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CAPÍTULO 2 — VEINTE AÑOS ANTES, ALGUIEN DESAPARECIÓ DE LA VIDA DE ERNESTO SIN DEJAR UNA EXPLICACIÓN

—¿La mujer que qué?

Doña Rosa repitió la pregunta.

Ernesto no respondió.

La tapa metálica de la tamalera vibró suavemente por el vapor.

Un autobús pasó al final de la calle.

Dos niños con uniforme escolar caminaron detrás de ellos.

La ciudad seguía funcionando.

Pero Ernesto parecía haber olvidado dónde estaba.

Claudia se acercó.

—Ernesto.

Él parpadeó.

—¿Qué ocurre?

—Eso quiero preguntarte.

Claudia señaló discretamente a Rosa.

—La estás asustando.

Ernesto miró a la mujer.

—Perdón.

Rosa negó.

—No estoy asustada.

Hizo una pausa.

—Pero sí quiero entender.

Ernesto asintió.

—Tiene derecho.

—Entonces explique.

Él miró la vieja bufanda.

—Hace veinte años ocurrió algo.

Rosa permaneció en silencio.

—¿Qué cosa?

Ernesto tardó demasiado en responder.

—Algo que cambió muchas vidas.

—Eso no explica nada.

—Lo sé.

—¿Yo estaba involucrada?

Ernesto la observó.

—Eso intento descubrir.

Rosa negó lentamente.

—Está buscando respuestas en una mujer que vende tamales en una esquina.

—No me importa dónde trabaja.

—Pues debería.

—¿Por qué?

Rosa abrió los brazos.

—Míreme.

—La estoy mirando.

—No soy la persona que usted cree.

Ernesto respondió casi en un susurro:

—Eso espero.

Rosa frunció el ceño.

—¿Por qué espera que no sea yo?

Él no respondió.

Claudia lo miró con sorpresa.

—Ernesto...

Santi decidió regresar.

Caminó rápidamente hacia el puesto.

—Doña Rosa.

Todos giraron.

Rosa pareció aliviada.

—¿Qué haces aquí?

—¿Está bien?

—Sí.

—Pensé que...

Miró a Ernesto.

El hombre comprendió inmediatamente.

—No pasa nada, muchacho.

Santi no pareció convencido.

Se colocó cerca de Rosa.

Ella sonrió.

—Te dije que fueras a la escuela.

—Ya voy.

—Entonces ve.

—Primero quería ver que estuviera bien.

Rosa suspiró.

—Estoy bien.

Ernesto observó al niño.

—¿Es su nieto?

Rosa negó.

—No.

Santi respondió:

—La acabo de conocer.

Ernesto lo miró sorprendido.

—¿Y regresaste?

—Sí.

—¿Por qué?

Santi se encogió de hombros.

—Porque parecía preocupada.

Rosa señaló al niño.

—¿Ve? Por su culpa voy a hacer que llegue tarde.

—No es culpa de nadie —respondió Santi.

—Eso se lo explicas a tu maestra.

El niño sonrió.

Claudia también.

La tensión disminuyó durante unos segundos.

Después Ernesto volvió a mirar la bufanda.

Santi lo notó.

—¿Le gusta?

Ernesto giró.

—¿Qué?

—La bufanda.

Rosa miró a Santi.

—Este niño pregunta demasiado.

—Usted también.

Claudia soltó una pequeña risa.

Incluso Rosa sonrió.

Ernesto no.

—Sí —respondió—. La bufanda es importante.

Rosa dejó de sonreír.

—¿Para quién?

—Para mí.

—¿Por qué?

Otra pausa.

Rosa negó.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Cada vez que llegamos a la parte importante, se calla.

Claudia miró a Ernesto.

—Tiene razón.

Él respiró profundamente.

—Porque no quiero decir algo que no puedo demostrar.

—No estamos en un tribunal.

—No se trata de eso.

—Entonces dígame lo que cree.

Ernesto observó la calle.

—Hace veinte años vi una bufanda igual.

—Ya lo dijo.

—La llevaba una mujer.

Rosa esperó.

—¿Quién?

—No sé su nombre.

—Entonces ¿cómo sabe que era como esta?

—Porque recuerdo los colores.

—Después de veinte años.

—Sí.

Rosa lo miró con incredulidad.

—Debe haber sido una bufanda muy importante.

Ernesto respondió:

—No era la bufanda.

—¿Entonces?

—Era lo que ocurrió aquella noche.

Rosa se quedó inmóvil.

Claudia preguntó:

—¿Qué noche?

Ernesto no respondió.

