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Capítulo 2: La última noche de Elena Valdés

El evento quedó suspendido.

Javier pidió a seguridad que cerrara todas las salidas.

Nadie podía abandonar el hotel hasta localizar al hombre del balcón.

Beatriz protestó.

—No puede retenerme aquí.

Javier respondió:

—Puedes marcharte cuando llegue la policía.

Eso la silenció.

Lucía permaneció junto a Mateo.

Aunque oficialmente acababan de despedirla, no quiso dejarlo solo.

Javier regresó con su hijo.

—Necesito que me cuentes todo lo que recuerdes.

Mateo comenzó a firmar.

Lucía observaba.

Tres años atrás, Mateo tenía seis.

Su madre, Elena Valdés, desapareció durante una noche lluviosa.

La versión conocida decía que salió de casa después de discutir con Javier.

Su automóvil fue encontrado junto al puerto.

No había cuerpo.

Solo su bolso.

Durante años la policía consideró varias posibilidades.

Accidente.

Huida voluntaria.

Secuestro.

Nunca encontraron pruebas suficientes.

Mateo siempre decía que había visto a alguien aquella noche.

Pero era pequeño.

Estaba asustado.

Y los adultos interpretaron sus señas de manera incorrecta.

Javier sintió culpa al admitirlo.

—Pensamos que intentaba decir que vio a su madre marcharse.

Lucía observó a Mateo.

—No era eso.

El niño negó.

Lo que había visto era a Beatriz entrando en casa.

Después vio a Elena discutir con ella.

Más tarde apareció un hombre.

Mateo nunca vio bien su rostro.

Pero recordó algo.

Un reloj plateado con una correa azul.

—¿Por qué nunca lo explicaste? —preguntó Javier.

Mateo respondió mediante señas.

“Nadie entendía esta parte.”

Lucía sintió un nudo en la garganta.

El niño había llevado tres años intentando explicar algo sin encontrar a la persona capaz de comprenderlo por completo.

Beatriz cruzó los brazos.

—Los recuerdos de un niño no son pruebas.

Javier la miró.

—Entonces cuéntame tú qué hacías allí.

Beatriz permaneció en silencio.

La policía llegó.

Después de casi una hora, seguridad encontró al hombre del balcón.

No había conseguido salir.

Estaba oculto dentro de una oficina privada del hotel.

Cuando lo llevaron al salón, Javier quedó completamente inmóvil.

—Carlos.

Era Carlos Valdés.

Hermano mayor de Javier.

Mateo retrocedió.

Beatriz cerró los ojos.

Carlos había desaparecido de la vida familiar pocos meses después que Elena.

Dijo que se había mudado a Argentina.

Desde entonces apenas mantenían contacto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Javier.

Carlos no respondió.

Mateo miró su muñeca.

Después comenzó a firmar desesperadamente.

Javier siguió su mirada.

Carlos llevaba un reloj plateado.

Correa azul.

El mismo que Mateo recordaba.

—Eras tú.

Carlos se quitó lentamente el reloj.

—Javier…

—¿Estabas en mi casa aquella noche?

Carlos cerró los ojos.

—Sí.

Javier avanzó.

—¿Qué le hiciste a Elena?

—Nada.

Beatriz soltó una pequeña risa nerviosa.

Todos se volvieron.

Carlos la miró con odio.

—Díselo.

Beatriz perdió el control.

—¡Tú también estabas allí!

La verdad empezó a abrirse.

Elena había descubierto meses antes que una fundación familiar estaba perdiendo grandes cantidades de dinero.

La fundación Valdés financiaba programas educativos para niños con discapacidades.

Alguien desviaba fondos.

Elena encontró documentos.

Y los nombres de dos personas.

Carlos Valdés.

Beatriz Salgado.

Javier sintió náuseas.

—Robaron dinero de la fundación de Mateo.

Carlos negó.

—Yo no.

Había prestado su nombre a varias empresas porque Beatriz le aseguró que eran inversiones legales.

Cuando Elena descubrió la verdad, exigió explicaciones.

Beatriz fue a la casa para recuperar los documentos.

Carlos la siguió intentando detenerla.

—¿Y Elena?

Carlos bajó los ojos.

—Se fue con los documentos.

—¿Con quién?

Carlos respondió:

—Con alguien que dijo que podía protegerla.

Javier frunció el ceño.

—¿Quién?

Beatriz susurró:

—Tu padre.

Todo el salón quedó en silencio.

El padre de Javier, Antonio Valdés, había muerto dos años atrás.

Javier pensó que ya nada podía sorprenderlo.

Se equivocó.

Mateo volvió a firmar.

Lucía observó sus manos.

Después miró a Javier.

—Dice que su abuelo no se llevó a Elena.

—¿Entonces qué dice?

Lucía tragó saliva.

—Dice que Elena llamó a tu padre “papá”.

Javier se quedó inmóvil.

—Mi esposa nunca llamó así a mi padre.

Carlos cerró los ojos.

Beatriz susurró:

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—Porque Antonio no era solo tu padre.

Era también el padre biológico de Elena.

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