CAPÍTULO 1: EL MONITOR QUE NO DEBÍA HABLAR

El aula principal de la Universidad Blackwood estaba en completo silencio.
Más de cien estudiantes realizaban el examen final mientras el profesor Raymond Clark caminaba lentamente entre las filas.
Daniel Carter, de veinte años, estaba sentado cerca del centro.
Vestía una sudadera verde oscuro y pantalones cargo beige. Debajo de la ropa llevaba un pequeño monitor cardíaco conectado a su cuerpo.
Daniel había aprendido a convivir con aquel dispositivo.
Para los demás era simplemente una máquina médica.
Para él era seguridad.
De pronto, una pequeña luz parpadeó debajo de su sudadera.
Clark se detuvo.
—¿Qué escondes ahí?
Daniel levantó la mirada.
—Es un monitor médico.
Clark extendió la mano.
—Enséñamelo.
—Profesor, necesito llevarlo puesto.
Pero Clark no escuchó.
Desenganchó el aparato y lo levantó delante de toda la clase.
—Parece perfecto para recibir respuestas.
Algunos estudiantes comenzaron a murmurar.
Daniel se levantó inmediatamente.
—¡Devuélvamelo, lo necesito!
—Siéntate.
—No entiende. Controla mi corazón.
Ava Collins, sentada dos filas detrás, se puso de pie.
—¡Es un dispositivo médico! No puede quitárselo.
Clark la miró con desprecio.
—Siéntate o también quedarás fuera.
Daniel comenzó a respirar más rápido.
Ava se acercó y permaneció junto a él.
Los teléfonos aparecieron alrededor.
Clark acababa de convertir una acusación absurda en un espectáculo público.
Entonces las puertas se abrieron.
La decana Evelyn Reed entró.
Al ver el dispositivo en la mano de Clark, su expresión cambió.
—Profesor Clark, póngalo sobre la mesa. Ahora.
—Solo estoy investigando un posible fraude.
—Sobre la mesa.
Clark obedeció.
Daniel extendió la mano.
Pero antes de tocar el monitor, el aparato emitió un sonido extraño.
No era una alarma médica.
Era una grabación.
Y la voz que salió del pequeño altavoz pertenecía al propio Clark.
—Si reconoce a su padre, todo se arruina.
Nadie se movió.
Daniel miró al profesor.
—¿Mi padre?
Clark palideció.
Evelyn tomó el monitor y presionó otro botón.
Apareció una segunda grabación.
Esta vez habló un hombre desconocido.
—Clark, el chico nunca debe entrar al Archivo B.
Evelyn levantó lentamente los ojos.
Había miedo en ellos.
—Daniel, tienes que salir del edificio conmigo.
Clark caminó hacia las puertas.
Clic.
Las cerró.
—Ya es demasiado tarde.
En ese instante, la enorme pantalla LED se encendió sola.
Apareció una cámara de seguridad.
Ubicación:
Archivo B.
Un hombre estaba de pie en una habitación oscura llena de archivadores.
Daniel dejó de respirar por un segundo.
El desconocido tenía su misma mandíbula.
Sus mismos ojos.
Incluso la misma forma de inclinar la cabeza.
—Papá… —susurró Daniel.
El hombre comenzó a girarse hacia la cámara.
La imagen desapareció.
Pero Evelyn ya había comprendido algo terrible.
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Alguien que debía estar muerto acababa de entrar en la universidad.
Y había venido por Daniel.