Capítulo 1: La canción que nunca alcanzó a comenzar

La noche había caído sobre Guadalajara con una calma tibia.
Dentro de un elegante restaurante de Jalisco, las lámparas colgantes proyectaban una luz dorada sobre las mesas, las columnas de cantera y los pisos oscuros. A través de los grandes arcos se alcanzaba a ver un patio interior con plantas, macetas de barro y una pequeña fuente que apenas podía escucharse entre las conversaciones de los clientes.
Era una noche concurrida.
Meseros caminaban de un lado a otro llevando platos.
Desde otro rincón del restaurante llegaban unas notas suaves de guitarra.
Parejas conversaban.
Familias celebraban.
En una de las mesas centrales estaba sentado Carlos Mendoza junto a su esposa, Elena.
Tenían sesenta y nueve y sesenta y seis años.
Aquella noche no habían ido por una reunión de negocios.
Ni por una celebración grande.
Solo querían cenar juntos.
Sobre la mesa había un pequeño postre.
Nada llamativo.
Elena miró a Carlos.
—¿Te acuerdas?
Carlos sonrió.
—¿De qué?
Ella levantó una ceja.
—No te hagas.
Carlos tomó su mano.
—Claro que me acuerdo.
Elena sonrió.
—Cincuenta años.
Carlos observó sus dedos entrelazados.
—Cincuenta.
—Y todavía me debes una canción.
Carlos soltó una pequeña risa.
—Eso fue hace medio siglo.
—Las deudas no caducan.
—Depende de la deuda.
—Esa no.
Carlos iba a responder cuando alguien que caminaba cerca de su mesa escuchó la conversación.
Era Don Ernesto Vargas.
Tenía sesenta y siete años.
Su cabello plateado estaba peinado hacia atrás.
Un bigote gris cubría parte de su sonrisa.
Llevaba un elegante traje de charro verde esmeralda, con bordados discretos y bien cuidados.
En una mano sostenía un sombrero crema.
En la otra cargaba una guitarra antigua de madera color miel.
No era parte del espectáculo oficial del restaurante.
Había pasado por allí después de tocar en un evento cercano.
Entró porque conocía a uno de los músicos y pensaba saludarlo antes de volver a casa.
Pero cuando escuchó las palabras de Carlos, se detuvo.
Cincuenta años.
Miró a la pareja.
Después miró la guitarra.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Se acercó con respeto.
—Disculpen.
Carlos y Elena levantaron la mirada.
Ernesto inclinó ligeramente la cabeza.
—No pude evitar escuchar.
Carlos sonrió.
—No pasa nada.
Ernesto miró el pequeño postre.
—¿Aniversario?
Elena respondió:
—Cincuenta años.
Ernesto abrió los ojos.
—Eso sí merece celebrarse.
Carlos asintió.
—Ella piensa que también merece una canción.
Elena lo miró.
—No empieces.
Ernesto sonrió.
—Entonces quizá pueda ayudarlo.
Carlos frunció el ceño.
—¿Cómo?
Ernesto levantó suavemente la guitarra.
—Si me lo permiten, les regalo una.
Elena lo miró con sorpresa.
—¿De verdad?
—Claro.
—No queremos molestarlo.
—No es molestia.
Ernesto colocó su sombrero sobre una silla vacía.
Se acomodó la guitarra.
Carlos observó el instrumento.
Era viejo.
Tenía marcas pequeñas en la madera.
Arañazos.
Partes desgastadas.
Se notaba que había sido usado durante décadas.
Pero también se notaba que Ernesto lo cuidaba.
Elena miró a su esposo.
—Mira.
Carlos seguía observando la guitarra.
—Sí.
Por un segundo pareció distraído.
Como si algo de aquel instrumento le resultara familiar.
Pero antes de que pudiera decir nada, una voz firme apareció desde un costado.
—¡Oiga!
Todos giraron.
Era Tomás Rivera.
El gerente de piso.
Vestía un blazer color ciruela y una camisa verde salvia.
Se acercó rápidamente.
Miró a Ernesto.
Después a la guitarra.
Su expresión se volvió incómoda.
—¿Qué está haciendo?
Ernesto bajó ligeramente el instrumento.
—Nada malo.
