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Capítulo 3: El secreto estaba en la sangre del bebé

Daniel no permitió que Margaret continuara controlando la conversación.

Esa misma tarde llamó al número asociado al expediente de Anna Reed.

Nadie respondió.

Pero veinte minutos después recibió un mensaje.

“Daniel, no hables con Margaret. Pregúntale por el Proyecto Haven.”

Daniel mostró el teléfono al doctor Collins.

El médico palideció.

—¿Conoce ese nombre? —preguntó Emily.

Collins tardó unos segundos.

Sí.

Haven había sido un programa privado de investigación genética financiado décadas atrás por varias familias adineradas.

Entre ellas, los Carter.

El objetivo oficial era estudiar enfermedades hereditarias.

Pero algunos registros habían desaparecido.

Anna Reed había trabajado como asistente de laboratorio dentro del proyecto.

Daniel miró a Margaret.

—Tú sabías esto.

Margaret finalmente dejó de fingir.

La adopción no había sido completamente accidental.

Cuando Margaret perdió a su bebé, Richard buscó desesperadamente una solución.

Uno de los médicos relacionados con Haven les habló de Anna.

Estaba embarazada.

Sola.

Y el bebé tenía unas características genéticas específicas que interesaban al proyecto.

Daniel sintió que se le revolvía el estómago.

—¿Me eligieron?

Margaret lloró.

—Yo quería un hijo.

—¿Me eligieron?

—Sí.

El silencio fue devastador.

Pero faltaba la peor parte.

La prueba prenatal de Emily había revelado un marcador extremadamente raro en el bebé.

El mismo marcador aparecía en Daniel.

Y también en antiguos expedientes del Proyecto Haven.

Collins abrió finalmente el sobre.

Emily apretó la ecografía contra su pecho.

—¿Nuestro hijo está enfermo?

—No.

El doctor negó.

—Por ahora todo indica que está perfectamente sano.

Daniel respiró.

—Entonces ¿qué significa?

Collins colocó el informe sobre la mesa.

—Significa que su hijo heredó una secuencia genética que Haven llevaba décadas intentando rastrear.

Margaret cerró los ojos.

Daniel entendió.

—Por eso dijiste que nuestro hijo nunca llevaría el apellido Carter.

Margaret asintió lentamente.

No estaba rechazando al bebé porque dudara de Emily.

Tenía miedo de que el nacimiento provocara nuevas pruebas.

Y esas pruebas revelarían el origen de Daniel.

—Querías que desapareciera la conexión.

—Quería protegerlos.

Emily finalmente perdió la calma.

—¡No vuelvas a utilizar esa palabra!

Margaret la miró.

Emily tenía lágrimas en los ojos.

—Humillarme no es protegerme. Rechazar a mi hijo no es protegerlo. Robarle treinta y cinco años con su verdadera madre no es proteger a Daniel.

Margaret no respondió.

Entonces llamaron a la puerta.

Daniel miró hacia la entrada.

Nadie esperaba visitas.

Abrió.

Una mujer de aproximadamente cincuenta y siete años estaba allí.

Cabello oscuro atravesado por mechones grises.

Abrigo sencillo.

Una vieja carpeta entre las manos.

Miró a Daniel.

Sus ojos se llenaron inmediatamente de lágrimas.

—Tienes los ojos de mi padre.

Daniel no pudo hablar.

Margaret apareció detrás de él.

La mujer la vio.

Su expresión cambió.

—Margaret.

Daniel susurró:

—¿Anna?

La mujer asintió.

—Perdóname por tardar tanto.

Daniel sintió rabia.

Dolor.

Esperanza.

Todo al mismo tiempo.

—¿Por qué no viniste antes?

Anna levantó la carpeta.

—Vine muchas veces.

Dentro había cartas devueltas.

Fotografías.

Solicitudes legales rechazadas.

Copias de documentos.

Treinta y cinco años intentando demostrar que Daniel había sido su hijo.

Margaret comenzó a llorar.

—Yo lo amaba.

Anna la miró.

—Entonces debiste amarlo lo suficiente para decirle la verdad.

Daniel permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Por qué regresaste ahora?

Anna miró a Emily.

Después a su vientre.

—Porque alguien reactivó Haven.

Collins se puso rígido.

—Eso es imposible.

Anna negó.

—No.

Sacó una fotografía reciente.

Mostraba a un hombre entrando en un edificio privado.

Emily no reconoció el rostro.

Daniel tampoco.

Margaret sí.

Se apoyó contra la pared.

—Richard…

Daniel la miró.

—Mi padre murió hace ocho años.

Anna respondió:

—El hombre de esa fotografía no es Richard.

Giró la foto.

En la parte posterior había un nombre.

Dr. Jonathan Carter.

Daniel frunció el ceño.

—¿Quién es?

Margaret parecía aterrorizada.

—El hermano de Richard.

Daniel nunca había oído hablar de él.

Anna explicó que Jonathan había dirigido parte del Proyecto Haven.

Oficialmente murió en un incendio de laboratorio treinta y seis años atrás.

Un año antes del nacimiento de Daniel.

Sin embargo, la fotografía había sido tomada hacía solo cuatro días.

Emily sintió que su bebé se movía.

Instintivamente protegió su vientre.

Anna la observó.

—El análisis prenatal no apareció por casualidad.

Collins la miró.

—¿Qué quiere decir?

Anna señaló el sobre.

—Alguien solicitó específicamente esa prueba.

Daniel miró al doctor.

—¿Usted?

—No.

Collins abrió su teléfono y revisó la orden digital.

Su rostro cambió.

—La solicitud provino de una cuenta médica cerrada.

—¿A nombre de quién?

Collins levantó la vista.

—Jonathan Carter.

Margaret dejó escapar un pequeño grito.

En ese instante, el teléfono que todavía sostenía comenzó a vibrar.

Número desconocido.

Daniel contestó y activó el altavoz.

Nadie habló durante varios segundos.

Después se escuchó la voz de un hombre mayor.

—Margaret.

Ella dejó de respirar.

—Jonathan…

Daniel se acercó al teléfono.

—¿Qué quiere de mi familia?

El hombre respondió con absoluta calma:

—Nada de tu familia.

Una pausa.

—Quiero lo que lleva Emily dentro.

Daniel se colocó inmediatamente delante de su esposa.

Anna abrió su carpeta desesperadamente.

—¡Daniel, cuelga!

Pero la voz continuó:

—Pregúntale a Anna por qué te eligieron realmente.

Daniel miró a su madre biológica.

Anna estaba llorando.

—¿Qué significa eso?

Ella negó lentamente.

—Hay una última cosa que nunca pude demostrar.

—¿Qué cosa?

Anna miró la fotografía de Jonathan.

Después miró a Daniel.

—Richard y Margaret te criaron.

Daniel esperó.

Anna tragó saliva.

—Pero ninguno de ellos sabía quién era realmente tu padre.

El teléfono quedó en silencio.

Emily apretó la ecografía contra su pecho.

Y desde el altavoz llegó una última frase:

—Ahora sí podemos terminar lo que empezó contigo.

Daniel levantó la mirada.

La puerta de la villa seguía abierta.

En la calle, un automóvil negro permanecía estacionado frente a la casa.

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Y alguien los observaba desde el asiento trasero.

FIN… POR AHORA.

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