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Capítulo 2: La noche que ninguno de los tres quiso recordar

Carlos no apartó los ojos de Ernesto.

—¿Yo también qué?

El músico cerró la boca.

Elena dio un paso hacia ellos.

—Ernesto.

—No.

Carlos giró hacia ella.

—¿No qué?

Elena respiró profundamente.

—No es el momento.

—¿Después de cincuenta años tampoco es el momento?

Ella lo miró.

—Carlos...

—¿Qué me ocultaste?

Tomás permanecía a varios metros.

Sofía estaba cerca de él.

Ninguno sabía si debía alejarse.

Ernesto sostuvo la guitarra como si fuera lo único que le permitiera mantenerse de pie.

Carlos volvió hacia él.

—Termina la frase.

Ernesto negó lentamente.

—No así.

—Entonces ¿cómo?

—En otro lugar.

—No.

—Carlos.

—No me hagas esto.

Ernesto bajó la mirada.

Carlos señaló la guitarra.

—La reconocí.

Ernesto apretó los dedos.

—Ya lo sé.

—No era tuya al principio.

—No.

—Era de Julián.

Elena cerró los ojos.

Ernesto levantó la cabeza.

—Sí.

Carlos dejó escapar una respiración.

—Entonces no me equivoqué.

—No.

—¿Dónde está Julián?

Silencio.

—Ernesto.

Nada.

—¿Dónde está?

El músico miró a Elena.

Ella negó suavemente.

Carlos lo vio.

—¿Por qué la miras?

Ernesto respondió:

—Porque no sé cuánto sabes.

—Muy poco, aparentemente.

Elena tomó la mano de Carlos.

Él la apartó con suavidad.

—No.

—Carlos.

—No me toques todavía.

La frase dolió.

Elena bajó la mano.

Ernesto habló:

—No la culpes.

Carlos lo miró.

—¿Entonces a quién culpo?

—A nadie.

—Eso es imposible.

Ernesto respiró.

—A veces sí.

Carlos miró la guitarra.

—Julián desapareció aquella noche.

—Sí.

—Tú también.

—Sí.

—La banda se acabó.

Ernesto asintió.

—Sí.

—Y nadie me explicó nada.

Elena bajó la mirada.

Carlos continuó:

—Yo desperté al día siguiente y todo había terminado.

—Carlos...

—No, Elena.

Ella se quedó en silencio.

—Me dijiste que Ernesto se había ido.

—Sí.

—Me dijiste que Julián había tomado otro camino.

—Sí.

—Y me dijiste que no debía buscarlos.

Elena cerró los ojos.

—Porque pensé que era lo mejor.

Carlos soltó una pequeña risa amarga.

—¿Para quién?

Ella no respondió.

Ernesto bajó la guitarra.

—Para ti.

Carlos giró.

—No decides eso.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hicieron?

Ernesto respiró profundamente.

—Porque aquella noche ocurrió algo.

—Eso ya lo sé.

—No, Carlos.

Ernesto levantó la mirada.

—No sabes ni la mitad.

Carlos se quedó quieto.

Tomás se acercó un poco a Sofía.

—¿Quién es Julián? —susurró.

Sofía negó.

—No sé.

—¿Estaban en una banda?

—Parece.

Tomás miró a Ernesto.

Por primera vez había olvidado por completo la política del restaurante.

Carlos volvió a hablar.

—Empieza desde el principio.

Ernesto cerró los ojos.

—No hay tiempo.

—Tengo sesenta y nueve años. He esperado medio siglo.

—No es eso.

—¿Entonces?

Ernesto miró alrededor.

—No sé quién puede escuchar.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué tiene de secreto una banda vieja?

Ernesto no respondió.

Eso hizo que Carlos se tensara.

—Ernesto.

—No era solamente la banda.

Elena habló:

—Basta.

Los dos hombres la miraron.

Ella respiró profundamente.

—Si van a hablar, no lo hagan a medias.

Carlos la observó.

—Entonces tú también sabes.

Elena asintió lentamente.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde aquella noche.

Carlos cerró los ojos.