Rosa tocó lentamente la tela alrededor de sus hombros.

—¿Dónde fue?

Él levantó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber si alguna vez estuve ahí.

—¿No recuerda dónde estaba hace veinte años?

Rosa soltó una risa sin humor.

—Señor Salazar, he vivido casi siete décadas. Hay mañanas en que no recuerdo dónde puse mis llaves.

Santi sonrió.

Rosa lo señaló.

—No te rías.

—Perdón.

Ernesto continuó:

—¿Recuerda el año?

—Más o menos.

—¿Trabajaba vendiendo tamales?

Rosa negó.

—No.

Aquella respuesta cambió algo.

—¿Qué hacía?

Rosa lo miró.

—Dijo una pregunta más hace como diez preguntas.

Ernesto bajó la mirada.

—Tiene razón.

—Pero ahora yo también quiero saber.

Claudia observó a Rosa con atención.

—¿Dónde trabajaba?

Rosa dudó.

—En varios lugares.

—¿Qué lugares?

—Casas.

Ernesto levantó la mirada.

Rosa lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—¿Trabajaba para familias?

—A veces.

—¿En qué zona?

—Distintas.

—¿Recuerda algún apellido?

Rosa endureció la expresión.

—No.

Ernesto se quedó quieto.

—Eso fue rápido.

—Porque no quiero hablar de esa época.

Silencio.

Santi miró a Rosa.

Hasta ese momento la mujer había sido cálida, bromista y directa.

Ahora parecía otra persona.

Más cerrada.

Más cansada.

Ernesto habló suavemente:

—¿Por qué?

—Porque no.

—Doña Rosa...

—Usted buscó veinte años. Yo quizá pasé veinte años intentando olvidar.

La frase dejó a todos inmóviles.

Claudia miró a Ernesto.

Santi dejó de sonreír.

Ernesto preguntó:

—¿Olvidar qué?

Rosa negó.

—No dije que tuviera relación con usted.

—Pero podría.

—También podría no tenerla.

—Por eso necesito saber.

Rosa observó al hombre durante varios segundos.

—¿Quién era ella?

—¿Quién?

—La mujer de la bufanda.

Ernesto apretó la mandíbula.

—No lo sé.

—¿Qué hizo?

—No puedo...

Rosa soltó una risa cansada.

—Entonces estamos iguales.

—No.

—¿No?

—Usted puede saber quién era.

—¿Y usted puede saber qué hizo?

Ernesto permaneció en silencio.

Rosa levantó una ceja.

—Entonces estamos iguales.

Santi intervino:

—¿Por qué no se cuentan una cosa cada uno?

Los tres adultos lo miraron.

—¿Qué? —preguntó Rosa.

—Él cuenta algo y usted cuenta algo.

—Esto no es un juego.

—Ya sé.

Santi señaló a Ernesto.

—Pero él no confía en usted.

Después señaló a Rosa.

—Y usted no confía en él.

Claudia sonrió ligeramente.

—No está equivocado.

Rosa negó.

—Ahora resulta que el niño va a resolverlo.

Santi se encogió de hombros.

—Tengo diez.

—Precisamente.

Ernesto miró a Rosa.

—Acepto.

—¿Qué?

—Una cosa cada uno.

Rosa soltó una carcajada.

—No puede hablar en serio.

—Completamente.

—No.

Santi comenzó a caminar.

—Bueno, entonces ahora sí me voy.

Rosa lo llamó:

—Espera.

El niño se giró.

Ella lo señaló.

—Esto es culpa tuya.

—Yo solo dije una idea.

Rosa miró a Ernesto.

—Una cosa.

—Una.

—Y después me deja trabajar.

—Si quiere.

—Quiero.

Ernesto asintió.

Rosa cruzó los brazos.

—Empiece.

Él miró hacia el suelo.

—Hace veinte años alguien desapareció de mi vida.

Rosa dejó de respirar durante un instante.

Claudia abrió los ojos.

—Ernesto...

Él levantó una mano.

—No voy a decir quién.

Rosa preguntó:

—¿Murió?

—No lo sé.

—¿Cómo que no sabe?

—Nunca pude comprobarlo.

—¿Y la mujer de la bufanda?

Ernesto respondió:

—Fue la última persona que...

Se detuvo.

Rosa apretó la tela.

—Que qué.

Él cerró los ojos.

—No.

—Ese era el trato.

—Ya dije una cosa.

—Dijo media.

Santi asintió.

—Sí fue media.

Ernesto casi sonrió.

—Está bien.

Miró directamente a Rosa.

—La mujer de la bufanda estuvo relacionada con el último momento en que tuve una respuesta sobre esa persona.

