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Capítulo 2: La Bomba Bajo la Almohada

La biblioteca de la mansión quedó en silencio.

No era el silencio elegante de las habitaciones caras.

Era el silencio del terror.

Emma yacía en el sofá, envuelta en mantas, débil, agotada, todavía temblando por el agua. Christopher estaba a su lado cuando vio el objeto negro bajo el cojín.

Pequeño.

Frío.

Cruel.

Una luz roja parpadeaba.

El temporizador marcaba:

00:28

Yvette gritó.

—¡Dios mío!

Emma abrió los ojos apenas.

—¿Papá?

Christopher no permitió que el pánico lo dominara.

—Nadie se mueva.

La orden cortó el caos.

El temporizador bajó.

00:24

Christopher se arrodilló junto a Emma.

Su voz cambió al instante.

Suave.

Cálida.

La voz que solo su hija conocía.

—Cariño, necesito que te quedes quieta.

Emma lo miró con miedo.

—¿Estoy en problemas?

La pregunta le partió el alma.

—No. Nunca.

Estudió el dispositivo.

La carcasa era comercial, pero el cableado no. Era demasiado limpio. Demasiado profesional.

Eso significaba que el doctor Leonard Shaw no había actuado solo.

Alguien había pagado.

Alguien había planeado.

Alguien había previsto que Emma quizá sobreviviera a la piscina.

Esto no era un plan de emergencia.

Era una segunda etapa.

Emma había estado siendo cazada desde hacía semanas.

El temporizador marcó:

00:14

Christopher vio entonces lo peor.

El explosivo no estaba debajo del cojín.

Estaba cosido dentro de la costura.

Si levantaba mal a Emma, el peso cambiaría.

Si el peso cambiaba, todo explotaría.

El corazón de Christopher se detuvo.

Emma era el peso que mantenía estable la bomba.

—Señor… —susurró Daniel Ross, jefe de seguridad—. ¿Escuadrón antiexplosivos?

—No hay tiempo.

Christopher miró los cables.

Rojo.

Negro.

Demasiado obvios.

Una trampa para alguien emocional.

Entonces recordó las palabras de Estelle.

“El pequeño problema.”

No hablaba de una niña.

Hablaba de una amenaza legal.

Christopher levantó la vista y vio una pequeña lente escondida en la estantería.

Una cámara.

Alguien observaba en directo.

Christopher miró directamente hacia ella.

—Sé que estás mirando.

Los altavoces de la biblioteca crepitaron.

Una voz femenina llenó la sala.

Elegante.

Fría.

Familiar.

—Siempre fuiste inteligente, Christopher.

Yvette cayó de rodillas.

Christopher susurró:

—Madre.

Estelle Pierce habló como si comentara el clima.

—No culpes a Leonard. Esto fue instrucción mía.

Emma abrió mucho los ojos.

—¿Abuela?

Christopher sintió que algo dentro de él se convertía en acero.

—Plantaste una bomba bajo una niña.

—¿Una niña? No. Una amenaza legal.

—¡Es tu nieta!

—Es el error de Rachel.

Emma se encogió.

Christopher lo vio.

Esa pequeña herida invisible terminó de romper cualquier resto de hijo que quedaba en él.

—Si ella muere —dijo Christopher—, tú dejas de ser mi madre.

Por primera vez, Estelle guardó silencio.

Solo un segundo.

Luego el temporizador marcó:

00:06

—Te quedan seis segundos —dijo Estelle.

Christopher tomó una decisión.

Metió ambas manos bajo Emma y el cojín.

Daniel gritó.

—¡Señor!

00:05

Emma lloró.

—¡Papá!

Christopher la apretó contra su pecho.

00:04

Arrancó el cojín entero.

00:03

Corrió hacia la chimenea reforzada.

00:02

Lanzó el cojín al interior.

00:01

Daniel lo derribó al suelo junto con Emma.

La explosión sacudió la biblioteca.

Cristales rotos.

Fuego.

Humo.

Libros ardiendo.

Durante un instante, no hubo nada.

Luego Christopher tosió.

El dolor le atravesó el hombro.

Pero solo le importaba una cosa.

Emma.

La encontró llorando, viva, respirando.

La abrazó con tanta fuerza que su cuerpo empezó a temblar.

Casi la había perdido.

Otra vez.

Dos veces en una noche.

No.

Nunca más.

El altavoz volvió a crepitar.

—La salvaste —dijo Estelle.

Christopher levantó la mirada hacia la cámara.

Ya no había calor en sus ojos.

Solo acero.

—Sí.

Estelle suspiró.

—Te subestimé.

—¿Dónde estás?

Silencio.

Luego:

—Ven al ala oeste.

La conexión se cortó.

Yvette susurró:

—Quiere que vaya solo.

Christopher le entregó a Emma.

—Llévala a la habitación de seguridad.

Emma se aferró a él.

—¡No! ¡Papá, no vayas!

Christopher se arrodilló frente a ella.

—Escúchame.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Ella te hará daño.

Christopher le tocó la cara.

—Ya lo hizo. Pero no volverá a hacerlo.

Emma tembló.

—¿Y si no vuelves?

Christopher tragó el dolor.

—Entonces recuerda algo.

—¿Qué?

Su voz se rompió.

—Tú nunca fuiste un error. Fuiste lo mejor que me ha pasado.

Emma se lanzó a su cuello.

—Te amo.

Christopher cerró los ojos.

—Yo también te amo.

Luego se levantó.

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Y caminó hacia el ala oeste.

Solo.


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