Parecía recibir un golpe.

—Cincuenta años.

—Lo sé.

—Cincuenta años.

—Lo sé.

—Y nunca me dijiste.

—No podía.

—¿No podías o no querías?

—Ambas.

Carlos apretó los labios.

—Eso no es una respuesta.

Elena lo miró.

—Tenía miedo.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿De qué?

Ella no respondió.

Ernesto sí.

—De que volvieras a buscarlo.

Carlos giró.

—¿A quién?

Silencio.

—¿A Julián?

Nada.

—¿A quién no debía buscar?

Ernesto volvió a mirar a Elena.

Ella cerró los ojos.

—Carlos...

—¿A quién?

Finalmente Ernesto respondió:

—A tu hermano.

Carlos quedó completamente inmóvil.

Tomás levantó la cabeza.

Sofía abrió los ojos.

Elena palideció.

Carlos habló en un susurro:

—Mi hermano murió.

Ernesto negó.

—Eso te dijeron.

Carlos lo miró.

—No.

—Carlos...

—No.

Retrocedió un paso.

Elena intentó acercarse.

—Escúchame.

—No.

—Por favor.

—Mi hermano murió antes de que termináramos la banda.

Ernesto negó.

—Eso creías.

Carlos miró a su esposa.

—Elena.

Ella comenzó a llorar, pero se contuvo.

—Yo no quería...

—¿Está vivo?

Elena no respondió.

Carlos giró hacia Ernesto.

—¿Está vivo?

El músico cerró los ojos.

—No sé.

—¡No sabes!

Varias personas miraron desde lejos.

Carlos bajó inmediatamente la voz.

—No sabes.

—No.

—Entonces ¿qué sabes?

Ernesto respiró.

—Que aquella noche apareció.

Carlos se quedó quieto.

—¿Quién?

—Tu hermano.

—No.

—Sí.

—No.

—Carlos.

—Yo lo vi muerto.

Ernesto negó.

—Viste un ataúd cerrado.

El color desapareció del rostro de Carlos.

—¿Cómo sabes eso?

Ernesto no respondió.

Carlos miró a Elena.

—Tú estabas ahí.

Ella asintió.

—Sí.

—¿Sabías?

Elena tardó demasiado.

—Sí.

Carlos dio otro paso atrás.

—Dios mío.

Ernesto habló:

—Fue mucho más complicado.

Carlos soltó una risa amarga.

—Eso siempre dicen las personas que mienten durante décadas.

Elena cerró los ojos.

—Tienes derecho a estar enojado.

—No me digas qué derecho tengo.

—Perdón.

Carlos respiró.

—¿Qué pasó aquella noche?

Ernesto miró la guitarra.

—Julián me llamó.

—¿Por qué?

—Dijo que alguien había aparecido.

—¿Mi hermano?

—Sí.

—¿Dónde?

—En el lugar donde ensayábamos.

Carlos cerró los ojos.

Era evidente que podía verlo en su memoria.

Una habitación vieja.

Cuatro músicos.

Una guitarra.

Una juventud desaparecida.

—¿Y qué quería?

Ernesto respondió:

—Hablar contigo.

Carlos abrió los ojos.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Por qué no lo hizo?

Ernesto miró a Elena.

Ella tragó saliva.

Carlos siguió la mirada.

—No.

Elena habló:

—Yo llegué antes.

Carlos dejó de respirar.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque él me llamó.

—¿Mi hermano te llamó a ti?

—Sí.

—¿Por qué?

Elena cerró los ojos.

—Porque sabía que si te veía...

Se detuvo.

Carlos esperó.

—¿Qué?

Ella negó.

—No puedo.

Carlos soltó una risa seca.

—Otra vez.

Ernesto tomó aire.

—Él pensaba que si te veía, ibas a seguirlo.

Carlos miró al músico.

—¿A dónde?

Silencio.

—¿A dónde iba?

Ernesto negó.

—Nunca me lo dijo.

—Entonces ¿qué querían evitar?

Elena habló:

—Que te involucraras.

—¿En qué?

Nadie respondió.

Carlos golpeó suavemente la mesa con la palma.

