Capítulo 2: La Fiesta Donde Todas las Mentiras Salieron a la Luz

Abajo, la fiesta seguía.
Los invitados reían, bebían champán y felicitaban a Jimena por su elegancia. Ella sonreía como una reina, rodeada de mujeres con vestidos brillantes y hombres que admiraban su vida perfecta.
Nadie notó que Alejandro bajaba por la escalera.
Hasta que apagó la música.
El silencio cayó de golpe.
Todas las cabezas se giraron.
Jimena abrió los ojos con sorpresa y luego forzó una sonrisa.
—Alejandro, cariño… ¡has vuelto!
Él caminó hasta el centro del salón.
En una mano llevaba los recibos.
En otra, el contrato del internado.
Y contra su pecho sostenía la muñeca favorita de Regina.
La sonrisa de Jimena desapareció.
—¿Qué es esto? —preguntó Alejandro.
Ella tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
Nadie se movió.
Los invitados entendieron que algo terrible estaba a punto de pasar.
Jimena intentó reír.
—Estás exagerando.
Alejandro levantó la muñeca.
—Vendiste los juguetes de mis hijas.
Silencio.
Levantó los recibos.
—Gastaste más de cuatrocientos mil dólares en ti.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Luego levantó el contrato.
—Y planeabas enviar a mis cuatro hijas a Suiza sin mi permiso.
El rostro de Jimena perdió todo color.
—No fue así…
—Entonces explica cómo fue.
Ella miró alrededor.
Por primera vez, nadie la defendía.
Y entonces perdió el control.
—¡Ellas lo arruinaban todo! —gritó.
Un jadeo recorrió el salón.
Jimena señaló hacia el pasillo.
—Siempre necesitaban atención. Siempre estaban primero. ¡Yo era tu esposa!
Alejandro la miró con una frialdad que hizo retroceder a varios invitados.
—Tienen cinco años.
—¡Estaban destruyendo nuestro futuro!
Alejandro respondió en voz baja:
—No. Tú lo estabas destruyendo.
Se giró hacia seguridad.
—Sáquenla.
Jimena abrió los ojos.
—¡No puedes hacerme esto!
Los guardias avanzaron.
Ella gritó, lloró, amenazó con abogados, con escándalos, con destruir su reputación.
Pero nadie la escuchó.
Cuando la llevaban hacia la puerta, cuatro vocecitas sonaron desde la escalera.
—¿Papi?
Alejandro se giró.
Las cuatrillizas estaban allí, envueltas en mantas, asustadas, tomadas de la mano.
Alejandro cruzó el salón sin mirar a nadie más.
Se arrodilló.
Abrió los brazos.
Y las cuatro corrieron hacia él.
Los invitados quedaron en silencio.
Algunos lloraban.
Porque todos entendieron algo en ese momento.
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El hombre más rico de la sala no era Alejandro Santillán por su fortuna.
Era el padre que acababa de recuperar a sus hijas.