Capítulo 2: La noche en que Elena dejó de existir

La gala fue suspendida.
Javier ordenó que nadie abandonara el hotel hasta que llegara la policía.
La mujer del balcón ya no estaba cuando seguridad llegó arriba.
Solo encontraron una puerta de servicio abierta.
Y una pequeña mancha de sangre sobre el marco.
Javier estaba fuera de sí.
—Era ella.
Beatriz negó.
—No puedes estar seguro.
Él levantó el colgante.
—Solo Elena tenía esta pieza.
Cinco años atrás, Elena Serrano desapareció después de salir de una cena benéfica.
Su automóvil apareció abandonado cerca del puerto.
Dentro encontraron su bolso.
Sus zapatos.
Pero nunca su cuerpo.
La policía pensó que podía haberse marchado voluntariamente.
Javier nunca lo creyó.
Beatriz había sido una de las últimas personas que la vio con vida.
Pero aseguró que apenas hablaron aquella noche.
Ahora esa versión empezaba a derrumbarse.
—¿Qué ocurrió entre ustedes? —preguntó Javier.
Beatriz respondió:
—Nada.
Lucía observó a Alba.
La niña seguía apretando el chal alrededor de su cuerpo.
—Pregúntele quién le dio el collar.
Javier se arrodilló.
—Alba, ¿cómo era la señora?
La niña pensó.
—Tenía el pelo oscuro.
—¿Viste su cara?
—Un poco.
—¿Se parecía a mamá?
Alba asintió.
—Mucho.
Javier sintió que el pecho se cerraba.
La mujer le había dicho una frase:
“Si tu padre todavía te llama Estrellita, dile que yo nunca olvidé el jardín.”
Javier cerró los ojos.
Estrellita era un apodo privado.
Solo Elena lo utilizaba.
Y el jardín era donde Javier le había pedido matrimonio.
—Era ella.
Beatriz comenzó a ponerse nerviosa.
Entonces Lucía vio algo.
En la muñeca de Beatriz había una pequeña cicatriz.
Una línea fina.
Alba la señaló.
—Ella también estaba allí.
Javier se volvió.
—¿Dónde?
Alba hizo memoria.
La mujer del collar no había estado sola.
Antes de entrar al salón, Alba vio a Beatriz discutiendo con ella cerca de una puerta lateral.
Beatriz negó inmediatamente.
—La niña está confundida.
Alba empezó a llorar otra vez.
Lucía se arrodilló a su lado.
—No tienes que tener miedo.
Javier miró a Beatriz.
—¿Hablaste con Elena esta noche?
Silencio.
Finalmente Beatriz respondió:
—Sí.
Todo cambió.
Elena estaba viva.
Había regresado a Barcelona hacía tres semanas.
Pero no quería acercarse directamente a Javier.
Tenía miedo.
—¿De quién? —preguntó él.
Beatriz respondió:
—De ti.
Javier quedó helado.
—¿De mí?
Elena había descubierto antes de desaparecer una serie de transferencias ilegales dentro de la Fundación Serrano.
Millones destinados a hospitales infantiles desaparecían mediante empresas falsas.
Una de las firmas autorizadoras pertenecía a Javier.
—Eso es imposible.
Beatriz soltó una risa amarga.
—Tu firma estaba en todas partes.
Elena creyó durante meses que su propio marido estaba implicado.
Por eso empezó a investigar en secreto.
La noche de su desaparición encontró pruebas de que las firmas eran falsificadas.
Y descubrió quién las utilizaba.
—¿Quién? —preguntó Lucía.
Beatriz guardó silencio.
Javier comprendió.
—Tú.
Beatriz negó.
—Yo ayudé.
—¿A quién?
Una voz masculina llegó desde detrás.
—A mí.
Todos giraron.
Un hombre de unos cincuenta años acababa de entrar acompañado por seguridad.
Javier se quedó inmóvil.
—Martín.
Martín Serrano.
Su hermano mayor.
El hombre que llevaba cuatro años viviendo en Londres.
Y el antiguo director financiero de la fundación.
Beatriz cerró los ojos.
Javier entendió entonces por qué ella parecía aterrorizada.
—Tú sabías que él estaba aquí.
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Martín sonrió.
—Y Elena también.