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Capítulo 1: La Sirvienta Humillada en la Mansión y la Pulsera que Hizo Regresar un Pasado Enterrado

La mansión Hale brillaba bajo la luz anaranjada del atardecer.

El suelo de mármol reflejaba la gran escalera, los candelabros de cristal y las copas de los invitados reunidos para celebrar el aniversario de la familia.

En medio de aquel lujo, Elena Brooks permanecía de rodillas.

Llevaba un uniforme gris de empleada, un delantal blanco y el cabello castaño recogido en un moño bajo. Limpiaba el suelo mientras intentaba ignorar las miradas de quienes la trataban como si fuera invisible.

Vivian Hale se acercó con una copa de champán.

Vestía una blusa de seda blanca y pantalones color crema. Sin apartar los ojos de Elena, inclinó lentamente la copa.

El líquido cayó sobre el mármol recién limpiado.

—Límpialo otra vez —ordenó—. Para eso te pagan.

Elena apretó los labios.

No respondió.

Necesitaba aquel trabajo para pagar el tratamiento de la mujer que la había criado y no podía arriesgarse a perderlo.

Cuando intentó levantarse para buscar otro paño, Vivian colocó el tacón sobre la tela.

—No mires a los invitados. Sigue limpiando.

Varias personas observaron la escena.

Nadie intervino.

Entonces las enormes puertas de madera se abrieron.

Adrian Carter entró con una maleta en una mano. Vestía un traje negro impecable y guantes de cuero.

Había regresado después de varios años viviendo en Europa.

Avanzó unos pasos.

Luego se detuvo.

—¿Elena…?

La joven levantó lentamente la mirada.

No conocía a aquel hombre.

Pero Adrian parecía haber visto un fantasma.

Vivian se acercó sonriendo.

—No le prestes atención. Solo es la nueva sirvienta.

Elena se puso de pie con dignidad.

Al hacerlo, la manga de su uniforme se deslizó y dejó al descubierto una delicada pulsera de plata.

Adrian perdió el color del rostro.

Se acercó lentamente.

—¿Quién te dio esa pulsera?

Elena la cubrió con la mano.

—Fue lo único que me dejó mi madre.

Adrian sintió que los dedos le temblaban.

Aquella joya había pertenecido a su hermana Amelia, desaparecida veintiocho años atrás.

Y la última vez que la vio, ella llevaba esa misma pulsera mientras sostenía a una bebé recién nacida.

Adrian miró nuevamente a Elena.

Los ojos.

El cabello.

La pequeña cicatriz junto a la ceja.

Todo coincidía.

—Eso… es imposible —susurró.

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Vivian dejó de sonreír.

Porque ella sí sabía por qué aquella pulsera había regresado a la mansión.

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