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Capítulo 2: El hombre de la lluvia que nadie esperaba reconocer

Héctor parpadeó.

—¿Es el qué?

Tomás no terminó.

Verónica lo miró.

—Tomás.

Él seguía sosteniendo el gafete de Iván.

Parecía estar pensando cómo decir algo sin decir demasiado.

Héctor se impacientó.

—¿Qué significa todo esto?

Tomás levantó la vista.

—¿A qué hora lo despediste?

—Anoche.

—¿Después de que ayudó al señor?

—Sí.

—¿Y el señor ya se había ido?

—Casi.

Verónica negó.

—No. Mi padre escuchó todo.

Tomás se quedó inmóvil.

—¿Escuchó que lo despediste?

—Sí —respondió Héctor.

Tomás cerró los ojos un instante.

Héctor comenzó a notar que la conversación era distinta a cualquier queja normal.

—¿Qué ocurre?

Tomás dejó el gafete sobre la caja.

—Quiero entender algo.

—¿Qué?

—¿El dinero salió de la caja?

—No.

—¿Faltó mercancía?

—No.

—¿El empleado regaló algo?

—No exactamente.

—Entonces pagó la diferencia con su propio dinero.

—Sí.

Tomás miró a Verónica.

—¿Eso fue todo?

—Eso fue lo que mi padre me contó.

Héctor intervino:

—No es “todo”.

Tomás giró.

—Entonces explícalo.

Héctor enderezó la espalda.

—Un negocio funciona con reglas.

—Correcto.

—Los empleados no pueden empezar a decidir por su cuenta cómo manejar clientes.

—¿Puso dinero de la tienda?

—No.

—¿Alteró una venta?

—No.

—¿Robó?

Héctor se molestó.

—No he dicho eso.

—¿Entonces?

—El problema es la disciplina.

Tomás dejó escapar una respiración.

—¿Disciplina?

—Sí.

Verónica observaba en silencio.

Héctor continuó:

—Hoy paga cinco pesos. Mañana otro empleado hace lo mismo. Después alguien empieza a regalar mercancía. Luego...

Tomás lo interrumpió.

—Eso no ocurrió.

—Pero puede ocurrir.

—También puede no ocurrir.

—Yo administro esta tienda.

Verónica habló:

—Eso ya quedó claro.

Héctor la miró.

—Señora...

—Verónica.

—Verónica, con respeto, usted está aquí porque su padre recibió ayuda.

—Correcto.

—Eso la hace emocional.

Ella respondió:

—No.

—Es normal.

—No estoy discutiendo porque Iván ayudó a mi padre.

Héctor frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Estoy tratando de entender por qué eso merecía un despido.

Tomás asintió.

—Yo también.

Héctor soltó una pequeña risa.

—¿Y usted quién es para pedirme explicaciones?

Tomás sostuvo su mirada.

—Tomás Aguilar.

—Eso no me dice nada.

—No tiene que decirte nada.

Héctor miró el portadocumentos.

—Entonces ¿para qué estaba citado con ella?

Tomás no respondió.

—¿Negocios?

Silencio.

—¿Trabajo?

Nada.

—¿Tiene relación con esta tienda?

Tomás siguió callado.

Héctor comenzó a ponerse nervioso.

—¿Qué está pasando?

Verónica miró el gafete.

—¿Dónde está Iván ahora?

—No sé.

—¿No tiene sus datos?

—Recursos humanos los tendrá.

Tomás levantó la mirada.

—¿Puede localizarlo?

Héctor se cruzó de brazos.

—No voy a llamar a un ex empleado solo porque ustedes lo piden.

Verónica lo observó.

—¿Está seguro?

—Sí.

Tomás soltó lentamente el aire.

—Héctor.

—¿Qué?

—Hazlo.

Héctor abrió los ojos.

—¿Perdón?

—Localiza al muchacho.

—Usted no me da órdenes.

Tomás no levantó la voz.

—No dije que lo hiciera.

—Sonó así.

—Entonces escúchalo como una recomendación.

Héctor miró a Verónica.