—Le pregunté qué está haciendo.
—La pareja está celebrando cincuenta años.
Tomás miró a Carlos y Elena.
Después volvió hacia Ernesto.
—Ya tenemos músicos.
Ernesto asintió.
—Sí. Los conozco.
—Entonces entenderá que no puede tocar aquí.
—Solo quería regalarles una canción.
Tomás mantuvo la voz baja para no llamar demasiado la atención.
Pero algunos clientes ya estaban mirando.
—Este restaurante tiene una programación.
Ernesto asintió.
—Entiendo.
—No podemos permitir que cada persona que entra con un instrumento empiece a tocar.
Sofía, una joven mesera que estaba cerca, escuchó la conversación.
Se detuvo.
Ernesto respondió:
—No tenía intención de molestar.
Tomás señaló suavemente hacia la entrada.
—Entonces guarde su guitarra.
Elena frunció el ceño.
—Nosotros le dijimos que podía.
Tomás le dedicó una sonrisa profesional.
—Señora, entiendo, pero tenemos políticas.
Carlos observó a Tomás.
No dijo nada todavía.
Ernesto bajó la mirada.
—No pasa nada.
Tomó su sombrero.
—Disculpen la interrupción.
Elena negó.
—Usted no interrumpió nada.
—De verdad, señora.
Ernesto tomó la guitarra con cuidado.
Sofía dio un paso.
—Señor Tomás, solo iba a tocar una canción.
Tomás la miró.
—Sofía.
—Sí.
—No te metas.
Ella se quedó quieta.
Ernesto sonrió ligeramente hacia ella.
—Está bien.
—Pero...
—Está bien.
Sofía bajó la mirada.
Tomás se volvió hacia Ernesto.
—Gracias por comprender.
Ernesto asintió.
—Que tengan buena noche.
Se giró.
Dio un paso.
Luego otro.
Carlos siguió mirándolo.
Pero no estaba mirando el traje.
Ni el sombrero.
Ni siquiera a Ernesto.
Miraba la guitarra.
Una pequeña marca gastada cerca del puente.
Un adorno casi borrado.
Una forma particular en el borde.
Algo que parecía haber visto antes.
Mucho antes.
Carlos entrecerró los ojos.
Elena lo notó.
—¿Qué pasa?
Carlos no respondió.
Ernesto continuó caminando.
Tomás empezó a alejarse.
Entonces Carlos habló.
—Espere.
Ernesto se detuvo.
Tomás también.
Carlos se puso de pie.
Elena lo miró sorprendida.
—Carlos.
Él no la escuchó.
Caminó dos pasos.
—Espere, por favor.
Ernesto giró lentamente.
Tomás habló:
—Señor, disculpe la molestia.
Carlos ni siquiera lo miró.
—Déjelo tocar.
Tomás mantuvo la sonrisa.
—No está autorizado.
Carlos volvió la cabeza.
—Yo quiero escucharlo.
—Lo entiendo.
—Entonces déjelo.
—No puedo hacer excepciones.
Carlos lo observó durante varios segundos.
Tomás continuó:
—Yo soy responsable de esta sala.
Carlos asintió lentamente.
—Entiendo.
Tomás pareció satisfecho.
Pero Carlos volvió hacia Ernesto.
—Acérquese.
Ernesto dudó.
—No quiero causarle problemas.
—No me está causando ninguno.
Tomás respiró con impaciencia.
—Señor Mendoza...
Carlos levantó una mano.
—Un momento.
Tomás se quedó quieto.
Carlos caminó hasta Ernesto.
Ahora estaba lo bastante cerca para verlo claramente.
Ernesto sostuvo la guitarra frente al cuerpo.
—¿Nos conocemos?
Carlos no respondió.
Miró el rostro del músico.
Los ojos.
El bigote.
El cabello.
Después volvió a mirar la guitarra.
Su expresión cambió.
Ernesto lo notó.
—¿Señor?
Carlos señaló el instrumento.
—¿Cuánto tiempo lleva con esa guitarra?
Ernesto bajó la mirada.
—Muchos años.
—¿Cuántos?
—No sé exactamente.
—¿Más de cuarenta?
Ernesto lo miró con atención.
—Sí.
Carlos respiró lentamente.
—¿Siempre fue suya?
