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Capítulo 1: Las manos que nadie quiso escuchar

El gran salón del Hotel Mirador de Barcelona brillaba aquella noche bajo cientos de luces doradas.

Los candelabros de cristal se reflejaban sobre el suelo de piedra pulida. Un cuarteto interpretaba música suave cerca del escenario mientras empresarios, políticos y familias adineradas conversaban alrededor de largas mesas decoradas con flores blancas.

Mateo Valdés estaba junto a una de aquellas mesas.

Tenía nueve años.

Cabello oscuro y rizado.

Una chaqueta de pana color mostaza.

Y una forma diferente de comunicarse con el mundo.

Mateo era sordo.

Hablaba principalmente mediante lengua de signos.

Aquella noche su padre había tenido que alejarse unos minutos para recibir a unos invitados.

Mateo intentaba preguntar a un joven camarero dónde estaba el baño.

Movió las manos lentamente.

El empleado parecía no entender.

Entonces escucharon una risa.

Beatriz Salgado estaba cerca.

Vestía un elegante vestido de terciopelo púrpura.

Observó a Mateo y comenzó a copiar exageradamente sus movimientos.

—¿Qué haces? ¿Un espectáculo?

Dos invitados soltaron una risa incómoda.

Mateo bajó las manos.

Su rostro se volvió rojo.

Beatriz continuó moviendo los dedos de manera absurda.

—Mira, yo también sé hacerlo.

Mateo retrocedió.

Entonces Lucía Navarro dejó la bandeja que llevaba.

Caminó directamente hacia ellos.

—No se burle de él.

Beatriz dejó de sonreír.

—Solo estoy jugando.

Lucía miró a Mateo.

El niño mantenía las manos pegadas al cuerpo.

—Él no se está riendo.

Las risas desaparecieron.

Beatriz se acercó.

—¿Sabes con quién estás hablando?

Lucía respondió sin elevar la voz.

—Sí.

Una pausa.

—Con alguien que acaba de humillar a un niño.

El silencio se hizo todavía más incómodo.

Beatriz señaló la salida.

—Estás despedida.

Lucía no se movió.

—Lo volvería a hacer.

Mateo levantó lentamente los ojos hacia ella.

Entonces las puertas principales se abrieron.

Javier Valdés entró.

En cuanto Mateo vio a su padre, sus manos comenzaron a moverse rápidamente.

Javier respondió inmediatamente en lengua de signos.

“Estoy aquí. ¿Qué ocurrió?”

Se arrodilló frente a él.

Mateo señaló a Beatriz.

Después hizo varias señas.

La expresión de Javier cambió.

—¿Estás seguro?

Mateo asintió.

Repitió la frase más lentamente.

Javier se puso de pie.

Miró a Beatriz.

—Mi hijo dice que te vio en nuestra casa.

Beatriz quedó inmóvil.

Javier continuó.

—La noche en que desapareció su madre.

La seguridad de Beatriz desapareció.

—Eso es imposible.

Mateo volvió a mover las manos.

Javier lo miró.

Su rostro perdió el color.

—¿También viste quién salió con ella?

Mateo asintió.

Después levantó lentamente el brazo.

Señaló hacia el balcón VIP.

Todos giraron.

Entre dos cortinas había una silueta masculina.

El hombre retrocedió inmediatamente.

Beatriz susurró:

—No debería estar aquí.

Javier la escuchó.

—¿Quién?

Las luces del balcón se apagaron.

Mateo agarró la mano de Lucía.

Javier miró hacia la oscuridad.

Y después volvió a mirar a Beatriz.

—Mi esposa desapareció hace tres años.

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Su voz se volvió fría.

—Esta noche me vas a explicar por qué mi hijo recuerda haberte visto con ella.

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