Ella permanecía tranquila.

—¿Quiénes son ustedes?

Verónica respondió:

—Hoy no importa.

—Para mí sí.

—Anoche tampoco le importó quién era mi padre.

Héctor se quedó callado.

La frase lo golpeó.

Tomás miró a Verónica.

—¿Él dijo algo sobre Iván cuando llegó a casa?

Ella asintió.

—No dejó de hablar de él.

—¿Qué dijo?

Verónica sonrió apenas.

—Que hacía mucho tiempo que un desconocido no lo trataba con tanta dignidad.

Tomás bajó la mirada.

Héctor pareció incómodo.

—No lo humillé.

Verónica giró.

—¿A mi padre?

—No.

—No dije que lo hiciera.

—Parecía.

—Mi padre estaba avergonzado por no tener suficiente dinero.

Héctor no respondió.

—Iván no lo hizo sentir peor.

Silencio.

—Eso fue lo que agradeció.

Tomás miró al gerente.

—¿Sabías que el señor tenía sesenta y ocho años?

—Sí.

—¿Que estaba solo?

—No sé.

—¿Que solo compraba comida básica?

—Eso no cambia la política.

Verónica asintió.

—No. Pero debería cambiar la forma en que alguien aplica una regla.

Héctor se tensó.

—Yo no estoy aquí para juzgar historias personales.

Tomás respondió:

—Exactamente.

—¿Qué?

—Entonces tampoco debiste juzgar a Iván sin investigar.

Héctor guardó silencio.

Tomás tomó nuevamente el gafete.

—¿Cuánto llevaba trabajando aquí?

—No sé.

—¿No lo sabes?

—No de memoria.

—¿Problemas anteriores?

—No sé.

Tomás lo observó.

—Lo despediste sin saber cuánto llevaba, si tenía antecedentes o si había causado alguna pérdida.

Héctor respondió:

—Vi lo suficiente.

Verónica preguntó:

—¿Qué vio?

—A un empleado haciendo algo que no debía.

—Y mi padre, ¿qué vio?

Héctor no contestó.

—Vio a un muchacho sacando dinero de su bolsillo para ayudarlo.

Tomás añadió:

—Dos personas pueden ver la misma escena y entender cosas completamente distintas.

Héctor miró a ambos.

—No vine a recibir una lección.

Verónica respondió:

—Nosotros tampoco vinimos a dársela.

—Entonces ¿qué quieren?

Ella miró a Tomás.

Tomás no respondió de inmediato.

Héctor siguió:

—¿Quieren que lo vuelva a contratar?

—No sé —dijo Verónica.

—¿No sabe?

—Todavía no.

Héctor frunció el ceño.

—Entonces ¿qué hacen aquí?

Verónica habló con calma:

—Quería conocer al hombre que decidió que ayudar a mi padre era motivo suficiente para quitarle el trabajo a alguien.

Héctor la miró fijamente.

—¿Y ya terminó de conocerme?

Ella respondió:

—Estoy empezando.

Tomás bajó la vista.

Héctor se tensó.

—No me gusta su tono.

—No he levantado la voz.

—No necesita hacerlo.

Silencio.

Tomás pareció ocultar una reacción.

Verónica continuó:

—Mi padre tampoco levantó la voz anoche.

Héctor no respondió.

—Solo se fue bajo la lluvia.

La tienda quedó en silencio por un instante.

Un cliente entró.

Tomó una botella.

Pasó de largo.

La normalidad del lugar contrastaba con la tensión alrededor de la caja.

Tomás preguntó:

—¿Tu padre está bien?

Verónica asintió.

—Sí.

—¿Va a venir?

—No quería.

—¿Por qué?

—Dijo que no quería que Iván pensara que esperaba algo a cambio.

Tomás sonrió ligeramente.

—Eso suena a él.

Héctor volvió a fruncir el ceño.

—¿Usted también conoce a Don Ernesto?

Tomás se quedó quieto.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Hace años.

—¿Por qué?

—Eso no importa.

Héctor soltó una risa nerviosa.

