Capítulo 3: La Casa Donde el Amor Volvió a Vivir

Tres meses después, la mansión Santillán ya no se sentía como un museo frío.
Se sentía como un hogar.
Había risas en los pasillos.
Dibujos pegados en la nevera.
Muñecas en los sofás.
Cuentos abiertos en las alfombras.
Y decoraciones navideñas todavía colgadas, porque las niñas habían decidido que la Navidad debía durar todo el año.
Alejandro aceptó sin discutir.
Rosa volvió a la casa, esta vez como jefa de niñeras.
La chef preparaba comidas abundantes y siempre dejaba postres extras.
Alejandro canceló casi todos sus viajes innecesarios.
Porque finalmente entendió que no todo se puede comprar.
El tiempo no vuelve.
La infancia no espera.
Y el amor de un hijo puede romperse en silencio si nadie lo cuida.
Jimena intentó demandarlo.
Falló.
Los recibos, el contrato del internado, los testimonios del personal y las cámaras de seguridad fueron suficientes. Alejandro obtuvo protección legal completa para sus hijas y cerró para siempre la puerta que Jimena había abierto con su crueldad.
Una mañana nevada, las niñas entraron al despacho de Alejandro.
Llevaban una tarjeta hecha a mano.
—Es para ti, papi —dijo Valeria.
Alejandro la abrió.
Dentro había cuatro dibujos.
Uno de cada hija.
Debajo, con letras torcidas, habían escrito:
No necesitamos regalos.
No necesitamos juguetes.
No necesitamos diamantes.
Solo necesitamos a papá.
Alejandro se quedó en silencio.
Luego sus ojos se llenaron de lágrimas.
Lágrimas reales.
De culpa.
De alivio.
De amor.
Abrazó a sus cuatro hijas con fuerza.
—Nunca volverán a estar solas —susurró.
Camila levantó la mirada.
—¿Lo prometes?
Alejandro besó su frente.
—Lo prometo.
Afuera, la nieve caía suavemente sobre la finca Santillán.
Dentro, cinco corazones comenzaban a sanar.
Y por primera vez desde la muerte de la madre de las niñas, aquella mansión volvió a sentirse viva.
No por el dinero.
No por el lujo.
No por los apellidos.
Sino porque el amor había regresado.
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Y esa vez…
nadie volvería a arrebatárselo.