Capítulo 1: El anciano al que nadie quiso defender

El gran salón del Hotel Real de Madrid brillaba aquella noche como si cada detalle hubiera sido diseñado para demostrar poder.
Las lámparas de cristal iluminaban las columnas color crema. Las copas de champán destellaban sobre los manteles blancos y un cuarteto de cuerda tocaba discretamente cerca del escenario principal.
Era una gala benéfica.
Empresarios.
Políticos.
Médicos.
Militares retirados.
Familias cuyos apellidos aparecían constantemente en periódicos económicos.
Entre ellos caminaba despacio un anciano apoyándose en un bastón de madera.
Don Rafael Ortega.
Tenía setenta y seis años.
Llevaba un blazer verde oliva, una camisa crema y unos pantalones marrones sencillos.
No parecía pertenecer a aquella sala.
Y quizá por eso casi nadie le prestaba atención.
Nora Álvarez sí lo había visto.
Trabajaba aquella noche como camarera.
Mientras sostenía una bandeja de plata, observó cómo Rafael avanzaba con cuidado entre las mesas.
Cada paso parecía exigirle esfuerzo.
Entonces Clara Montiel giró bruscamente.
Su copa chocó contra el brazo del anciano.
Un poco de champán cayó sobre su vestido verde esmeralda.
Clara bajó la mirada.
Después miró a Rafael.
—¿Está ciego?
—Perdóneme —respondió él—. No quise…
Clara empujó su bastón con el pie.
Rafael perdió el equilibrio.
Y antes de que pudiera recuperar la postura, ella lo abofeteó.
El sonido atravesó el salón.
La cabeza del anciano giró.
Su mejilla comenzó a enrojecerse.
Nadie habló.
Nora dejó caer la bandeja.
Una copa rodó por el mármol y se quebró.
Corrió.
Sujetó a Rafael por un hombro.
Después se colocó entre ambos.
—No me importa quién sea usted. No se golpea a un hombre que no puede defenderse.
Clara abrió los ojos.
—Apártate.
—No.
—¿Sabes quién soy?
Nora sostuvo la mirada.
—Ahora mismo solo veo a alguien que acaba de golpear a un anciano.
Algunos invitados bajaron las copas.
Clara sintió las miradas.
Eso la enfureció aún más.
—Haré que no vuelvas a trabajar en ningún hotel de esta ciudad.
Nora no se movió.
—Hágalo.
Rafael tocó suavemente su manga.
—Señorita, no vale la pena.
Nora negó.
—Sí vale.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
Alejandro Ortega entró.
Vestía un traje oscuro y un abrigo grafito.
Había llegado tarde a la gala.
Cuando vio el círculo de personas, aceleró el paso.
Después vio a su padre.
La marca roja.
El bastón desviado.
Nora delante de él.
—¿Qué le pasó?
Clara intentó responder.
—Fue un accidente.
Nora la miró.
—Lo golpeó.
Alejandro se acercó a Rafael.
Se inclinó.
—Papá.
Rafael levantó una mano.
—Estoy bien.
Alejandro observó la marca.
Después se puso de pie.
—No vuelva a acercarse a mi padre.
Clara perdió su arrogancia.
—Alejandro, yo no sabía…
—No me importa lo que sabía.
Entonces las puertas volvieron a abrirse.
Tres oficiales militares españoles entraron en uniforme de gala.
Los invitados comenzaron a hacerse a un lado.
El oficial principal vio a Rafael.
Se detuvo.
Después los tres adoptaron posición formal.
—Mi general.
Y saludaron.
Nora quedó inmóvil.
Clara retrocedió.
Rafael no respondió al saludo.
Bajó los ojos.
—No… todavía no.
El oficial principal frunció el ceño.
Miró el blazer del anciano.
Faltaba una antigua cinta de condecoración que esperaba encontrar.
Después observó a Alejandro.
—Señor Ortega…
Su voz cambió.
—Entonces ¿quién ha estado usando el nombre del general Rafael Ortega todos estos años?
Alejandro quedó rígido.
Rafael apretó el bastón.
Nora miró a padre e hijo.
—¿Qué significa eso?
El oficial sacó una fotografía.
La colocó sobre una mesa.
Mostraba a un hombre con uniforme militar.
El rostro era el de Rafael.
Pero la fotografía había sido tomada solo seis meses atrás.
Don Rafael llevaba casi quince años sin aparecer públicamente.
Y según Alejandro, durante todo ese tiempo apenas había salido de una residencia privada.
Rafael vio la imagen.
Su rostro perdió el color.
—No puede ser.
Alejandro susurró:
—Papá…
Rafael levantó los ojos.
—¿Qué hiciste?
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Y aquella vez el miedo no estaba en la cara del anciano.
Estaba en la de su hijo.