Capítulo 1: El hombre equivocado dentro del tanque

El estudio estaba lleno de luz, aplausos y cámaras.
En el centro del escenario había un enorme tanque de cristal.
Mateo Cruz ya estaba dentro.
O eso creían todos.
Nora Vidal observaba la transmisión desde backstage.
Al principio no vio nada extraño.
El hombre llevaba el mismo pantalón.
La misma camiseta.
Las mismas cadenas.
Pero cuando levantó las manos contra el cristal, Nora frunció el ceño.
—Ese no es Mateo…
Se acercó al monitor.
La muñeca derecha estaba limpia.
Mateo tenía un tatuaje pequeño junto al hueso.
Nora lo había visto durante todos los ensayos.
—Mateo tiene un tatuaje aquí…
Claudia Serrat apareció detrás de ella.
—¿Qué haces?
—Ese hombre no es Mateo.
Claudia la agarró del brazo.
—Estamos en directo. Ni una palabra.
Nora la miró horrorizada.
—Han metido a otra persona.
—No sabes lo que estás diciendo.
Entonces el teléfono de Nora vibró.
Número desconocido.
Contestó.
La imagen tardó unos segundos en estabilizarse.
Era Mateo.
El verdadero Mateo.
Estaba dentro de una habitación oscura.
Sudoroso.
Con una mano parcialmente atada.
—Nora…
Ella sintió que el pecho se cerraba.
—¿Dónde estás?
—No lo sé.
—¿Quién te encerró?
Mateo miró hacia una puerta fuera de cámara.
—No hay tiempo.
Después dijo algo todavía más extraño.
—No dejes que abran el tanque.
Nora giró el teléfono hacia Claudia.
—Entonces ¿quién está dentro?
La productora quedó inmóvil.
Por primera vez parecía realmente asustada.
Desde el escenario comenzó la cuenta atrás.
León Aranda sonreía junto al tanque.
—Cinco…
El público repetía.
—Cuatro…
El hombre dentro golpeó una vez el cristal.
León lo oyó.
Su sonrisa cambió.
—Tres…
Nora salió corriendo.
—¡Detengan el llenado!
Demasiado tarde.
El agua comenzó a entrar.
Primero hasta los tobillos.
Después las rodillas.
León miró hacia backstage.
Nora levantó el teléfono.
—¡Mateo está aquí!
León dejó de actuar.
Solo durante un instante.
Claudia llegó detrás de Nora.
—¿Qué está pasando?
—Él no es Mateo.
Dentro del tanque, el desconocido levantó la mano.
Nora vio algo en su dedo.
Un anillo plateado.
Grande.
Con un símbolo oscuro.
Miró inmediatamente la mano de León.
Mismo diseño.
Mismo sello.
—Lleva tu anillo.
León palideció.
Claudia lo vio.
—León…
Él retrocedió.
—No puede ser.
El agua seguía subiendo.
El desconocido apoyó ambas manos en el cristal.
Movió lentamente los labios.
Una sola palabra.
“León.”
El ilusionista se quedó rígido.
Nora se acercó.
—¿Quién es?
León no respondió.
Mateo gritó desde el teléfono:
—¡Nora, ese hombre no está actuando!
El desconocido tiró de las cadenas.
No eran cadenas de truco.
No se liberaban.
Nora comprendió.
—Está realmente atrapado.
Claudia miró a León.
—¿A quién metiste ahí?
—Yo no metí a nadie.
Las luces parpadearon.
La bomba aumentó de presión.
El agua comenzó a subir mucho más rápido.
Nora buscó el mando de emergencia.
La pantalla se apagó.
Desde su teléfono, Mateo gritó:
—¡No uses el desbloqueo principal!
—¿Por qué?
—¡Lo modificaron!
León dio un paso hacia el tanque.
—Sáquenlo.
Nora lo miró.
—¿Sabes quién es?
León observó nuevamente el anillo.
Su voz salió apenas audible.
—Ese anillo solo existía en dos copias.
—¿Quién tenía la otra?
León cerró los ojos.
—Mi padre.
Claudia quedó inmóvil.
—Tu padre murió hace quince años.
León miró al hombre dentro del tanque.
—Eso creía yo.
May you like
Y en ese instante, el desconocido golpeó el cristal tres veces.
Exactamente como alguien que León había conocido de niño.