Capítulo 2: El hombre que León vio morir quince años atrás

Nora no esperó autorización.
Corrió hacia el panel lateral.
Mateo seguía conectado por teléfono.
—Busca la válvula mecánica.
—¿Dónde?
—Debajo del conducto principal.
Nora abrió una tapa.
Encontró una rueda metálica.
Giró.
Nada.
—Está bloqueada.
—Entonces rompe el seguro.
León tomó una barra de utilería.
Golpeó el cierre.
Una vez.
Dos.
La rueda cedió.
El flujo de agua comenzó a disminuir.
Claudia gritó al equipo técnico.
—¡Corten la corriente!
Esta vez nadie discutió.
El tanque quedó a poco más de la mitad.
El desconocido apenas podía mantener la cabeza fuera del agua.
Nora encontró un cierre secundario.
Lo abrió.
León rompió la cadena exterior.
Cuando la tapa cedió, el hombre cayó hacia adelante.
Tosió.
Respiró.
Pero no habló.
León se arrodilló frente a él.
—Mírame.
El desconocido levantó la cara.
Nora vio cómo León dejaba de respirar.
—Padre…
Claudia dio un paso atrás.
El hombre era Esteban Aranda.
Padre de León.
Declarado muerto quince años antes después de un accidente durante un espectáculo de escape.
León había visto un ataúd.
Había firmado documentos.
Había heredado la compañía de ilusiones.
—No puede ser —susurró Claudia.
Esteban sonrió débilmente.
—Eso fue exactamente lo que todos debían creer.
La policía cerró el estudio.
Mateo fue encontrado una hora después dentro de un almacén técnico.
Había sido atacado antes de salir al escenario.
No recordaba el rostro completo del hombre.
Solo una cosa.
—Llevaba acreditación de producción.
Claudia endureció la mirada.
—Hay cientos.
Mateo negó.
—No.
—¿Qué?
—Una antigua.
De hacía quince años.
León se volvió lentamente hacia su padre.
—¿Por qué estás vivo?
Esteban explicó.
Quince años atrás, descubrió que varios productores manipulaban espectáculos de riesgo.
Aumentaban deliberadamente la dificultad.
Reducían medidas de seguridad.
Todo para generar accidentes “casi mortales” y mejorar audiencias.
Esteban quiso denunciarlo.
Antes de poder hacerlo, sufrió su propio accidente.
Pero sobrevivió.
—Entonces ¿quién dijo que habías muerto?
Esteban miró a Claudia.
Ella perdió el color del rostro.
—No fui yo.
—No.
Esteban respondió:
—Fue tu padre.
Claudia cerró los ojos.
Su padre, Manuel Serrat, era director ejecutivo de la cadena en aquella época.
Después del accidente, hizo una propuesta.
Si Esteban desaparecía, recibiría protección.
Su familia quedaría fuera del escándalo.
Las pruebas serían guardadas.
Esteban aceptó.
—¿Y yo? —preguntó León—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque Manuel me dijo que tú también estabas vigilado.
León se levantó.
—Me dejaste enterrar a mi padre.
Esteban no respondió.
—Quince años.
—Lo sé.
—¿Y ahora apareces dentro de un tanque?
Esteban miró a Nora.
—Yo no debía estar allí.
Todo cambió nuevamente.
Esteban había regresado a Madrid hacía semanas.
Quería entregar las pruebas originales.
Se puso en contacto con Mateo porque necesitaba entrar al estudio sin que producción lo supiera.
Pero alguien descubrió el plan.
Secuestraron a Mateo.
Tomaron a Esteban.
Lo vistieron con su ropa.
Y lo metieron en el tanque.
—¿Por qué? —preguntó Nora.
Esteban levantó el anillo.
—Para que León me reconociera cuando ya fuera demasiado tarde.
Querían que Esteban muriera en directo.
Y que pareciera un error provocado por Mateo.
