Capítulo 2: “Ya es hora”

Los sonidos de la fiesta continuaban a pocos metros.
La fuente.
Las conversaciones.
El tintineo de una copa.
Pero alrededor de Elena, Tomás y Alejandro se había formado un silencio extraño.
Inés permanecía cerca, abrazada a la pierna de su padre.
Alejandro volvió a mirar la fotografía.
—Quiero verla.
Elena la apartó inmediatamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tiene importancia.
Tomás negó lentamente.
—La tuvo durante muchos años.
Elena lo miró con dureza.
—Tú no tienes derecho.
—Probablemente no.
—Entonces cállate.
Tomás permaneció en silencio.
Alejandro observó a su madre.
—Nunca te había oído hablarle así a nadie.
Elena bajó ligeramente la voz.
—Alejandro, entra en casa.
—No.
—Por favor.
—No hasta que me expliques quién es.
Elena miró a Tomás.
—Es el jardinero.
Tomás sonrió con tristeza.
—Ahora sí.
Alejandro se quedó quieto.
—¿Ahora?
Elena cerró los ojos.
Tomás comenzó a quitarse lentamente los guantes de trabajo.
Primero uno.
Después el otro.
Los dejó sobre una pequeña mesa de piedra.
—Ya es hora.
Elena levantó la cabeza.
Por primera vez, Alejandro vio verdadero miedo en los ojos de su madre.
—Tomás, no.
Alejandro miró de uno a otro.
—¿Hora de qué?
Tomás no apartó la mirada de Elena.
—De dejar de fingir que nunca pasó.
—Te pedí una cosa —dijo ella.
—Y la cumplí.
—Entonces sigue cumpliéndola.
—Han pasado casi cuarenta años.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Cuarenta años?
Elena reaccionó.
—No le escuches.
Alejandro soltó una risa incrédula.
—¿Cómo quieres que no le escuche?
Tomás miró a Alejandro.
Por un segundo pareció emocionarse.
Después apartó los ojos.
Alejandro lo notó.
—¿Por qué me mira así?
Tomás no respondió.
—¿Nos habíamos visto antes?
—No.
—Entonces ¿por qué parece conocerme?
Elena se adelantó.
—Basta.
Alejandro levantó una mano.
—No, mamá. Tú no decides cuándo basta.
La frase la dejó inmóvil.
Alejandro señaló la fotografía.
—¿Cuándo fue tomada?
—Hace mucho.
—Eso ya lo sé.
—Alejandro...
—¿Quién está contigo?
Elena no respondió.
Tomás bajó la cabeza.
Alejandro lo miró.
—¿Es usted?
Tomás sostuvo su mirada, pero no contestó.
Elena intervino rápidamente.
—Esa fotografía no demuestra nada.
—¿Nada de qué?
Silencio.
Alejandro respiró profundamente.
—¿Teníais una relación?
Elena palideció.
Tomás apretó la mandíbula.
—Alejandro —dijo Elena—, no preguntes cosas que no necesitas saber.
—Creo que decidiré yo qué necesito saber.
Tomás miró a Elena.
—Se parece a ti.
Ella cerró los ojos.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—No, repítalo.
Tomás no lo hizo.
Inés tiró suavemente de la manga de Alejandro.
—Papá.
Él bajó la mirada.
—¿Sí?
—¿El señor Tomás conocía a la abuela cuando era joven?
Alejandro no supo qué responder.
Tomás se agachó ligeramente para quedar a la altura de la niña.
—Sí.
Elena se giró.
—Tomás.
Él continuó:
—La conocí hace muchos años.
Inés sonrió.
—¿Erais amigos?
Tomás levantó lentamente los ojos hacia Elena.
—Algo así.
Elena apretó la fotografía.
Alejandro vio que sus manos temblaban.
—Mamá.
Ella intentó esconderlo.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Tomás respiró.
—Ella siempre hacía eso.
Alejandro giró.
—¿El qué?
—Decir que estaba bien cuando no lo estaba.
Elena lo miró.
—No tienes derecho a hablar de mí como si me conocieras.
Tomás respondió en voz baja:
—Te conocía.
El silencio volvió.
Alejandro tragó saliva.
—¿Qué ocurrió entre vosotros?
Elena negó.
—Nada.
Tomás respondió casi al mismo tiempo:
—Mucho.
Los dos se miraron.
Alejandro sintió cómo algo dentro de él cambiaba.
—¿Por qué desapareció de su vida?
