Capítulo 1: El hombre de la fotografía

La tarde caía lentamente sobre una elegante finca a las afueras de Madrid.
En el jardín, varios invitados conversaban junto a la fuente mientras las copas brillaban bajo la luz dorada del atardecer. Todo parecía tranquilo: camareros caminando entre las mesas, risas discretas, música suave y el sonido constante del agua.
Dentro de la casa, Inés Valcárcel, de seis años, se había alejado unos minutos de los adultos.
Buscaba unos lápices en el despacho de su abuela Elena cuando vio que uno de los cajones estaba ligeramente abierto.
Lo empujó con curiosidad.
Dentro había papeles viejos, una pequeña caja y, debajo de todo, una fotografía envejecida.
Inés la tomó.
En la imagen aparecía su abuela mucho más joven.
Sonreía junto a un hombre.
El rostro de él no se veía del todo bien, pero algo llamó la atención de la niña: el cabello, la barba, la forma de mirar hacia la cámara.
Inés frunció el ceño.
Había visto a alguien parecido apenas unos minutos antes.
Corrió hacia las grandes puertas de cristal que daban al jardín.
Allí, cerca de unos arbustos, un hombre mayor trabajaba tranquilamente con unas tijeras de jardinería.
Era Tomás Mendoza.
Inés volvió a mirar la fotografía.
Luego a Tomás.
Otra vez la fotografía.
—¿Abuela...? —murmuró.
Sin pensarlo más, salió corriendo.
Alejandro, su padre, la vio atravesar la terraza con la fotografía en la mano.
—¡Inés! ¿Adónde vas?
La niña no se detuvo.
—¡Papá! ¡Es él!
Alejandro la siguió.
—¿Quién?
Inés señaló al jardinero.
—¡El hombre de la foto de la abuela!
Tomás oyó la frase.
Las tijeras dejaron de moverse.
Miró primero a la niña.
Después a la fotografía.
Su expresión cambió lentamente.
—¿Dónde encontraste eso?
Inés levantó la foto.
—En el cajón de la abuela.
Tomás dejó caer los brazos a los costados.
Parecía haber envejecido diez años en un segundo.
Alejandro se acercó.
—¿Conoce esa fotografía?
Tomás no respondió.
Entonces una voz femenina llegó desde la terraza.
—¡Inés!
Era Elena.
Caminó hacia ellos con rapidez, visiblemente molesta porque su nieta hubiera tomado algo de su despacho.
Pero cuando vio a Tomás...
se detuvo.
Completamente.
El color desapareció de su rostro.
Tomás la miró directamente.
No sonrió.
Tampoco parecía enfadado.
Solo cansado.
—Hola, Elena.
Ella apenas pudo pronunciar:
—Tomás...
Alejandro miró a uno y otro.
—¿Os conocéis?
Elena reaccionó de inmediato.
Tomó la fotografía de las manos de Inés.
—Cariño, vuelve con los invitados.
—Pero, abuela...
—Ahora, por favor.
Alejandro se interpuso suavemente.
—Mamá.
Elena evitó su mirada.
—No es nada.
Tomás soltó una pequeña respiración.
—No digas eso.
Elena levantó los ojos.
—¿Por qué estás aquí?
Tomás señaló su ropa de trabajo.
—Trabajo aquí.
—Sabes que no me refiero a eso.
Alejandro frunció el ceño.
Hasta aquel momento jamás había visto a su madre perder así la compostura.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Elena apretó la fotografía entre los dedos.
—Nada que debas saber.
Tomás bajó la mirada.
—Eso también dijiste entonces.
Elena se tensó.
Alejandro lo oyó.
—¿Entonces?
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Nadie respondió.
Y por primera vez, Alejandro empezó a sospechar que aquel jardinero no era un desconocido.