Después podían decir que el escape artist había utilizado un sustituto sin autorización.
Un escándalo.
Una tragedia.
Y ninguna investigación sobre el pasado.
—¿Quién organizó todo esto?
Esteban miró a Claudia.
—Alguien que todavía trabaja aquí.
Claudia negó.
—No puede ser.
Nora recordó algo.
—La bomba aumentó de presión después de que descubrimos la sustitución.
Mateo añadió:
—Eso significa que la persona estaba viendo la emisión.
León miró hacia la cabina técnica.
Revisaron los registros.
Una tarjeta había accedido al control hidráulico.
Nombre:
Manuel Serrat.
Claudia soltó una risa nerviosa.
—Mi padre murió hace seis años.
Esteban respondió:
—No.
Otra persona llevaba años utilizando su identidad.
El responsable era Adrián Serrat.
Hermano menor de Claudia.
Había trabajado con su padre durante décadas.
Después de su muerte, siguió utilizando sus antiguas credenciales para acceder a sistemas y contratos.
Adrián había participado en la manipulación de programas desde joven.
Si Esteban hablaba, todo saldría a la luz.
—¿Y tú sabías algo? —preguntó Nora a Claudia.
Claudia respondió:
—Sabía que mi padre había ocultado cosas.
—No es lo que pregunté.
Silencio.
—Sabía que Adrián utilizaba archivos antiguos.
León la miró con asco.
—Y aun así seguiste produciendo el programa.
Claudia bajó la mirada.
—Sí.
Adrián fue arrestado aquella misma noche intentando salir del edificio por un túnel de servicio.
En su oficina encontraron archivos de quince años.
Contratos manipulados.
Grabaciones.
Informes de seguridad falsificados.
Y documentos sobre el accidente de Esteban.
El concurso fue cancelado.
No suspendido.
Cancelado.
La cadena abrió una investigación independiente.
Claudia renunció.
Esteban tuvo que responder también por haber vivido durante años bajo identidad falsa, aunque su caso estuvo ligado al acuerdo secreto de protección.
Pero lo más difícil no ocurrió en los tribunales.
Ocurrió entre él y León.
Padre e hijo se sentaron frente a frente días después.
—No sé si puedo perdonarte.
Esteban asintió.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Me convertí en ilusionista porque quería parecerme a ti.
—Lo sé.
—Después pasé quince años intentando demostrar que podía ser mejor que un muerto.
Esteban cerró los ojos.
—Lo siento.
León no respondió.
No hubo abrazo.
Todavía no.
Nora también cambió después de aquella noche.
La cadena le ofreció un ascenso.
Aceptó trabajar únicamente en seguridad de escenario.
Su primera regla fue sencilla:
Si alguien detectaba una anomalía, el espectáculo se detenía.
Sin productor.
Sin audiencia.
Sin excepción.
Mateo volvió a actuar meses después.
Antes de entrar en un nuevo tanque, miró a Nora.
—¿Soy yo?
Ella rio.
—Tatuaje correcto.
—¿Cadenas?
—Revisadas.
—¿Agua?
—Manual y automático verificados.
Mateo sonrió.
—Ahora sí.
León dejó temporalmente los grandes números de riesgo.
Volvió a pequeños trucos.
Cartas.
Monedas.
Anillos.
Una noche sostuvo el antiguo sello de su padre ante Nora.
—Todo empezó por esto.
Nora negó.
—No.
—¿No?
—Empezó cuando alguien vio una muñeca sin tatuaje y decidió no ignorarlo.
León la miró.
Tenía razón.
Miles de personas estaban viendo aquel tanque.
Decenas de cámaras.
Técnicos.
Jueces.
Productores.
Pero solo una asistente se detuvo a mirar una pequeña diferencia.
La ausencia de un tatuaje.
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Y esa pequeña diferencia evitó que una mentira de quince años terminara convirtiéndose en un asesinato en directo.
FIN