CAPÍTULO 2 — La fotografía de la niña que llevaba su misma pulsera

Lucía volvió a mirar la fotografía.
Esta vez con más atención.
La imagen estaba vieja.
Los colores habían perdido intensidad.
Pero aquella pequeña pulsera…
No había ninguna duda.
Ella conocía ese objeto.
Lo había llevado durante su infancia.
Recordaba haberlo recibido cuando era niña.
Pero no recordaba quién se lo había puesto.
Durante años había pensado que era simplemente un recuerdo perdido de una época que apenas podía recordar.
Ahora estaba allí.
En la muñeca de aquella niña.
Una niña cuyo rostro seguía oculto parcialmente por la mala calidad de la fotografía.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
“No puede ser…”
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Lucía miró la pantalla.
Álvaro.
Respondió.
“¿Quién eres?”
Silencio.
Después escuchó su respiración.
“Te dije que no miraras.”
Lucía cerró los ojos.
“¿Por qué sabes quién soy?”
Nada.
“¿Quién es esa niña?”
Álvaro no contestó.
“¿Quién es la mujer?”
Silencio.
Lucía apretó el teléfono.
“¿Por qué aparece mi pulsera?”
La respiración de Álvaro se volvió más pesada.
Entonces dijo:
“Porque algunas cosas nunca desaparecen realmente.”
La llamada terminó.
Lucía permaneció inmóvil.
A través del parabrisas vio algo.
Un vehículo oscuro acababa de detenerse detrás de su taxi.
Sus faros atravesaban la lluvia.
Lucía miró por el espejo retrovisor.
No podía distinguir el rostro del conductor.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era otra llamada.
Álvaro.
Lucía contestó inmediatamente.
“¿Qué está pasando?”
Álvaro habló en voz muy baja.
“Ahora sal del coche.”
Lucía miró el vehículo.
“¿Por qué?”
“Lucía, hazlo.”
“No voy a salir hasta que me diga qué está pasando.”
Hubo una pausa.
Entonces Álvaro dijo algo que hizo que toda la sangre pareciera desaparecer del rostro de Lucía.
“Porque el hombre que aparece en esa foto…”
Lucía miró nuevamente el espejo retrovisor.
El vehículo seguía allí.
Inmóvil.
Esperando.
Álvaro continuó:
“…está sentado detrás de ti.”
Lucía dejó de respirar.
Sus manos se quedaron congeladas sobre el volante.
No se atrevió a girarse.
Solo podía mirar el espejo.
Entonces ocurrió algo.
La puerta trasera del vehículo oscuro comenzó a abrirse lentamente.
Centímetro a centímetro.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
No podía ver quién estaba dentro.
No podía saber si Álvaro estaba diciéndole la verdad.
Y, por primera vez, comprendió que aquella fotografía quizá no era un recuerdo.
Quizá era una advertencia.
La puerta terminó de abrirse.
Lucía seguía mirando el espejo.
Sin atreverse a girarse.
¿Quién era aquella niña?
¿Por qué llevaba una pulsera idéntica a la suya?
¿Cómo conocía Álvaro su nombre?
Y la pregunta que más miedo le provocaba:
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¿Quién estaba sentado detrás de ella?
CORTE A NEGRO.