Tomás no respondió.
Elena se puso rígida.
—No desapareció.
Tomás soltó una pequeña risa amarga.
—No por decisión propia.
Alejandro miró inmediatamente a su madre.
—¿Qué quiere decir?
—No hagas caso.
—Mamá...
Tomás continuó:
—Yo me fui porque ella me lo pidió.
Elena cerró los ojos.
Alejandro dejó de respirar un instante.
—¿Tú le pediste que se fuera?
—Alejandro...
—¿Por qué?
Nada.
—¿Qué había pasado?
Elena no podía responder.
Tomás dio un pequeño paso.
—No hace falta contarle todo.
—Entonces no cuentes nada —respondió ella.
—Ya ha empezado.
Alejandro miró a Tomás.
—¿Por qué accedió?
Tomás tardó unos segundos.
—Porque pensé que era lo mejor.
—¿Para quién?
El hombre mayor miró directamente a Elena.
—Para ella.
Alejandro siguió aquella mirada.
Había algo allí.
No simple resentimiento.
No simple nostalgia.
Algo mucho más profundo.
—¿Y para mí?
Elena levantó bruscamente la cabeza.
Tomás quedó completamente inmóvil.
Alejandro lo notó.
—¿Por qué ha reaccionado así?
—No he reaccionado.
—Sí.
Tomás apartó los ojos.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿Esto tiene que ver conmigo?
Elena respondió inmediatamente:
—No.
Tomás no dijo nada.
Ese silencio fue peor.
Alejandro miró a su madre.
—¿Por qué él no dice lo mismo?
—Porque está intentando hacer daño.
Tomás negó.
—Nunca quise hacerte daño.
—Entonces vete.
—Ya lo hice una vez.
Elena se quedó inmóvil.
Tomás continuó:
—Y eso no arregló nada.
Alejandro dio un paso hacia él.
—¿Qué ocurrió antes de que yo naciera?
Elena palideció.
Inés miró a los adultos sin comprender.
Tomás respiró profundamente.
—Eso es exactamente lo que tu madre no quiere que sepas.
—Tomás —advirtió Elena.
—No puedo seguir trabajando a pocos metros de él como si no supiera nada.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Trabajando aquí cuánto tiempo?
—Tres meses.
—¿Y sabía quién era yo?
Tomás asintió lentamente.
Alejandro miró a Elena.
—¿Tú sabías que estaba aquí?
Ella negó.
—No.
Tomás confirmó:
—No lo sabía.
—Entonces ¿por qué aceptó trabajar en nuestra casa?
Tomás miró el jardín.
—No sabía que era vuestra hasta que llegué.
—¿Y no se fue?
—Pensé en hacerlo.
—¿Por qué no?
Tomás observó a Inés.
Después a Alejandro.
—Porque quería verte una vez.
Elena cerró los ojos.
Alejandro sintió frío.
—¿Por qué?
Tomás no pudo responder inmediatamente.
—Dígamelo.
Elena avanzó.
—No.
Tomás levantó la mano.
—Elena.
—Te lo prohíbo.
—Ya no puedes prohibirme nada.
Aquella frase rompió lo último que quedaba de la calma.
Alejandro miró a su madre.
—¿Qué derecho tenías sobre él?
Elena guardó silencio.
Tomás se acercó un paso.
—Alejandro.
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
Tomás parecía estar reuniendo fuerzas para decir algo que llevaba décadas guardado.
—Hay cosas que tu madre hizo pensando que te protegía.
Elena negó.
—No.
—Y otras que hizo porque tenía miedo.
—Cállate.
Alejandro preguntó:
—¿Miedo de quién?
Tomás miró la fotografía.
—De lo que podía pasar si alguien descubría la verdad.
—¿Qué verdad?
Elena comenzó a caminar hacia ellos.
—Tomás, basta.
Él la ignoró.
Miró directamente a Alejandro.
—Ya es hora de que sepas por qué tu madre me pidió que desapareciera antes de que tú...
—¡Tomás!
La voz de Elena cortó el aire.
Alejandro quedó paralizado.
La fotografía temblaba entre los dedos de su madre.
Tomás no terminó la frase.
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Y Alejandro comprendió que la pregunta ya no era simplemente quién era aquel jardinero.
La verdadera pregunta era qué había ocurrido antes de su nacimiento para que su propia madre llevara casi cuarenta años intentando mantener a Tomás Mendoza fuera de su vida.