—Todo el mundo dice que nada importa.

Tomás respondió:

—Hay cosas que importan. Solo que no son las que crees.

—¿Qué significa eso?

Tomás dejó el gafete sobre la caja.

—Que despedir a Iván importa.

—¿Por qué?

—Porque fue una mala decisión.

—Eso es opinión.

—Sí.

—¿Y su opinión tiene algún peso aquí?

Tomás miró a Verónica.

Ella no dijo nada.

Héctor notó la mirada.

—¿Qué?

Tomás volvió hacia él.

—Todavía estás tratando de averiguar quiénes somos antes de decidir si debes arrepentirte.

Héctor se quedó inmóvil.

—No.

—Sí.

—No es cierto.

Verónica habló:

—Entonces imaginemos que somos dos desconocidos.

—Bien.

—¿Volvería a despedir a Iván?

Héctor respondió demasiado rápido.

—Sí.

Tomás levantó ligeramente las cejas.

—¿Sin investigar nada?

—Sí.

—¿Aunque no hubo pérdida?

—Sí.

—¿Aunque usó su dinero?

—Sí.

Verónica asintió lentamente.

—Gracias.

Héctor frunció el ceño.

—¿Por qué me da las gracias?

—Porque quería estar segura.

—¿De qué?

Ella no respondió.

Las puertas automáticas se abrieron.

Entró un joven empleado.

Miró a Héctor.

—Buenos días.

—Buenos días.

El muchacho caminó hacia el almacén.

Tomás siguió con la mirada.

—¿Cuántos empleados hay en este turno?

—Eso tampoco es asunto suyo.

Tomás asintió.

—Está bien.

Héctor miró el portadocumentos.

—¿Qué trae ahí?

Tomás respondió:

—Documentos.

—¿De qué?

—Documentos.

—Muy gracioso.

—No era un chiste.

Verónica miró su reloj.

—Tenemos poco tiempo.

Héctor escuchó.

—¿Para la reunión?

Ella no respondió.

—¿Iban a reunirse en oficinas de quién?

Tomás lo miró.

—Héctor.

—¿Qué?

—Deja de hacer preguntas que no tienen nada que ver con Iván.

—Y ustedes dejen de actuar como si yo tuviera que preocuparme.

Tomás guardó silencio.

Verónica también.

Eso hizo que Héctor se sintiera todavía más incómodo.

—¿Por qué no dicen nada?

Tomás habló:

—Porque no queremos que cambies de actitud por miedo.

—¿Miedo a qué?

—Exactamente.

Héctor apretó los labios.

—No tengo miedo.

—Bien.

—Solo quiero saber quién era ese señor.

Verónica respondió:

—Mi padre.

—Eso ya lo sé.

—Entonces ya tiene la información importante.

—No.

—Sí.

—No sé qué relación tiene con ustedes.

Tomás dijo:

—Mi relación con él no cambia lo que hizo Iván.

Héctor miró a Tomás.

—Pero sí cambia por qué está usted aquí.

Tomás asintió.

—Eso sí.

—Entonces explíquelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no.

Héctor soltó una respiración de frustración.

—Estoy cansado de esa palabra.

Verónica respondió:

—Puede que tenga que escucharla un poco más.

Héctor comenzó a caminar alrededor del mostrador.

—Mire, señora Salazar...

Ella se quedó quieta.

—¿Qué?

Héctor repitió:

—Señora Salazar.

Tomás levantó los ojos.

—Sí —respondió Verónica.

—Su padre se llama Ernesto Salazar.

—Sí.

—Y usted también.

—Sí.

—¿Por qué el señor Aguilar conoce a su familia?

Silencio.

—¿Y por qué estaban citados?

Nada.

—¿Y por qué recoge el gafete de un empleado que ni siquiera conoce?

Tomás respondió:

—Ahora ya sé quién es.

—No me refiero a eso.

—Lo sé.

Héctor miró hacia la puerta.

Como si esperara que apareciera alguien más.

No ocurrió.

Entonces tomó el gafete de Iván.

Lo sostuvo.

