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Capítulo 1: El collar que nadie esperaba volver a ver

El salón principal del Hotel Miramar de Barcelona brillaba aquella noche bajo enormes lámparas doradas.

Las mesas estaban cubiertas con manteles marfil, copas de cristal y centros florales blancos. Un cuarteto de cuerda tocaba suavemente mientras empresarios, familias adineradas y figuras públicas conversaban alrededor del salón.

Alba Serrano caminaba cerca de una de las mesas.

Tenía ocho años.

Llevaba un vestido azul claro de terciopelo y dos pequeñas trenzas sujetando su cabello castaño.

Su padre, Javier Serrano, se había alejado solo unos minutos para saludar a unos invitados.

Alba intentó regresar a su asiento.

Al pasar junto a Beatriz Valdés, golpeó accidentalmente una copa con el brazo.

El agua cayó sobre el vestido metálico de Beatriz.

La mujer miró la mancha.

Después a Alba.

—¡Mira lo que has hecho!

—Lo siento…

Alba apenas terminó de hablar.

Beatriz tomó otra copa.

Y le arrojó el agua directamente al rostro.

El salón se quedó en silencio.

Alba cerró los ojos.

Su cabello y su vestido quedaron empapados.

Después empezó a llorar.

Lucía Navarro dejó inmediatamente la bandeja que llevaba.

Corrió hacia ella.

Se quitó el pequeño chal de servicio y lo colocó alrededor de sus hombros.

—Ya basta. Es una niña.

Beatriz la miró con furia.

—¡No te metas!

La mujer agarró a Alba por el brazo.

Lucía se interpuso.

Separó cuidadosamente la mano de Beatriz y puso a la niña detrás de ella.

—No vuelva a tocarla.

—Haré que te despidan.

Lucía no bajó la mirada.

—Lo volvería a hacer.

Varias personas comenzaron a grabar con sus teléfonos.

Entonces se escucharon pasos rápidos.

Javier Serrano atravesó el grupo de invitados.

—Alba.

La niña corrió hacia él.

—Papá…

Javier se agachó y la abrazó.

Después vio el agua sobre su rostro.

El vestido mojado.

El chal de Lucía.

Y finalmente a Beatriz.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió inmediatamente.

Lucía habló.

—La señora Valdés le tiró agua encima.

Javier levantó lentamente los ojos.

Beatriz intentó mantener la calma.

—Fue una reacción del momento.

Pero Javier ya no la estaba mirando.

Cuando el vestido mojado de Alba se desplazó ligeramente, apareció una pequeña cadena de plata alrededor de su cuello.

Javier quedó inmóvil.

—Alba…

Tomó suavemente el colgante.

—¿De dónde sacaste esto?

La niña se secó las lágrimas.

—Una señora me lo dio antes de entrar.

Beatriz dio un paso atrás.

Javier lo notó.

Abrió el pequeño medallón.

Dentro había una fotografía.

Una mujer joven.

Cabello oscuro.

Sonrisa tranquila.

Javier dejó de respirar.

—Elena.

Lucía miró el retrato.

—¿Quién es?

Javier respondió:

—Mi esposa.

Alba frunció el ceño.

—¿Mamá?

Javier asintió lentamente.

El collar había pertenecido a Elena Serrano.

Desapareció con ella cinco años atrás.

Nunca lo encontraron.

—¿Cómo llegó a tus manos?

Alba señaló hacia el balcón superior.

—La señora dijo que Beatriz sabría dónde encontrarla.

Todo el salón miró a Beatriz.

Javier se puso de pie.

—¿Qué sabes de mi esposa?

Beatriz abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Entonces las puertas de cristal esmerilado del balcón se movieron.

Una figura femenina apareció detrás.

Llevaba en la mano la otra mitad del mismo collar.

—Javier…

La voz fue débil.

Pero él la reconoció.

Alba giró.

—Mamá…

Beatriz susurró:

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—No debería haber vuelto.

Y Javier entendió que, durante cinco años, alguien había sabido mucho más sobre la desaparición de Elena de lo que jamás admitió.

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