Capítulo 2: El general que oficialmente nunca se retiró

La gala terminó antes de tiempo.
Los invitados fueron conducidos a otra sala mientras seguridad cerraba el salón principal.
Clara permaneció allí porque uno de los oficiales había pedido que nadie relacionado con el incidente se marchara.
Nora tampoco quiso irse.
Rafael se sentó.
Alejandro permanecía de pie.
El oficial principal se presentó.
Coronel Javier Salcedo.
Había servido bajo las órdenes de Rafael Ortega veinticinco años atrás.
—General, necesitamos saber cuándo fue la última vez que utilizó oficialmente su identidad militar.
Rafael respondió:
—Hace dieciséis años.
Salcedo negó.
—Eso no coincide con nuestros registros.
Durante los últimos doce años habían aparecido autorizaciones, informes privados y solicitudes de acceso firmadas por Rafael Ortega.
No documentos ceremoniales.
Documentos reales.
Algunos relacionados con fondos de asistencia para veteranos.
Otros con propiedades administradas por fundaciones militares.
Rafael quedó atónito.
—Yo nunca firmé nada.
Alejandro cerró los ojos.
Su padre lo vio.
—Tú sabías.
—Solo una parte.
Rafael golpeó el suelo con el bastón.
—¿Qué parte?
Alejandro finalmente habló.
Dieciséis años atrás, Rafael sufrió un grave accidente durante una misión privada de asesoramiento.
No estaba oficialmente en servicio activo.
Su vehículo cayó por un barranco.
Sobrevivió.
Pero sufrió lesiones neurológicas y pérdida parcial de memoria.
Durante casi tres años pasó temporadas en clínicas privadas.
Alejandro se encargó de sus asuntos.
—Eso ya lo sé —dijo Rafael.
—No todo.
Durante la recuperación apareció un hombre.
Tomás Ortega.
Hermano menor de Rafael.
Nora frunció el ceño.
—¿Tiene un hermano?
Rafael respondió:
—Murió hace treinta años.
Alejandro negó.
—Eso fue lo que te dijeron.
La familia había ocultado a Tomás después de un escándalo.
Los hermanos se parecían extraordinariamente.
No eran gemelos.
Pero podían confundirse a distancia.
Tomás llevaba años viviendo fuera de España.
Cuando supo que Rafael estaba incapacitado, regresó.
Al principio ayudó.
Firmó algunos documentos urgentes con autorización familiar.
Después empezó a utilizar el nombre de Rafael por su cuenta.
—¿Y tú lo permitiste? —preguntó Nora.
Alejandro respondió:
—Durante meses.
—¿Por qué?
Porque existía una fundación creada por Rafael para apoyar a militares heridos y familias de soldados fallecidos.
Si se declaraba que Rafael era incapaz permanentemente, el consejo planeaba absorber la fundación.
Alejandro creyó que utilizando temporalmente a Tomás podría proteger los fondos.
Rafael lo miró con decepción.
—Usaste a mi hermano para ser yo.
Alejandro bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Y después?
Tomás dejó de obedecer.
Empezó a firmar contratos.
Movió dinero.
Visitó actos privados.
Incluso utilizó las antiguas condecoraciones de Rafael.
—Por eso falta la cinta —dijo Salcedo.
Rafael miró su blazer.
Una vieja cinta roja y dorada había desaparecido de sus pertenencias años atrás.
Creyó haberla perdido durante una mudanza.
No.
Tomás la tomó.
Pero había una pregunta.
—Si Tomás sigue vivo —dijo Rafael—, ¿por qué nadie lo detuvo?
Alejandro miró al coronel.
Salcedo abrió una carpeta.
—Porque creemos que Tomás murió hace cinco años.
Silencio.
—Entonces ¿quién aparece en la fotografía? —preguntó Nora.
El coronel no respondió inmediatamente.
Sacó otras imágenes.
El mismo rostro.
Aeropuerto militar.
Archivo privado.
Ceremonia cerrada.
Todos dentro de los últimos dos años.
Rafael observó cada fotografía.
Después señaló una.
—Ese no es Tomás.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
—La mano izquierda.
En la imagen, el hombre sostenía una carpeta con la izquierda.
Tomás había perdido parte de la movilidad de esa mano cuando era joven.
Rafael empezó a respirar más rápido.
—Hay otra persona.
Clara, que había permanecido callada, dio un pequeño paso atrás.
Nora la vio.
—¿Usted sabe algo?
—No.
Pero Rafael observó su pulsera de oro.
Había un símbolo grabado.
Un pequeño halcón atravesado por una línea.
Rafael se puso de pie.
—¿De dónde sacó eso?
Clara ocultó la muñeca.
—Es una joya familiar.
—No.
Rafael se acercó.
—Ese símbolo pertenecía a la Unidad San Telmo.
Una unidad militar cerrada décadas atrás.
Salcedo miró a Clara.
—¿Quién le dio esa pulsera?
Clara comenzó a temblar.
—Mi padre.
—Nombre.
—Eduardo Montiel.
El coronel palideció.
Rafael cerró los ojos.
Eduardo Montiel había sido médico militar.
También había trabajado durante años con Rafael.
Y había muerto oficialmente en el mismo accidente en el que Rafael perdió la memoria.
Alejandro susurró:
—No puede ser.
Clara negó desesperadamente.
—Mi padre está vivo.
Todos quedaron inmóviles.
—Vive en Suiza —continuó—. Siempre me dijo que había dejado el ejército.
Rafael miró al coronel.
—Entonces no fui la única persona que sobrevivió a aquel accidente.
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Salcedo respondió:
—Y quizá tampoco fue un accidente.