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CAPÍTULO 2: EL COLLAR OLVIDADO Y LA FOTO ESCONDIDA

Las primeras semanas pasaron más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Lena comenzó trabajando en tareas sencillas dentro de la mansión Hale.

Ayudaba en la biblioteca.

Organizaba documentos.

Atendía algunos asuntos administrativos.

Y, cuando terminaba sus responsabilidades, corría inmediatamente a buscar a Amelia.

La pequeña parecía florecer cada día.

Por primera vez en mucho tiempo tenía una habitación propia.

Una cama cálida.

Ropa nueva.

Comida suficiente.

Y, sobre todo, seguridad.

Edward observaba aquellos cambios en silencio.

Algo en aquellas dos hermanas despertaba emociones que creía enterradas desde hacía décadas.

Cada vez que veía a Lena sonreír, recordaba a Elena.

Cada vez que escuchaba reír a Amelia, sentía una extraña paz dentro de la enorme mansión.

Sin embargo, había algo que no dejaba de inquietarlo.

La semejanza.

No era únicamente física.

Era la forma de hablar.

La forma de caminar.

Incluso la manera en que Lena inclinaba la cabeza cuando estaba concentrada.

Exactamente igual que Elena.

Una tarde, mientras Lena ayudaba a ordenar una vieja sala de almacenamiento, ocurrió algo inesperado.

Estaba limpiando una antigua vitrina cuando un pequeño estuche cayó desde un estante superior.

El impacto hizo que la tapa se abriera.

Dentro había un viejo retrato familiar.

Lena lo recogió con cuidado.

Y entonces sintió que el corazón se detenía.

La mujer de la fotografía se parecía muchísimo a ella.

Era imposible ignorarlo.

Los mismos ojos.

La misma sonrisa.

Las mismas facciones.

—¿Quién es ella? —preguntó cuando Edward entró en la habitación.

El hombre miró la fotografía.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Mi hermana.

Lena volvió a mirar la imagen.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—Se parece a mí.

Edward no respondió.

Porque estaba pensando exactamente lo mismo.

Aquella noche ninguno de los dos pudo dormir.

Y al día siguiente sucedió algo aún más extraño.

Amelia estaba jugando en los jardines cuando encontró un colgante escondido entre las cosas viejas de Lena.

—Mira qué bonito.

La niña corrió hacia Edward.

El hombre tomó el colgante.

Y sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Era un pequeño medallón de plata.

Antiguo.

Desgastado.

Pero inconfundible.

Porque él mismo había ayudado a elegir aquel colgante treinta años atrás.

Era un regalo para Elena.

Un regalo que mandó grabar especialmente.

Con manos temblorosas lo abrió.

Dentro seguía la inscripción.

"Siempre juntos.
Edward y Elena."

El mundo pareció detenerse.

—¿Dónde encontraste esto?

Amelia señaló una caja de cartón.

—Entre las cosas de mi hermana.

Edward permaneció inmóvil.

Aquello era imposible.

Absolutamente imposible.

Esa noche llamó a Lena a la biblioteca.

Colocó el medallón sobre la mesa.

La joven palideció inmediatamente.

—¿Dónde lo conseguiste?

—Era de mi madre.

Edward sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

—¿Tu madre se llamaba Elena?

Lena tragó saliva.

—Sí.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque nunca pensé que significara algo.

Edward cerró los ojos.

Durante años había buscado respuestas.

Y ahora todas parecían estar frente a él.

—Háblame de tu madre.

Lena bajó la mirada.

—Murió cuando yo tenía diecisiete años.

La voz se le quebró.

—Trabajó toda su vida para mantenernos.

Nunca hablaba de su pasado.

Nunca hablaba de su familia.

Solo repetía una frase.

Edward sintió un nudo en la garganta.

—¿Cuál?

Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Lena.

—Decía que algún día encontraríamos el camino de regreso a casa.

Las palabras golpearon a Edward como una ola.

Porque Elena decía exactamente lo mismo cuando eran niños.

Exactamente la misma frase.

Las mismas palabras.

El mismo sueño.

Por primera vez en veinte años, Edward sintió esperanza.

Y también miedo.

Porque si Lena era realmente hija de Elena...

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Entonces alguien había destruido su familia.

Y estaba a punto de descubrir quién había sido.

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