Rosa palideció.

Claudia lo vio.

—Ahora usted —dijo Ernesto.

Rosa no respondió.

—Doña Rosa.

—Estoy pensando.

—Tómese su tiempo.

Ella miró a Santi.

—Deberías irte.

—¿Está bien?

Rosa asintió.

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Santi comenzó a alejarse otra vez.

Después levantó la mano.

—Gracias por el tamal.

Rosa sonrió.

—Gracias por ayudarme.

El niño se fue.

Pero no demasiado rápido.

Todavía miraba hacia atrás.

Rosa volvió hacia Ernesto.

—Hace veinte años yo no vendía tamales.

—Eso ya lo dijo.

—Trabajaba cuidando una casa.

Ernesto se quedó inmóvil.

Claudia preguntó:

—¿Dónde?

Rosa miró a Ernesto.

—Ahora le toca.

—Eso no fue...

—Fue una cosa.

—Está bien.

Él respiró.

—La persona que desapareció estaba en una casa esa noche.

Rosa perdió color.

—¿Qué casa?

—Le toca.

Ella negó.

—No.

—Ese era el trato.

—Se acabó el trato.

Rosa giró hacia el carrito.

Ernesto dio un paso.

—Doña Rosa.

—Necesito trabajar.

—Por favor.

—No.

—Solo dígame si reconoce mi apellido.

Rosa se detuvo.

No giró.

—Salazar.

Silencio.

—¿Lo reconoce?

Rosa tardó varios segundos.

—He escuchado muchos apellidos.

—No le pregunté eso.

Ella cerró los ojos.

—Sí.

Claudia miró a Ernesto.

Él pareció recibir un golpe invisible.

—¿De dónde?

Rosa giró lentamente.

—No lo recuerdo.

—Sí lo recuerda.

—No me diga lo que recuerdo.

—Perdón.

—Usted llega después de veinte años, mira mi ropa, pregunta por mi vida y espera que yo abra una puerta que cerré hace muchísimo tiempo.

—No quiero hacerle daño.

—Quizá no importa lo que quiera.

Ernesto bajó la cabeza.

—Tiene razón.

Rosa respiró profundamente.

—¿Por qué buscó a esa mujer?

—Porque era la única que podía decirme la verdad.

—¿Sobre la desaparición?

—Sí.

—¿Y está seguro de que quería encontrarla?

Ernesto levantó los ojos.

La pregunta lo desconcertó.

—¿Qué quiere decir?

Rosa tocó la bufanda.

—A veces buscamos respuestas durante tanto tiempo que olvidamos preguntarnos qué vamos a hacer cuando aparezcan.

Claudia observó a Rosa.

—Usted sabe algo.

Rosa negó.

—No dije eso.

—Pero está hablando como si supiera.

—Estoy hablando como una mujer vieja que ha visto suficiente.

Ernesto se acercó un paso.

—¿Quién le dio esa bufanda?

Rosa permaneció en silencio.

—Por favor.

Nada.

—¿La tenía hace veinte años?

Rosa levantó lentamente la mirada.

—Sí.

Ernesto cerró los ojos.

Claudia susurró:

—Dios...

Rosa continuó:

—Pero eso no significa lo que usted cree.

Ernesto abrió los ojos.

—¿Qué creo?

—Que me encontró.

—¿No?

Rosa no respondió.

—Doña Rosa.

Ella tomó la tapa de la tamalera.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Necesito trabajar.

—Veinte años.

Rosa se detuvo.

—¿Qué?

—Veinte años buscando.

Su voz comenzó a quebrarse, aunque mantuvo el control.

—Veinte años preguntándome si aquella mujer seguía viva.

Rosa giró.

—¿Por qué?

—Porque desapareció.

—¿Quién?

—La única persona que podía contarme qué pasó.

—Eso ya lo dijo.

—No.

Ernesto negó.

—No entiende.

—Entonces haga que entienda.

Claudia lo miró.

—Ernesto, díselo.

Él giró hacia ella.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si estoy equivocado...

Miró a Rosa.

—...voy a destruir la vida de una desconocida por un recuerdo de hace veinte años.

Rosa permaneció completamente quieta.

—¿Y si no está equivocado?

Ernesto no contestó.

Ella dio un paso hacia él.

—¿Qué pasa si sí soy esa mujer?

El ruido de la calle pareció disminuir.

Ernesto respiró.

—Entonces necesito preguntarle por alguien.

—¿Quién?

—Una persona que usted pudo haber visto aquella noche.

Rosa cerró los ojos.

—¿Qué noche?

