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CAPÍTULO 2: EL CRISTAL QUE SE ROMPIÓ… Y TAMBIÉN LAS MENTIRAS

El hombre del traje negro no apartó la mirada de la novia.

Durante apenas un segundo intentó comprender lo que acababa de escuchar.

Miró al niño.

Miró la llave.

Miró nuevamente a la novia.

Entonces entendió que no había tiempo para hacer preguntas.

Solo había una prioridad.

Salvar al niño.

Se colocó frente a la puerta de cristal.

La empleada retrocedió sujetando al pequeño por los hombros.

—No te acerques… va a romperse.

El hombre respiró profundamente.

Retrocedió medio paso.

Flexionó ligeramente las piernas.

Y lanzó todo el peso de su cuerpo hacia adelante.

Su codo impactó violentamente contra el cristal.

¡CRASH!

Miles de fragmentos salieron despedidos por el aire.

Los invitados gritaron.

Algunas mujeres se cubrieron el rostro.

Los trozos de vidrio cayeron sobre el suelo de mármol como una lluvia brillante.

Sin perder un segundo, el hombre apartó con las manos los fragmentos más peligrosos.

Ni siquiera pareció sentir las pequeñas heridas que el vidrio dejó en sus brazos.

Solo abrió espacio suficiente.

—Ven… ahora.

El niño salió corriendo.

En cuanto cruzó la abertura, cayó directamente en los brazos de la empleada.

Ella se arrodilló inmediatamente.

Lo abrazó con todas sus fuerzas.

Una mano protegía la cabeza del pequeño.

La otra acariciaba lentamente su espalda mientras él lloraba desconsoladamente.

—Ya pasó…

—Ya estás a salvo…

—Nadie volverá a hacerte daño.

El niño no podía dejar de temblar.

Seguía mirando a la novia desde detrás del hombro de la empleada.

Como si todavía tuviera miedo de que todo volviera a repetirse.

Mientras tanto…

el hombre ya había comenzado a caminar.

Despacio.

Muy despacio.

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Hacia el salón.

Y cada uno de sus pasos hacía que el silencio fuera todavía más pesado.

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