—¿Qué quieren que haga con esto?

Verónica respondió:

—Por ahora, no lo pierda.

—¿Por ahora?

—Sí.

Tomás miró el gafete.

—Y no lo tire.

Héctor frunció el ceño.

—¿Por qué?

Tomás respiró profundamente.

Parecía decidir cuánto podía decir.

—Porque el señor al que ayudó anoche...

Héctor lo miró.

Tomás continuó:

—...es una persona que...

Se detuvo.

Verónica lo miró.

—Tomás.

Él cerró la boca.

Héctor levantó las manos.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Otra vez llegan a la parte importante y se callan.

Tomás respondió:

—Porque no me corresponde terminar esa historia.

—¿A quién sí?

Verónica habló:

—A mi padre.

—¿Va a venir?

—No lo sé.

—Entonces llamémoslo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no vamos a usarlo para intimidarlo.

Héctor soltó una risa seca.

—Ya lo están haciendo.

Verónica negó.

—No.

—Llegan con documentos, se conocen, hacen preguntas y no dicen quiénes son.

Tomás respondió:

—Eso no es intimidación.

—¿Entonces qué?

—Contexto.

Héctor miró a Tomás.

—Pues su contexto me está cansando.

Tomás asintió.

—Imagino.

Héctor apretó el gafete.

—Voy a decirlo claramente. Iván está despedido. La decisión es mía. No voy a cambiarla porque un cliente se sintió agradecido.

Verónica sostuvo su mirada.

—Mi padre no vino a pedirle que la cambiara.

—Usted sí.

—Tampoco.

Héctor se quedó quieto.

—¿Entonces?

—Quería saber si fue un error.

—No lo fue.

—Eso dice usted.

—Sí.

Tomás preguntó:

—¿Y si te dijera que esa decisión puede tener consecuencias?

Héctor lo miró.

—¿Me está amenazando?

—No.

—Sonó como una amenaza.

—Las consecuencias existen sin necesidad de amenazas.

—¿Qué consecuencias?

Tomás miró el gafete.

—Las que ocurren cuando alguien toma una decisión sin conocer toda la historia.

Héctor respondió:

—Pues cuénteme la historia.

Tomás negó.

—No.

—Entonces no puede culparme.

Verónica dijo:

—Nadie lo está culpando por no conocer a mi padre.

Héctor giró.

—¿Entonces por qué?

—Por despedir a Iván.

—Eso ya lo entendí.

—No parece.

Silencio.

Tomás respiró.

—Voy a preguntarte una última vez.

—¿Qué?

—¿Estás seguro de que Iván está despedido?

Héctor lo miró.

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

Tomás asintió.

—Bien.

—¿Bien qué?

Tomás cerró el portadocumentos.

—Que ya tenemos la respuesta.

Héctor sintió un cambio.

—¿Qué respuesta?

Verónica miró su reloj.

—Tenemos que irnos.

—Un momento.

Ella se giró.

—¿Sí?

—No pueden venir, hacer todo esto y marcharse así.

Tomás respondió:

—Claro que podemos.

Héctor dio un paso.

—Quiero saber quién es Don Ernesto.

Verónica lo miró.

—Es mi padre.

—Ya lo sé.

—Entonces basta.

—No.

Por primera vez, Héctor parecía menos arrogante y más desesperado por comprender.

—Tomás lo conoce.

—Sí.

—Usted tenía una reunión con él.

—Sí.

—Ese hombre encontró el gafete y reaccionó como si yo hubiera hecho algo grave.

Verónica no respondió.

—¿Quién es?

Ella mantuvo silencio.

Héctor miró a Tomás.

—Dígamelo.

Tomás sostuvo su mirada.

—No puedo.

—¿No puede o no quiere?

—Ambas.

—¿Por qué?

Tomás miró a Verónica.

Ella negó ligeramente con la cabeza.

Héctor lo vio.

—Ella no quiere que me diga.

Tomás respondió:

—No se trata solo de ella.

—¿Entonces de quién?

—Del señor Salazar.