Ernesto tardó un segundo.
—Casi siempre.
Carlos levantó la vista.
—¿Casi?
—Era de alguien antes.
—¿De quién?
Ernesto guardó silencio.
Tomás miró de uno a otro.
—Señor, si desean continuar esta conversación...
Carlos volvió a levantar la mano.
Tomás se calló.
Ernesto observó a Carlos más atentamente.
La forma de su rostro.
Sus ojos.
Su voz.
Algo también comenzó a resultarle familiar.
—¿Cómo se llama usted?
Carlos respondió:
—Carlos.
Ernesto se quedó inmóvil.
—¿Carlos qué?
—Mendoza.
La guitarra pareció pesar de repente mucho más en las manos de Ernesto.
Sus dedos se tensaron sobre la madera.
—¿Carlos Mendoza?
Carlos asintió.
Ernesto abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Elena se levantó lentamente de la mesa.
Tomás frunció el ceño.
—¿Se conocen?
Ninguno respondió.
Carlos dio medio paso.
—Ernesto.
El músico dejó de respirar por un instante.
—¿Carlos?
La voz salió casi rota.
Elena abrió los ojos.
Carlos sonrió.
Pero no era una sonrisa de alegría completa.
Había sorpresa.
Confusión.
Y algo parecido a tristeza.
—Pensé que nunca volvería a verte.
Ernesto permaneció inmóvil.
—Yo pensé lo mismo.
Tomás miró a Sofía.
Sofía tampoco entendía nada.
Carlos volvió a mirar la guitarra.
—Todavía la tienes.
Ernesto bajó la vista hacia el instrumento.
—Sí.
Carlos tocó apenas con un dedo la madera gastada.
—No puede ser.
Ernesto respiró.
—Sí puede.
Elena dio un paso hacia ellos.
Ernesto levantó la mirada.
La vio.
El rostro se le vació de color.
—Elena.
Ella se detuvo.
—Ernesto.
Durante unos segundos, los tres permanecieron quietos.
Tomás parecía cada vez más incómodo.
—Disculpen, ¿qué está pasando?
Carlos no lo oyó.
Miró a Ernesto.
—Después de tantos años...
Ernesto respondió:
—Pensé que ustedes...
Se detuvo.
Carlos frunció el ceño.
—¿Que nosotros qué?
Ernesto miró a Elena.
Ella bajó ligeramente los ojos.
Carlos lo notó.
—Ernesto.
—No importa.
—Sí importa.
El músico agarró con más fuerza el mango de la guitarra.
—Después de aquella noche...
Carlos cambió de expresión.
—¿Qué sabes de aquella noche?
Ernesto lo miró.
—Lo suficiente.
—¿Lo suficiente?
—Carlos.
Elena habló:
—No aquí.
Ernesto giró.
—¿Por qué no?
Ella sostuvo su mirada.
—Porque no.
Tomás se acercó.
—Señores, quizá sería mejor...
Carlos giró por fin hacia él.
—Ahora sí quiero que nos deje solos.
Tomás se quedó quieto.
—Yo...
Sofía dio un paso hacia él.
—Señor Tomás.
Él la miró.
Ella negó suavemente.
Tomás guardó silencio.
Carlos volvió hacia Ernesto.
—Dime qué sabes.
Ernesto miró a Elena.
—¿Él no sabe?
Carlos frunció el ceño.
—¿Saber qué?
Elena cerró los ojos.
—Ernesto.
Él la miró.
—No me digas que nunca se lo contaste.
Carlos giró hacia su esposa.
—¿Contarme qué?
Elena no respondió.
El ambiente alrededor pareció cambiar.
Las conversaciones del restaurante continuaban.
Los cubiertos seguían sonando.
Pero para ellos tres, todo parecía haberse detenido.
Carlos miró a Ernesto.
—¿Qué está pasando?
Ernesto bajó la voz.
—Entonces... nunca te dijeron lo que pasó.
Carlos respiró.
—¿Qué cosa?
Ernesto sostuvo la guitarra.
—Aquella noche tú no perdiste solamente a la banda.
Carlos se quedó quieto.
Elena cerró los ojos.
Ernesto continuó:
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—Tú también—
Y la frase quedó suspendida en el aire.