Ernesto pronunció lentamente una fecha.

Rosa dejó caer una servilleta.

Claudia la vio.

Ernesto también.

Nadie habló.

Rosa miró la servilleta en el suelo.

Después a Ernesto.

—¿Quién le dijo esa fecha?

—Nadie.

—Entonces ¿cómo la sabe?

—Porque yo estaba ahí.

Rosa retrocedió.

—No.

—Sí.

—No.

—Doña Rosa.

Ella agarró el borde del carrito.

—Usted no estaba.

Ernesto se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe que no estaba?

Rosa comprendió su error.

Claudia se llevó una mano a la boca.

Ernesto dio un paso.

—¿Cómo sabe quién estaba allí?

—Yo no dije eso.

—Acaba de decir que yo no estaba.

—Me confundí.

—No.

—Señor Salazar...

—Usted estaba allí.

Rosa negó.

—No.

—La encontré.

—No sabe lo que encontró.

—Veinte años.

—¡No sabe lo que encontró!

Por primera vez, Rosa elevó ligeramente la voz.

Varias personas miraron.

Ella respiró.

Bajó el tono.

—Perdón.

Ernesto no se movió.

—¿Qué ocurrió?

Rosa negó.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hice una promesa.

—¿A quién?

Silencio.

—¿A la persona que desapareció?

Rosa apretó los labios.

—Doña Rosa.

Nada.

—¿A quién le prometió guardar silencio?

Rosa comenzó a guardar cosas dentro del carrito.

—Se acabó.

—No.

—Para mí sí.

—He esperado veinte años.

—Y puede esperar otro día.

—No sé si puedo.

Rosa se giró.

—Pues tendrá que hacerlo.

—Solo dígame una cosa.

—No.

—Una.

Rosa lo miró.

Ernesto señaló la bufanda.

—¿La llevaba aquella noche?

Los ojos de Rosa se llenaron lentamente de una emoción que había mantenido enterrada durante demasiado tiempo.

No lloró.

No habló.

Solo sostuvo la tela.

Ernesto entendió.

—Era usted.

Rosa negó.

Pero demasiado tarde.

—Era usted.

Claudia susurró:

—Ernesto...

Él se acercó un paso.

—Llevo veinte años buscando a la mujer que...

Rosa levantó una mano.

—No termine esa frase.

Ernesto se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque si la termina, ya no podremos fingir que esto fue una casualidad.

Ernesto respiró.

—Nunca lo fue.

Rosa miró hacia el lugar por donde Santi había desaparecido.

El niño ya casi llegaba a la esquina.

—Qué extraño.

—¿Qué?

—Que todo esto ocurriera hoy.

—¿Por qué hoy?

Rosa no respondió.

Ernesto miró el carrito.

—¿Tiene que ver con el niño?

Ella negó.

—No.

—Entonces ¿con qué?

Rosa observó el vapor elevándose.

—Con algo que me dijo.

—¿Qué?

—Que primero se ayuda.

Ernesto no entendió.

Rosa sonrió con tristeza.

—Hace veinte años alguien me dijo casi lo mismo.

Ernesto perdió completamente el color del rostro.

—¿Quién?

Rosa comprendió inmediatamente que había revelado demasiado.

Tomó la tapa de la tamalera.

Ernesto se acercó.

—¿Quién se lo dijo?

—No importa.

—Para mí sí.

—Señor Salazar...

—¿Era la persona que estoy buscando?

Rosa guardó silencio.

—¿Era esa persona?

Claudia miró a Rosa.

—Por favor.

Rosa cerró los ojos.

Durante veinte años había protegido algo.

Un nombre.

Una noche.

Una promesa.

Quizá una persona.

Quizá algo mucho más complicado.

Ernesto esperaba.

—Dígame solamente si estaba viva cuando usted la vio por última vez.

Rosa abrió los ojos.

Aquella pregunta parecía diferente.

Más humana.

Más dolorosa.

Ernesto continuó:

—No necesito saber dónde.

—No necesito saber por qué.

Su voz tembló.

—Solo necesito saber si estaba viva.

Rosa lo observó durante varios segundos.

Finalmente respondió:

—Sí.

Ernesto cerró los ojos.

Claudia llevó una mano a su hombro.

Él respiró profundamente.

—Entonces durante todos estos años...

Rosa lo interrumpió:

—No saque conclusiones.

—Pero usted acaba de decir...

—Dije que estaba viva cuando la vi.

—¿Cuándo fue eso?

Rosa negó.

—No.

—¿Aquella noche?

—No voy a responder.

—¿Después?

Rosa guardó silencio.

