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Capítulo 2: Tres Años Enterrada En Mentiras

La doctora revisó a Elena durante casi dos horas.

Deshidratación.

Cicatrices recientes.

Agotamiento extremo.

Señales de sedación prolongada.

Alejandro escuchó cada palabra con el rostro inmóvil, pero por dentro se estaba rompiendo.

Cuando la doctora salió, Elena abrió los ojos.

—Pensé que me habías olvidado.

Alejandro se sentó junto a ella.

—Yo pensé que el mundo me había robado la única persona que amaba.

Elena lloró en silencio.

Entonces comenzó a contar.

El accidente.

La clínica privada.

Los médicos desconocidos.

Los documentos falsos.

Las enfermeras que hablaban en idiomas que ella apenas comprendía.

Las mentiras repetidas cada día.

“Tu esposo siguió adelante.”

“Nadie preguntó por ti.”

“No tienes familia.”

“No tienes nombre.”

Durante meses, Elena creyó que su vida anterior había desaparecido.

Cuando logró escapar, no tenía dinero, pasaporte ni fuerza. Cruzó fronteras con ayuda de extraños. Trabajó donde pudo. Durmió en estaciones, cocinas y habitaciones prestadas.

Hasta que un día vio una revista.

Alejandro Castillo y Vivian Moretti en una gala benéfica.

Vivian llevaba un collar de Elena.

Aquella imagen la destruyó.

—Creí que ella había ganado —susurró Elena—. Creí que tú la habías elegido.

Alejandro cerró los ojos.

—Vivian se acercó cuando yo estaba destruido. Nunca la amé. Nunca.

Elena quiso creerlo, pero el dolor todavía era demasiado grande.

—Entonces volví aquí porque era el único lugar donde pensé que quizá encontraría algo mío.

—Y ella te vio.

Elena asintió.

—Me reconoció. No dijo mi nombre, pero lo vi en sus ojos.

Vivian no llamó a la policía.

No llamó a Alejandro.

No llamó a nadie.

Le ofreció trabajo.

Comida.

Un cuarto pequeño detrás de la lavandería.

Y Elena, rota y hambrienta, aceptó.

Alejandro se levantó lentamente.

La furia en su rostro ya no era explosiva.

Era peor.

Era decisión.

—Mañana empezará una investigación internacional.

Elena lo miró con miedo.

—¿Y si descubres algo que no puedas perdonar?

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Alejandro volvió a tomar su mano.

—Lo único que no me perdono es no haberte encontrado antes.

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