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CAPÍTULO 1 — El hombre que no debía estar vivo

La lluvia había dejado las calles de las afueras de Madrid completamente mojadas.

Diego Navarro avanzaba lentamente en su motocicleta, con la chaqueta impermeable empapada y el casco cubriendo parcialmente su rostro. Llevaba horas trabajando y solo pensaba en terminar el último reparto del día.

Entonces ocurrió.

Un automóvil de lujo apareció delante de él.

El vehículo comenzó a moverse de un lado a otro sin control.

Diego frenó.

El conductor intentó corregir la dirección, pero perdió completamente el control.

El automóvil golpeó violentamente contra una barrera de hormigón.

El impacto hizo que el vehículo girara ligeramente antes de detenerse.

Diego abandonó la motocicleta y corrió hacia el coche.

Otros conductores también comenzaron a detenerse.

El capó estaba destrozado.

Un ligero vapor salía del motor.

Los cristales rotos cubrían el asfalto mojado.

Entonces Diego escuchó un grito.

“¡Dios mío! ¡Hay alguien dentro!”

Una mujer estaba unos metros más adelante.

Elena Vargas.

Su abrigo color crema estaba ligeramente empapado y tenía el rostro completamente pálido.

Diego miró a través de la ventana rota.

Había un hombre inmóvil detrás del volante.

“¡Está vivo!”

Diego se quitó rápidamente el casco y lo dejó sobre el asfalto.

Intentó abrir la puerta del conductor.

No pudo.

Entonces rodeó el vehículo.

Entró por el otro lado y consiguió abrir la puerta dañada.

Elena corrió hacia él.

“¡No lo mueva!”

“¡Está respirando!”

Diego soltó el cinturón de seguridad y comenzó a sacar cuidadosamente al hombre del automóvil.

Era un hombre mayor.

Cabello gris.

Barba perfectamente recortada.

Llevaba un abrigo color camel sobre un jersey verde oscuro.

Diego consiguió alejarlo del vehículo y lo colocó sobre el suelo mojado.

“¡Llamen a una ambulancia!”

Elena se acercó temblando.

“Dios mío…”

Diego comprobó la respiración del hombre.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces el hombre tosió.

Diego soltó el aire que estaba conteniendo.

“Vamos, señor. Respire.”

Los ojos del desconocido se abrieron lentamente.

Diego sintió alivio.

Pero aquel alivio duró muy poco.

El hombre miró directamente hacia él.

Después miró a Elena.

Su expresión cambió.

Como si acabara de reconocer algo imposible.

Elena también lo estaba mirando.

Pero ya no parecía preocupada por el accidente.

Parecía aterrorizada.

Diego se puso de pie.

“¿Lo conoce?”

Elena no respondió.

Miró al hombre.

Después al automóvil.

Y finalmente volvió a mirar a Diego.

“¿Qué has hecho?”

Diego frunció el ceño.

“¿Qué?”

“¡No tenías derecho a sacarlo!”

Diego no podía creer lo que estaba escuchando.

“¡El coche podía incendiarse!”

Elena permaneció inmóvil.

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Sus ojos estaban clavados en el hombre tendido sobre el asfalto.

Como si estuviera mirando un fantasma.

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