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CAPÍTULO 1: LA CHICA QUE LLEGÓ BAJO LA LLUVIA

La lluvia caía con fuerza sobre la enorme mansión Hale aquella tarde.

Los relámpagos iluminaban brevemente los jardines perfectamente cuidados mientras el viento golpeaba los ventanales como si quisiera entrar.

Edward Hale observaba el temporal desde su despacho.

A sus cincuenta y ocho años, era uno de los empresarios más ricos del país.

Poseía hoteles.

Empresas tecnológicas.

Inversiones internacionales.

Una fortuna capaz de comprar casi cualquier cosa.

Excepto aquello que más deseaba.

Una familia.

La mansión era inmensa.

Demasiado grande para un hombre que vivía solo.

Demasiado silenciosa para alguien que había pasado toda su vida rodeado de personas.

A veces, en las noches más largas, sentía que el eco de sus propios pasos era el único sonido que existía.

Su esposa había muerto años atrás.

Nunca tuvieron hijos.

Y la única persona que había amado como a una hermana desapareció décadas atrás.

Elena.

Su verdadera hermana.

La niña que solía correr con él por los campos detrás de la antigua casa familiar.

La muchacha que lo defendía cuando otros niños se burlaban de él.

La única persona capaz de hacerlo reír cuando su padre se convertía en un hombre imposible de complacer.

Pero Elena desapareció.

Y durante años Edward creyó que ella simplemente había decidido olvidarlo.

Por eso aquella tarde no esperaba que el destino golpeara su puerta.

Literalmente.

Tres golpes.

Suaves.

Inseguros.

El mayordomo abrió.

Y encontró a una joven completamente empapada por la lluvia.

Parecía tener unos veintitrés años.

Su abrigo estaba viejo.

Sus zapatos desgastados.

Sus manos temblaban por el frío.

Y a su lado había una pequeña niña aferrada a una mochila rosa.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó el mayordomo.

La joven tragó saliva.

—Busco trabajo.

El hombre dudó.

Aquella no era una agencia de empleo.

Era una mansión privada.

Pero algo en los ojos de la muchacha lo hizo vacilar.

—Espere aquí.

Minutos después, Edward apareció.

Su mirada recorrió a las dos visitantes.

La joven parecía agotada.

La niña parecía hambrienta.

Y, por alguna razón que no logró explicar, algo dentro de él se estremeció.

—¿Cuál es tu nombre?

—Lena.

—¿Y ella?

La pequeña levantó la mano tímidamente.

—Amelia.

Edward sonrió apenas.

—¿Qué clase de trabajo buscas?

Lena bajó la mirada.

—Cualquiera.

La respuesta fue tan honesta que desarmó todas las sospechas.

—¿Por qué?

La joven vaciló.

Luego respondió:

—Porque mi hermana necesita comer.

El silencio llenó el vestíbulo.

Edward observó a Amelia.

La niña intentaba ocultar el hambre detrás de una sonrisa educada.

Aquello le recordó algo.

O mejor dicho...

A alguien.

Elena.

La misma mirada.

La misma forma de proteger a los demás incluso cuando ella misma estaba sufriendo.

Y por primera vez en muchos años, sintió curiosidad.

Una curiosidad que terminaría cambiando sus vidas para siempre.

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Sin saberlo, la joven que acababa de llegar bajo la lluvia estaba a punto de abrir una puerta que llevaba más de veinte años cerrada.

Y detrás de esa puerta se escondía una verdad capaz de destruir todas las mentiras del pasado.

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