—¡En qué!

El restaurante se quedó más silencioso.

Tomás hizo un gesto a los meseros para que continuaran trabajando.

Sofía observaba a Carlos con preocupación.

Ernesto bajó la voz.

—En algo que no tenía nada que ver con música.

Carlos lo miró.

—Entonces ¿con qué?

—Con dinero.

Carlos frunció el ceño.

—No me importa el dinero.

—A él tampoco.

—¿Entonces?

Ernesto continuó:

—Con nombres.

—¿Qué nombres?

—Personas.

—¿Quiénes?

—No sé todos.

—Ernesto.

—No sé.

Carlos respiró con frustración.

—Entonces ¿por qué desapareciste tú?

Ernesto se quedó quieto.

—Porque tuve miedo.

—¿De qué?

—De haber escuchado algo que no debía.

Elena miró hacia otro lado.

Carlos se dio cuenta.

—Tú también.

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y Julián?

Ernesto respondió:

—Él sabía más.

Carlos miró la guitarra.

—Por eso tú terminaste con su guitarra.

Ernesto apretó el instrumento.

—Sí.

—¿Te la dio?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Aquella noche.

Carlos permaneció en silencio.

—¿Por qué?

Ernesto cerró los ojos.

—Porque pensó que no iba a volver.

Carlos quedó inmóvil.

—¿No iba a volver de dónde?

—No lo sé.

—¿Y después?

Ernesto miró la guitarra.

—Después desapareció.

—¿Julián?

—Sí.

—¿Y mi hermano?

—También.

Carlos volvió hacia Elena.

—¿Tú lo sabías?

—Sabía que se habían ido.

—¿Juntos?

—No lo sé.

—¿Los viste salir?

Elena negó.

—No.

—Entonces ¿qué viste?

Ella respiró profundamente.

—Vi a tu hermano por última vez.

Carlos cerró los ojos.

—¿Qué te dijo?

—Que te protegiera.

Carlos abrió los ojos.

—¿De qué?

—No me lo dijo.

—Mientes.

Elena negó.

—No.

—¿Cincuenta años y todavía no sabes?

—No.

Carlos se apartó.

Ernesto dejó la guitarra sobre una silla.

—Carlos.

—No.

—Escúchame.

—Estoy escuchando demasiado.

—Hay algo más.

Carlos se quedó quieto.

—Claro que hay algo más.

Ernesto miró la vieja guitarra.

—Esta guitarra no era solo de Julián.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué?

—Antes de Julián...

Se detuvo.

Carlos esperó.

—Era de tu hermano.

Elena cerró los ojos.

Carlos miró el instrumento.

Su rostro cambió lentamente.

—No.

Ernesto asintió.

—Sí.

Carlos tocó la madera.

—Nunca la vi.

—Porque él la dejó antes de desaparecer la primera vez.

Carlos respiró con dificultad.

—¿Primera vez?

Ernesto comprendió lo que acababa de decir.

Carlos levantó la mirada.

—¿Qué significa “la primera vez”?

Silencio.

—Ernesto.

—Carlos...

—¿Desapareció más de una vez?

El músico no respondió.

Carlos volvió hacia Elena.

—¿Tú sabías eso?

Ella negó.

—No.

Por primera vez, su sorpresa parecía genuina.

Ernesto tragó saliva.

—La primera vez fue antes de conocerte a ti.

Carlos permaneció inmóvil.

—¿Cuántos años?

—Muchos.

—¿Por qué nadie me contó?

—Porque tu familia pensó que era mejor.

Carlos soltó una risa amarga.

—Parece que todo el mundo decidió qué era mejor para mí.

Ernesto bajó la mirada.

—Sí.

—Y todos estaban equivocados.

Nadie respondió.

Carlos miró el pequeño postre del aniversario.

La vela apagada.

La mano de Elena.

La guitarra.

Todo lo que hacía apenas minutos parecía parte de una noche tranquila ahora se sentía extraño.

—Cincuenta años —repitió.

Elena levantó la mirada.

—Carlos.

—Celebrando algo mientras tú cargabas esto.

