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CAPÍTULO 1 — El teléfono que no debía encontrar

La lluvia cubría Madrid aquella noche.

Las luces de los edificios se reflejaban sobre el asfalto mojado mientras Lucía Navarro conducía su taxi por las calles estrechas de la ciudad.

Era una noche normal.

Demasiado normal.

Lucía llevaba horas trabajando y solo quería terminar su turno, llegar a casa y dormir.

En el asiento trasero viajaba un hombre llamado Álvaro Serrano.

Había hablado poco durante el trayecto.

Parecía cansado, quizá preocupado.

Llevaba un abrigo de lana color burdeos y una pequeña bolsa negra apoyada junto a sus pies.

Cuando el taxi llegó a su destino, Álvaro miró por la ventana.

“Es aquí.”

Lucía detuvo el vehículo.

Álvaro abrió la puerta trasera y salió rápidamente bajo la lluvia.

“Buenas noches”, dijo Lucía.

Pero él ni siquiera respondió.

La puerta se cerró.

Lucía continuó su camino.

Unos minutos después, escuchó una vibración.

Bzzzz.

Lucía frunció el ceño.

Miró el espejo retrovisor.

No había nadie.

Entonces volvió a escucharla.

Bzzzz.

Sobre el asiento trasero había un teléfono móvil negro.

Lucía suspiró.

“Perfecto…”

Se detuvo junto a la acera y tomó el teléfono.

La pantalla se encendió.

Había recibido un mensaje.

Lucía no pudo leerlo completamente.

Solo vio una pequeña parte de la notificación antes de que la pantalla volviera a apagarse.

El teléfono comenzó a vibrar otra vez.

Esta vez era una llamada.

Lucía dudó.

Finalmente respondió.

“¿Sí?”

La voz de Álvaro llegó desde el otro lado.

“¿Tienes mi teléfono?”

“Sí. Lo dejó en el taxi.”

Silencio.

Lucía esperó.

Entonces escuchó su respiración.

“Entonces no abras la última foto.”

Lucía se quedó inmóvil.

Miró el teléfono.

“¿Qué?”

“Has oído lo que te he dicho.”

Lucía frunció el ceño.

“Señor, solo quiero devolvérselo.”

“Lucía…”

Ella dejó de respirar durante un instante.

¿Cómo sabía su nombre?

“¿Cómo sabe mi nombre?”

Nada.

“¿Señor?”

La llamada terminó.

Lucía bajó lentamente el teléfono.

Miró hacia el asiento trasero.

Estaba vacío.

Pero ahora tenía la sensación de que alguien la estaba observando.

La lluvia golpeaba el parabrisas.

Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro.

Lucía intentó convencerse de que todo tenía una explicación.

Entonces el teléfono volvió a vibrar.

Miró la pantalla.

Su dedo se acercó lentamente.

No sabía por qué.

Quizá era curiosidad.

Quizá porque aquella voz había pronunciado su nombre.

Abrió la galería.

La última fotografía apareció.

Lucía dejó de respirar.

No podía ver la imagen completa.

Solo algunos fragmentos.

La entrada de un viejo apartamento.

Una mujer de cabello oscuro.

Una niña con un pequeño jersey rojo.

Y un hombre de pie detrás de ellas.

Lucía acercó ligeramente la imagen.

Su expresión cambió.

Había algo en aquella fotografía que le resultaba familiar.

Algo que no podía explicar.

Entonces vio una pequeña pulsera en la muñeca de la niña.

Lucía tocó instintivamente su propia muñeca.

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Sus ojos se abrieron.

“Esa pulsera…”

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