba debajo del antiguo edificio médico.

Oficialmente había sido clausurado dieciocho años atrás.

Pero al llegar descubrieron algo imposible.

La cerradura electrónica había sido utilizada esa misma mañana.

Daniel acercó su monitor.

La puerta se abrió automáticamente.

Dentro había cientos de expedientes.

Todos pertenecían a niños nacidos entre veinte y veintidós años atrás.

Daniel encontró el suyo.

DANIEL CARTER.

SUJETO 17.

—¿Sujeto?

Sus manos comenzaron a temblar.

Dentro había fotografías tomadas desde su infancia.

La escuela primaria.

El hospital.

Su casa.

Incluso fotografías recientes del campus.

Alguien lo había observado durante toda su vida.

Ava encontró otro documento.

—Daniel…

Era el certificado de defunción de Michael Carter.

Pero debajo había una segunda versión.

Mismo nombre.

Misma fotografía.

Distinta fecha de muerte.

Diez años después.

Daniel miró a Evelyn.

—¿Cómo puede una persona morir dos veces?

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Porque ninguna de las dos veces encontraron mi cuerpo.

Todos se giraron.

Un hombre salió lentamente detrás de los archivadores.

Daniel sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

Era el hombre de la pantalla.

Y se parecía demasiado a él.

—Daniel —dijo el desconocido—. Has crecido.

Daniel apenas consiguió hablar.

—¿Eres mi padre?

Antes de que respondiera, Clark apareció en la entrada acompañado por seguridad.

—¡No lo escuches!

El hombre sonrió.

—Raymond.

Clark se quedó inmóvil.

—Michael Carter murió hace veinte años.

El desconocido negó lentamente.

—No.

Después miró a Daniel.

—Michael Carter fue el nombre que ustedes enterraron.

Sacó una vieja fotografía.

En ella aparecían dos hombres idénticos.

Dos hermanos gemelos.

Daniel sintió un escalofrío.

El desconocido señaló a uno.

—Ese era Michael.

Luego señaló al otro.

—Y ese soy yo.

Daniel retrocedió.

—Entonces tú no eres mi padre.

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El hombre lo miró con tristeza.

—Eso depende de qué versión de tu nacimiento quieras creer.

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