Héctor tragó saliva.

—¿Qué tiene de especial?

Tomás frunció ligeramente el ceño.

—No use esa palabra.

—¿Por qué?

—Porque él no quiere ser tratado como alguien especial.

Héctor se quedó quieto.

—Entonces sí lo es.

Tomás cerró los ojos un segundo.

Había dicho demasiado.

Verónica habló:

—Nos vamos.

Héctor se acercó a la caja.

—Espere.

Tomó el gafete de Iván.

Se lo mostró.

—¿Qué hago con esto?

Verónica miró la tarjeta.

—Guárdelo.

—¿Para qué?

—Porque quizá tenga que devolvérselo usted mismo.

Héctor palideció ligeramente.

—¿Quizá?

—Sí.

—¿Quién va a decidirlo?

Verónica se quedó en silencio.

Tomás tomó su portadocumentos.

—Tenemos que irnos.

Héctor miró a ambos.

—Tomás.

El hombre se detuvo.

—¿Qué?

—Antes dijo: “Porque el señor al que ayudó anoche es el...”

Tomás no respondió.

—¿El qué?

Silencio.

—Termine la frase.

Tomás miró a Verónica.

Ella permanecía quieta.

Héctor insistió:

—¿Es el qué?

Tomás respiró profundamente.

—No debería.

—Pero puede.

—Sí.

—Entonces dígalo.

Verónica habló:

—Tomás.

—Solo una palabra —dijo Héctor—. Quiero saber qué hizo ese hombre para que todos actúen así.

Tomás observó el gafete.

Luego al gerente.

—No se trata de lo que hizo anoche.

—Entonces ¿de qué?

—De quién ha sido durante muchos años.

Héctor quedó inmóvil.

—¿Quién?

Tomás parecía a punto de responder.

Pero Verónica puso una mano sobre su brazo.

—No.

Él asintió.

—Tiene razón.

Héctor golpeó suavemente el mostrador con la palma.

—¡Basta!

Un cliente miró desde el pasillo.

Héctor bajó inmediatamente la voz.

—Perdón.

Respiró.

—Solo díganme una cosa.

Verónica lo observó.

—¿Qué?

—¿Mi trabajo corre peligro?

La pregunta cambió el ambiente.

Tomás no respondió.

Verónica tampoco.

Héctor entendió el silencio de la peor manera posible.

—Dios mío.

Verónica habló:

—No estamos aquí para hablar de su trabajo.

—Eso no responde.

—Porque no lo sabemos.

—¿Quién sí?

Silencio.

—¿Mi padre? —preguntó Héctor casi sin querer.

Tomás frunció el ceño.

—¿Tu padre?

—Nada.

—¿Por qué dijiste eso?

Héctor se puso tenso.

—Porque...

Se detuvo.

Verónica observó su rostro.

—¿Su padre conocía a Ernesto?

Héctor la miró.

—No sé.

—¿Barragán es su apellido?

—Sí.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Héctor Barragán?

—Sí.

La expresión de Tomás cambió.

Muy poco.

Pero Verónica lo vio.

—¿Qué?

Tomás negó.

—Nada.

Héctor lo señaló.

—No. Eso no fue nada.

Verónica miró a Tomás.

—¿Conoces el apellido?

Él permaneció en silencio.

Héctor comenzó a sentirse aún peor.

—¿Qué significa?

Tomás dejó el portadocumentos sobre la caja.

—Héctor.

—¿Qué?

—¿Tu padre se llamaba Ramón Barragán?

Héctor palideció.

—¿Cómo sabe eso?

Verónica miró a Tomás.

Él no apartó la vista.

—¿Era él?

—Sí.

Silencio.

—¿Cómo conoce a mi padre?

Tomás no respondió.

—¿Lo conoció Don Ernesto?

Nada.

—¿Qué está pasando?

Verónica parecía tan sorprendida como Héctor.

—Tomás.

Él seguía callado.

Héctor dio un paso más.

—¿Mi padre tiene algo que ver con el señor Salazar?

Tomás respiró lentamente.

