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Capítulo 2: La mujer de la habitación 214

Daniel exigió conocer toda la verdad.

Margaret se negó al principio.

Dijo que ciertas historias debían permanecer enterradas.

Pero Daniel ya no estaba dispuesto a obedecer.

—Has insultado a mi esposa y a mi hijo hablando de sangre. Ahora vas a explicarme por qué mi propia sangre demuestra que me mentiste.

Margaret miró a Emily.

—Esto empezó mucho antes que ella.

—Entonces habla.

Margaret finalmente se sentó.

Treinta y cinco años atrás, Richard Carter, el padre de Daniel, dirigía una pequeña empresa familiar.

Todavía no eran la poderosa familia en la que se convertirían después.

Richard estaba casado con Margaret.

Y Margaret estaba embarazada.

Pero perdió al bebé durante el séptimo mes.

Daniel quedó paralizado.

Nunca había oído aquello.

—¿Perdiste un hijo?

Margaret asintió.

Richard quedó destrozado.

Margaret también.

Pero existía otro problema.

El padre de Richard estaba gravemente enfermo y había establecido una condición para transferir el control de la compañía.

Richard debía tener un heredero.

Sin él, las acciones pasarían a otra rama de los Carter.

Emily comprendió antes que Daniel.

—Necesitaban un bebé.

Margaret la miró.

—Necesitábamos un heredero.

Daniel sintió náuseas.

—¿De dónde me sacaron?

Margaret guardó silencio.

El doctor Collins intervino.

—Hay algo más.

Sacó una copia de un antiguo registro hospitalario.

Hospital Saint Mary.

Habitación 214.

La misma noche en que Margaret había perdido a su hijo, otra mujer había dado a luz a un niño sano.

Su nombre era Anna Reed.

Tenía veintidós años.

Soltera.

Sin familia cercana registrada.

Daniel tomó el documento.

—¿Anna Reed es mi madre?

Margaret comenzó a llorar.

—No conocíamos su nombre al principio.

—¿Qué significa “al principio”?

Richard había pagado a un intermediario para organizar una adopción privada.

Según Margaret, les aseguraron que la madre había renunciado voluntariamente al niño.

Tres días después, Daniel salió del hospital como hijo de Richard y Margaret Carter.

Los documentos fueron modificados.

El nacimiento fue registrado nuevamente.

Daniel miró la fecha.

—¿Mi certificado de nacimiento es falso?

Margaret bajó la cabeza.

—Sí.

Emily llevó una mano a su vientre.

Todo aquello había permanecido oculto durante treinta y cinco años.

—¿Anna sabía quién se llevó a su hijo? —preguntó Emily.

Margaret tardó demasiado en responder.

Daniel lo notó.

—Mamá.

Margaret levantó los ojos.

—No me llames así si no quieres.

La frase golpeó a Daniel.

—Responde.

Margaret respiró profundamente.

—Anna cambió de opinión.

Silencio.

Dos semanas después de abandonar el hospital, Anna regresó.

Quería recuperar a su bebé.

Pero para entonces los Carter ya habían presentado documentos.

Richard estaba a punto de recibir las acciones.

Devolver a Daniel habría provocado un escándalo y posiblemente una investigación criminal.

—¿Qué hicieron? —preguntó Daniel.

Margaret comenzó a temblar.

—Le pagamos.

—¿Aceptó?

—No.

Daniel dejó caer los papeles.

—Entonces ¿qué hicieron?

Margaret no respondió.

El doctor Collins sacó otro documento.

—Quizá esto lo explique.

Era una carta.

Había sido archivada dentro del antiguo historial médico.

Dirigida a Daniel.

Escrita por Anna Reed.

“Si algún día encuentras esto, quiero que sepas que nunca te abandoné.”

Daniel dejó de respirar durante un instante.

Continuó leyendo.

Anna afirmaba que había intentado encontrarlo durante años.

También mencionaba a Margaret.

Y una amenaza.

“Me dijeron que si volvía a acercarme a ti, harían desaparecer cualquier prueba de que alguna vez tuve un hijo.”

Daniel levantó lentamente la cabeza.

Margaret lloraba.

—¿La amenazaste?

—Tenía miedo de perderte.

—¡No era tuyo para perderme!

Emily tomó la mano de Daniel.

Él estaba temblando.

Entonces el doctor Collins dijo:

—Hay otra razón por la que vine personalmente.

Todos lo miraron.

—Cuando apareció el nombre Anna Reed, solicité acceso al sistema médico nacional.

Margaret se puso rígida.

—No.

Daniel miró al doctor.

—¿Qué encontró?

—Una paciente con ese nombre sigue utilizando el mismo número de identificación médica.

Daniel abrió los ojos.

—¿Está viva?

Collins asintió.

—Sí.

Margaret se levantó bruscamente.

—No puedes ir a verla.

Daniel la miró con incredulidad.

—¿Por qué?

Margaret negó.

—Porque no sabes quién es ahora.

—Es mi madre.

—Daniel, escucha…

—¿Dónde está?

Collins respondió:

—A menos de veinte kilómetros.

Daniel sintió que el mundo se detenía.

Su madre biológica había estado a menos de media hora de él.

Durante años.

—Quiero verla.

Margaret gritó:

—¡No!

Daniel se volvió.

—¿Por qué tienes tanto miedo?

Margaret miró el vientre de Emily.

Y su respuesta cambió completamente el significado de todo.

—Porque Anna no volvió por ti.

Daniel frunció el ceño.

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Margaret señaló la ecografía.

—Volvió cuando supo que Emily estaba embarazada.

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