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CAPÍTULO 1: EL NIÑO QUE GOLPEABA EL CRISTAL MIENTRAS TODOS CELEBRABAN

La música llenaba el gran salón de bodas de la villa.

Las copas chocaban unas contra otras mientras los invitados brindaban por los recién casados. Las luces cálidas iluminaban el mármol brillante del vestíbulo y los enormes arreglos florales parecían convertir aquella noche en un cuento perfecto.

Pero a pocos metros de allí…

detrás de una enorme puerta de cristal…

un niño lloraba desesperadamente.

Llevaba un pequeño esmoquin negro que apenas podía ocultar cómo todo su cuerpo temblaba.

Sus manos golpeaban el cristal una y otra vez.

—¡Ayuda…! ¡Por favor!

Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras apoyaba la frente contra la puerta.

Desde el interior podía ver a decenas de adultos.

Todos reían.

Todos celebraban.

Pero nadie parecía escuchar sus gritos.

El niño volvió la cabeza buscando otra salida.

No había ninguna.

Estaba completamente encerrado.

Del otro lado del pasillo, una joven empleada del servicio salió corriendo después de escuchar los golpes.

Su uniforme blanco y negro contrastaba con la elegancia del lugar.

Detrás de ella apareció un hombre vestido con un impecable esmoquin negro.

Ambos corrieron hacia el niño.

La empleada levantó inmediatamente la mano.

—¡Por favor, aléjate del cristal! —gritó con desesperación.

El pequeño obedeció apenas un paso, todavía llorando sin entender por qué nadie abría aquella puerta.

Entonces ocurrió algo inesperado.

El niño levantó el brazo.

Se giró hacia el salón.

Y señaló directamente a la novia.

Todo el salón quedó en silencio.

Con la voz rota por el llanto, gritó:

—¡Fue ella…! ¡Ella me encerró aquí!

Las conversaciones murieron en un instante.

Las copas dejaron de sonar.

La música parecía haberse detenido.

Todas las miradas se dirigieron hacia la mujer vestida de blanco.

La novia permanecía inmóvil.

Su respiración se aceleró.

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En su mano derecha sostenía una pequeña llave dorada.

Y nadie sabía cómo había llegado hasta allí.

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