—No sabía que eras hijo de Ramón.

—Eso no responde.

—Lo sé.

—Entonces responda.

Tomás miró el gafete de Iván.

Después a Verónica.

Luego a Héctor.

—Anoche despediste a un muchacho por ayudar a Ernesto Salazar.

Héctor tragó saliva.

—Sí.

—Y hoy descubro que eres hijo de Ramón Barragán.

—¿Y?

Tomás parecía intentar comprender algo.

—Esto es mucho más complicado de lo que pensaba.

Verónica habló:

—¿Por qué?

Tomás negó.

—No aquí.

Héctor soltó una risa nerviosa.

—Claro. Otra vez “no aquí”.

Tomás lo miró.

—Créeme. Esta vez te conviene.

Héctor ya no parecía enojado.

Parecía asustado.

—¿Mi padre le hizo algo a Don Ernesto?

Tomás no respondió.

—¿Sí?

Nada.

—¿Por eso reaccionó al apellido?

Verónica miró a Tomás.

—¿Hay una historia entre las familias?

Él cerró los ojos.

—No debería decir nada sin Ernesto.

Héctor miró la tarjeta de Iván.

Después a Tomás.

—Entonces el anciano que estuvo aquí anoche...

Tomás respondió:

—No lo llames así.

—¿Por qué?

Tomás levantó la vista.

—Porque el señor al que ayudó Iván anoche es el hombre que hace veinticinco años—

Verónica abrió los ojos.

Héctor dejó de respirar.

Tomás se detuvo.

—¿Que hace veinticinco años qué?

Tomás negó.

—No.

—¡Termine!

—No puedo.

—¡Mi padre está involucrado!

—Por eso mismo.

Héctor dio un paso.

—¿Qué hizo Ramón Barragán?

Tomás se quedó quieto.

Verónica observaba.

La tienda parecía cada vez más silenciosa.

El refrigerador seguía zumbando.

La lluvia de la noche anterior había desaparecido.

Afuera pasaban autos.

Pero dentro, todo había quedado atrapado en aquella conversación.

Tomás miró al hijo de Ramón Barragán.

Después al gafete de Iván.

Y finalmente a Verónica.

—Porque el señor al que ayudó anoche es el—

Héctor esperó.

Tomás apretó los labios.

—Es el hombre que tu padre juró que nunca volvería a—

Y la frase murió antes de completarse.

Héctor quedó pálido.

Verónica miró a Tomás con los ojos abiertos.

—¿Qué quiso decir?

Tomás no respondió.

—¿Mi padre conocía a Don Ernesto?

Silencio.

—¿Qué juró?

Nada.

—¿Que nunca volvería a qué?

Tomás tomó lentamente el portadocumentos.

—Esto ya no puedo contarlo yo.

Héctor lo miró desesperado.

—¿Quién puede?

Tomás respondió:

—Ernesto.

—Entonces llámelo.

Verónica habló:

—No.

—¡Es mi padre del que están hablando!

—Y del mío.

El silencio volvió.

Héctor miró a Verónica.

Por primera vez los dos parecían estar en la misma posición.

Ambos sabían que había una historia.

Ninguno conocía toda la verdad.

Tomás tomó el gafete de Iván.

Lo dejó delante de Héctor.

—Guárdalo.

—¿Para qué?

—Porque antes de que termine el día quizá tengas que explicar mucho más que un despido.

Héctor lo miró.

—¿A quién?

Tomás no respondió.

Verónica caminó hacia la salida.

Las puertas se abrieron.

Héctor habló una última vez:

—Tomás.

Él giró.

—Dígame solamente quién es mi padre en esta historia.

Tomás se quedó inmóvil.

—Tu padre no es la parte más difícil.

Héctor perdió el color del rostro.

—¿Entonces quién?

Tomás miró a Verónica.

Después a Héctor.

—Ernesto.

—¿Qué hizo?

Tomás respiró profundamente.

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—Hace veinticinco años, tu padre tomó una decisión que obligó a Ernesto a—

Y la verdad quedó interrumpida exactamente allí.

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