CAPÍTULO 3: La Luz En La Oscuridad

La tormenta continuó durante gran parte de la noche.
Elena ya no sabía cuánto tiempo había pasado.
Podían haber sido horas.
O días.
Su cuerpo estaba agotado.
Sus manos sangraban por aferrarse a la madera rota de la balsa.
Y el frío amenazaba con vencerla.
Entonces ocurrió algo.
Algo tan pequeño que al principio pensó que lo había imaginado.
Una luz.
Lejana.
Débil.
Parpadeando entre la lluvia.
Elena levantó lentamente la cabeza.
Entrecerró los ojos.
La luz apareció otra vez.
Y luego otra.
No era un relámpago.
No era una ilusión.
Era real.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
La esperanza regresó de golpe.
A lo lejos, entre las olas gigantes y la oscuridad, una embarcación avanzaba lentamente.
Un barco de rescate.
Las luces blancas atravesaban la tormenta.
Elena comenzó a llorar.
Lloró como nunca antes.
No de tristeza.
No de miedo.
Sino de alivio.
Levantó un brazo tembloroso mientras seguía abrazando a su hijo con el otro.
Y gritó con toda la fuerza que le quedaba.
—¡Aquí! ¡Aquí estamos!
La luz pareció acercarse.
Un poco más.
Y otro poco más.
Elena siguió gritando.
Siguió agitando la mano.
Porque por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, podía imaginar un futuro.
Un hogar.
Un amanecer.
Una vida para su hijo.
Y mientras las luces atravesaban la tormenta y se acercaban cada vez más, Elena comprendió algo:
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El amor de una madre puede resistir incluso cuando todo lo demás está a punto de rendirse.
Porque aquella noche, en medio del océano más oscuro, la esperanza había encontrado el camino de regreso.