Ernesto abrió los ojos.

—Fue después.

—No dije eso.

—Pero tampoco dijo que no.

Rosa tomó aire.

—Tiene que irse.

—No puedo.

—Sí puede.

—Encontré a la única persona que...

Rosa levantó una mano.

—No sabe si soy la única.

Ernesto se congeló.

Claudia también.

—¿Qué significa eso?

Rosa pareció arrepentirse inmediatamente.

—Nada.

—No.

Ernesto se acercó.

—Acaba de decir que quizá no sea la única.

—Fue una forma de hablar.

—¿Hay alguien más?

Rosa negó.

—No voy a seguir.

—¿Quién?

—Señor Salazar.

—¿Quién más sabe lo que ocurrió?

Rosa apretó la bufanda.

—Váyase.

—Doña Rosa.

—Por favor.

Esa última palabra cambió todo.

Ernesto dejó de presionar.

Rosa no estaba enojada.

Estaba asustada.

No de él.

De la historia.

De lo que podía ocurrir si seguían abriendo aquella puerta.

Ernesto retrocedió.

—Está bien.

Claudia lo miró sorprendida.

—¿Nos vamos?

—Sí.

Rosa soltó lentamente el aire.

Ernesto caminó hacia la camioneta.

Después de varios pasos se detuvo.

—Doña Rosa.

Ella no respondió.

—Voy a volver.

Rosa cerró los ojos.

—Lo imaginé.

—No para obligarla.

—Entonces ¿para qué?

Ernesto giró.

—Porque después de veinte años, por primera vez sé que no estaba buscando un fantasma.

Rosa lo miró.

—Tenga cuidado con lo que desea encontrar.

—¿Por qué?

Ella permaneció en silencio.

Ernesto esperó.

Rosa miró la vieja bufanda.

Después hacia la calle por donde Santi había desaparecido.

Finalmente volvió a Ernesto.

—Porque la persona que usted cree que desapareció...

Ernesto dejó de respirar.

Claudia se quedó inmóvil junto a la camioneta.

—¿Qué?

Rosa apretó los dedos alrededor de la bufanda.

—Aquella noche no estaba huyendo de usted.

Ernesto palideció.

—¿Entonces de quién?

Rosa no respondió.

—Doña Rosa.

Ella bajó la mirada.

—¿De quién estaba huyendo?

Rosa levantó lentamente los ojos.

Su voz salió apenas como un susurro.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Qué problema?

Rosa miró hacia ambos lados de la calle como si un recuerdo de veinte años atrás acabara de regresar con toda su fuerza.

Después miró directamente a Ernesto.

—Que usted lleva veinte años buscando a la mujer que...

Ernesto dio un paso.

Rosa tragó saliva.

—...pero nunca se preguntó quién llevaba veinte años buscándola también.

Ernesto quedó paralizado.

Claudia perdió la sonrisa.

—¿Quién?

Rosa no respondió.

—¿Quién más la estaba buscando?

Silencio.

Una ráfaga de viento movió ligeramente la vieja bufanda.

Ernesto la miró.

Y entonces pareció comprender que aquel trozo de tela quizá no era una simple pista.

Podía ser una advertencia.

—Rosa...

Ella levantó una mano.

—No aquí.

—¿Dónde?

Rosa miró hacia el puesto vecino.

Después hacia la calle.

Después al vehículo.

—Si realmente quiere saber qué pasó hace veinte años...

Ernesto esperó.

—...primero tiene que entender por qué aquella noche yo—

Se detuvo.

Los ojos de Ernesto se abrieron.

—¿Usted qué?

Rosa miró su propia mano.

Por primera vez estaba temblando.

—Doña Rosa.

Ella levantó los ojos.

—Yo fui la última persona que—

Y antes de completar la frase, el ruido de un motor acercándose hizo que Rosa girara bruscamente hacia la calle.

Su rostro perdió todo color.

Ernesto siguió su mirada.

Claudia también.

Una silueta se detenía al otro extremo de la banqueta.

Rosa dio un paso atrás.

Ernesto la miró.

—¿Quién es?

Ella no contestó.

—Rosa...

La mujer apretó la vieja bufanda contra su pecho.

Y por primera vez desde que Ernesto había llegado, no parecía una vendedora sorprendida por un desconocido.

Parecía alguien que acababa de reconocer un fragmento de un pasado que jamás había dejado de perseguirla.

Ernesto volvió hacia ella.

—¿Quién acaba de llegar?

Rosa abrió la boca.

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—Es la persona que hace veinte años me obligó a—

Y la verdad quedó interrumpida exactamente ahí.

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