Ella respiró.

—También celebramos cosas reales.

—Lo sé.

—Yo te amé.

—No dije que no.

—Y te amo.

Carlos cerró los ojos.

—Eso hace esto peor.

Elena bajó la mirada.

Ernesto habló:

—No vine a romper nada.

Carlos lo miró.

—Tú no viniste.

—¿Qué?

—Yo te encontré.

Ernesto asintió.

—Sí.

Carlos respiró.

—Y quizá debía ocurrir.

Elena levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Carlos miró la guitarra.

—Quiero terminar lo que empezó aquella noche.

Ernesto se tensó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué estás diciendo.

—Llevo cincuenta años sin saber.

—Precisamente.

Carlos dio un paso.

—¿Dónde está Julián?

—No sé.

—¿Dónde está mi hermano?

—No sé.

—Entonces empezaremos por lo que sí sabes.

Ernesto negó.

—No deberías.

—¿Por qué?

El músico miró a Elena.

Después a Carlos.

—Porque aquella noche tú no perdiste solamente a la banda.

Carlos lo observó.

La misma frase.

La frase que había iniciado todo.

—Termínala.

Ernesto tragó saliva.

—No.

—Termínala.

Elena habló:

—Carlos...

—Quiero escucharlo.

Ernesto tomó la guitarra.

Sus manos temblaron apenas.

—Aquella noche perdiste a Julián.

Carlos asintió.

—Sí.

—Perdiste a la banda.

—Sí.

—Pensaste que habías perdido a tu hermano años antes.

Carlos no apartó la mirada.

—Sí.

Ernesto respiró.

—Pero también...

Se detuvo.

Carlos dio un paso.

—También qué.

Ernesto miró hacia Elena.

Ella estaba pálida.

—Ernesto, no.

Él la observó.

—Tiene derecho.

—No así.

—Nunca hay una forma correcta.

Carlos levantó una mano.

—Basta.

Miró a Ernesto.

—Dime la verdad.

El músico sostuvo su mirada.

—Aquella noche tú también perdiste a—

El sonido de una cuerda de la guitarra vibró accidentalmente cuando sus dedos se movieron.

Todos se quedaron quietos.

Carlos abrió los ojos.

Elena parecía contener el aliento.

Ernesto miró la guitarra.

Después a Carlos.

—Tú también perdiste a—

Y justo antes de pronunciar el nombre que podía cambiar completamente el pasado de Carlos, Ernesto se detuvo.

Porque al otro lado del restaurante, junto a la entrada, alguien acababa de aparecer.

Ernesto lo vio.

Su rostro perdió todo color.

Carlos siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

Ernesto no respondió.

Elena giró.

También vio a la persona.

Su expresión se congeló.

Carlos miró a ambos.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Tomás, todavía cerca, observó hacia la entrada.

Sofía hizo lo mismo.

Una silueta permanecía de pie bajo el arco.

Un hombre mayor.

Cabello plateado.

Postura quieta.

Una pequeña funda oscura en la mano.

Carlos frunció el ceño.

—Elena.

Ella no pudo hablar.

—¿Quién es ese hombre?

Ernesto soltó lentamente la guitarra.

—No puede ser.

Carlos miró al desconocido.

—¿Lo conoces?

Ernesto no respondió.

La figura dio un paso dentro del restaurante.

Carlos volvió a mirarlo.

Algo en su rostro le resultó extrañamente familiar.

No sabía por qué.

Elena llevó una mano a la boca.

Carlos giró hacia ella.

—¿Quién es?

Ella negó.

—No.

—¿Quién?

El hombre de la entrada comenzó a caminar lentamente hacia ellos.

Ernesto apenas pudo pronunciar:

—Carlos...

—¿Qué?

—La persona que tú creías haber perdido hace cincuenta años...

Carlos abrió los ojos.

—¿Quién?

Ernesto miró al desconocido.

Después a Carlos.

Su voz se quebró.

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—Es el hombre que aquella noche—

Y la verdad volvió a quedar suspendida exactamente antes de revelar quién acababa de entrar.

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