Capítulo 1: La niña que recordaba a una mujer que supuestamente había muerto

La tormenta había convertido Madrid en una ciudad de sombras.
La lluvia golpeaba con fuerza los altos ventanales del quinto piso del antiguo Hotel Imperial, mientras los relámpagos iluminaban por instantes el largo corredor cubierto de una alfombra oscura.
Elena Navarro caminaba deprisa.
Su abrigo de lana color burdeos estaba húmedo en los hombros y sus botas golpeaban suavemente la alfombra mientras avanzaba hacia el fondo del pasillo.
Detrás de ella caminaba Mateo Ruiz.
No decía una palabra.
Aquello era precisamente lo que más inquietaba a Elena.
Mateo siempre había sido reservado, pero aquella noche parecía diferente.
Demasiado tenso.
Demasiado atento a cada puerta.
Como si conociera aquel hotel mucho mejor de lo que había admitido.
Entre ellos caminaba Sofía Vidal, una niña de ocho años con un jersey amarillo mostaza y una pequeña falda azul marino.
Hasta ese momento había permanecido callada.
Pero cuando llegaron frente a una puerta de madera oscura, Sofía se detuvo.
Elena dio dos pasos más antes de darse cuenta.
—Sofía.
La niña no respondió.
Miraba fijamente una pequeña placa de latón.
Elena regresó junto a ella.
—¿Por qué te has detenido?
Sofía levantó lentamente una mano y señaló la puerta.
—Mi mamá estaba aquí.
Elena sintió que se le helaba el cuerpo.
Miró a Mateo.
Él había dejado de caminar.
—Sofía… —dijo Elena con cuidado—. Tu madre murió hace seis años.
La niña negó con la cabeza.
—No.
—Cariño, yo sé que es difícil…
—No murió aquí.
Elena se quedó callada.
Sofía levantó los ojos hacia Mateo.
—Eso es lo que él te dijo.
El silencio que siguió fue más fuerte que el trueno que retumbó detrás de las ventanas.
Elena giró lentamente hacia Mateo.
—¿Qué acaba de decir?
Mateo no respondió.
—Mateo.
—Elena, no es el momento.
—¿No es el momento para qué?
—Para hablar de esto.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Qué significa que “eso es lo que él me dijo”?
Mateo apretó la mandíbula.
—La niña está confundida.
Sofía negó inmediatamente.
—No estoy confundida.
Elena se agachó frente a ella.
—¿Has estado alguna vez aquí?
Sofía miró la puerta.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando mamá me escondió.
Elena sintió un escalofrío.
—¿De quién?
Sofía abrió la boca.
Pero no contestó.
En ese momento apareció el gerente del hotel.
Era un hombre delgado, de cabello gris y gafas de montura dorada.
Llevaba un traje azul marino y una corbata burdeos.
Al verlos frente a la habitación 517, se detuvo en seco.
Su mirada pasó de Elena a Mateo.
Después a Sofía.
—¿Qué hacen aquí?
Elena se incorporó.
—Quiero abrir esta habitación.
El gerente palideció.
—Eso no es posible.
—¿Por qué?
—La habitación está cerrada.
—Eso ya lo sé.
El hombre tragó saliva.
—Lleva años sin utilizarse.
Elena miró la puerta.
—Entonces, ¿por qué está usted tan nervioso?
—No estoy nervioso.
Mateo intervino inmediatamente.
—Elena, vámonos.
Ella se volvió.
—¿Por qué?
—Porque no tenemos nada que hacer aquí.
Elena lo miró fijamente.
—Tú sabías que esta habitación existía.
Mateo permaneció callado.
—¿Verdad?
Nada.
Elena volvió al gerente.
—Quiero la llave.
El hombre negó.
—No puedo dársela.
—¿Quién se lo impide?
El gerente miró a Mateo.
Aquello bastó.
Elena sintió que algo dentro de ella acababa de romperse.
—¿Por qué lo está mirando a él?
Mateo cerró los ojos brevemente.
—Elena…
—No.
Ella levantó una mano.
—No vuelvas a decirme que nos vayamos.
El gerente respiró profundamente.
Luego sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.
Una llave antigua.
De latón.
Sofía la vio.
Y retrocedió.
—No.
Elena la miró.
—¿Qué pasa?
La niña agarró su mano.
—No entres.
—Sofía…
—No entres, Elena.
La voz de la niña temblaba.
Elena se agachó.
—¿Por qué?
Sofía miró a Mateo.
—Porque ella todavía está ahí.
Mateo perdió el color del rostro.
Elena lo vio.
Y comprendió que ya no podía fingir que todo aquello era una imaginación infantil.
—Abre la puerta.
El gerente no se movió.
—Señora…
—Abra la puerta.
El hombre introdujo la llave.
El metal giró lentamente.
CLICK.
El sonido del mecanismo resonó por el corredor.
La cerradura se abrió.
La puerta se separó unos centímetros.
Un aire frío salió de la habitación.
Sofía apretó con fuerza la mano de Elena.
Mateo dio un paso hacia ellos.
—Elena, no lo hagas.
Ella se volvió.
—¿Qué hay ahí dentro?
Mateo no respondió.
—¿Qué hay ahí dentro, Mateo?
Silencio.
Elena empujó la puerta.
La oscuridad de la habitación apareció lentamente.
Un dormitorio antiguo.
Intacto.
Cubierto de polvo.
Una cama perfectamente tendida.
Un pequeño armario.
Una silla de madera para niños.
Y sobre un escritorio, una fotografía colocada boca abajo.
Elena entró.
Mateo permaneció en el umbral.
Sofía se escondió parcialmente detrás de Elena.
—No deberíamos estar aquí —murmuró Mateo.
Elena lo ignoró.
Caminó hasta el escritorio.
Vio la fotografía.
La tomó.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Mateo…
Él no respondió.
Elena miró el reverso.
Había una fecha antigua.
Su respiración se detuvo.
—¿Por qué está esto aquí?
Mateo dio un paso atrás.
Elena giró lentamente la fotografía.
La cámara nunca mostró la imagen.
Solo el rostro de Elena.
Primero confundido.
Después incrédulo.
Y finalmente devastado.
—No…
Mateo cerró los ojos.
Sofía comenzó a llorar.
Elena levantó la mirada.
—¿Por qué apareces tú en esta foto?
Mateo permaneció completamente inmóvil.
Entonces, desde algún lugar dentro de la habitación, llegó un sonido.
Una respiración.
Elena se quedó paralizada.
—¿Escuchaste eso?
Mateo no respondió.
Sofía empezó a llorar con más fuerza.
Y entonces una voz femenina, vieja y débil, atravesó la oscuridad.
—Elena…
Elena giró lentamente la cabeza.
Mateo palideció.
La voz volvió a escucharse.
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—Elena…
CORTE A NEGRO.