PARTE 2 — LA NOCHE EN QUE ADRIAN DESCUBRIÓ QUIÉN TENÍA REALMENTE EL PODER

Victoria llegó al último escalón mientras el aplauso continuaba.
Adrian avanzó hacia ella.
—Victoria...
Ella siguió caminando.
—Tenemos que hablar.
Ninguna respuesta.
—Victoria, por favor.
Entonces ella se detuvo.
Giró lentamente.
El salón entero parecía observarlos.
Adrian bajó la voz.
—Yo puedo explicarlo.
Victoria lo miró durante varios segundos.
Después levantó un dedo.
—Shh.
Adrian calló.
Fue un gesto mínimo.
Pero para Sienna resultó más humillante que cualquier grito.
Victoria no necesitaba discutir.
No necesitaba defender su posición.
Aquella gente la conocía.
Los empleados la conocían.
Charles la conocía.
Y la mansión parecía recuperar su verdadero orden simplemente porque ella había cruzado la puerta.
—Ya tuviste tu oportunidad —dijo Victoria.
Luego le dio la espalda.
Adrian se quedó inmóvil.
Victoria llegó hasta la plataforma.
Charles se apartó inmediatamente del centro.
—Bienvenida a casa.
—Gracias, Charles.
—Me alegro de que hayas venido.
Victoria miró fugazmente hacia Adrian.
—A mí también.
Aquellas cuatro palabras fueron suficientes para inquietarlo todavía más.
Sienna se acercó a él.
—¿Por qué te está tratando así?
—Ahora no.
—Me dijiste que prácticamente habíais terminado.
—Sienna...
—Me dijiste que esta casa estaba bajo tu control.
Adrian la miró con furia.
—¡Baja la voz!
Ella retrocedió.
Victoria había oído perfectamente.
Pero no reaccionó.
Charles volvió al micrófono.
—Hace veintidós años, la Fundación Ashcroft celebró aquí su primera gala benéfica. Desde entonces, esta noche ha permitido financiar hospitales, programas educativos y proyectos sociales en todo el país.
Victoria observaba el salón.
Por un momento, su expresión se suavizó.
Aquella gala no era simplemente una fiesta.
Había sido el proyecto de su madre.
Después de su muerte, Victoria lo había convertido en una tradición anual.
Y por eso había regresado.
Pero no era la única razón.
Tres días antes, en Londres, Victoria había recibido una llamada de Charles.
Una llamada que había cambiado sus planes.
—Necesito preguntarte algo —le había dicho él—. ¿Has autorizado a Adrian a modificar la estructura de la fundación?
Victoria había guardado silencio.
—No.
—Entonces tenemos un problema.
Aquello había sido el comienzo.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Victoria revisó documentos que no esperaba encontrar.
Transferencias.
Cambios administrativos.
Invitaciones emitidas sin su conocimiento.
Personas apartadas de puestos importantes.
Y, sobre todo, una serie de decisiones que Adrian jamás había mencionado.
Victoria podía haberlo llamado.
No lo hizo.
Podía haber exigido explicaciones.
Tampoco.
Simplemente tomó un avión.
Y volvió a casa.
Ahora, observándolo desde la plataforma, entendía por qué él había parecido tan aterrorizado al verla.
Charles terminó su discurso.
Los aplausos regresaron.
Victoria tomó el micrófono.
—Gracias.
El salón quedó en silencio.
—Hace mucho tiempo aprendí que una casa no pertenece únicamente a quien duerme dentro de ella. Pertenece también a las personas que protegen lo que representa.
Adrian tensó la mandíbula.
Sienna lo miró.
—¿Está hablando de ti?
—Cállate.
Victoria continuó:
—Y también aprendí algo más. Cuando te alejas durante demasiado tiempo, algunas personas confunden tu ausencia con debilidad.
Varias miradas se dirigieron hacia Adrian.
Él avanzó.
—Victoria, no hagas esto aquí.
Ella dejó el micrófono.
—¿Hacer qué?
—Convertir algo privado en un espectáculo.
Victoria descendió de la plataforma.
—¿Privado?
Su mirada pasó lentamente de Adrian a Sienna.
—Interesante elección de palabra.
Sienna palideció.
—Yo no tengo nada que ver con vuestros problemas.
Victoria la miró por primera vez desde la escalera.
—¿De verdad?
—Adrian me dijo que vosotros ya no estabais juntos.
Victoria volvió los ojos hacia él.
Adrian respondió rápidamente:
—Las cosas entre nosotros llevaban meses mal.
—Eso sí es verdad —dijo Victoria.
Él pareció relajarse ligeramente.
Hasta que ella añadió:
—Lo que olvidaste mencionar es que todavía estabas utilizando mi nombre, mi casa y mi posición mientras les contabas a los demás que todo esto te pertenecía.
—No he dicho eso.
Sienna lo miró.
—Sí lo dijiste.
Adrian giró bruscamente.
—Sienna.
—Me dijiste que después de esta gala controlarías la fundación.
El rostro de Adrian cambió.
Victoria no pestañeó.
—¿Te dijo eso?
Sienna comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.
—Yo...
Adrian se acercó a Victoria.
—No sabes de qué está hablando.
—Curiosamente, sí.
Charles apareció junto a ellos.
Llevaba una carpeta negra.
Adrian la vio.
Y se quedó quieto.
Victoria observó su reacción.
—Ah.
Solo dijo eso.
Pero Charles también lo notó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sienna.
Nadie respondió.
Victoria extendió la mano.
Charles le entregó la carpeta.
Adrian reaccionó inmediatamente.
—No tienes derecho a revisar mis documentos.
Victoria lo miró.
—¿Tus documentos?
—Sabes a qué me refiero.
—Me temo que ese es precisamente el problema. Durante demasiado tiempo has llamado «tuyo» a cosas que nunca lo fueron.
El salón estaba prácticamente en silencio.
Sienna miró la carpeta.
—Adrian, ¿qué hay ahí?
—Nada.
Victoria sostuvo su mirada.
—¿Seguro?
Adrian dio un paso hacia ella.
Charles se interpuso discretamente.
—No es necesario acercarse más, señor Ashcroft.
Adrian lo miró con incredulidad.
—¿Ahora también estás contra mí?
Charles respondió con absoluta serenidad:
—Nunca estuve de su lado.
Aquello provocó un murmullo entre los invitados.
Adrian respiró profundamente.
—Victoria, vámonos a otra habitación.
—No.
—Esto es absurdo.
—No. Absurdo fue creer que podías convertir mi ausencia en una oportunidad.
Adrian bajó la voz.
—¿Qué quieres?
Victoria lo observó.
Durante meses había imaginado aquella conversación.
Había pensado que sentiría rabia.
Dolor.
Tal vez incluso ganas de humillarlo.
Pero ahora solo sentía cansancio.
—La verdad.
Adrian soltó una risa nerviosa.
—¿Sobre qué?
Victoria abrió la carpeta.
No mostró su contenido.
Solo sacó una hoja y la sostuvo frente a sí.
Adrian dejó de respirar durante un instante.
Sienna lo vio.
—¿Qué es eso?
—Nada —repitió él.
Victoria inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces no te importará que Charles explique por qué tu firma aparece aquí.
Adrian dio otro paso.
—Victoria.
Su voz había cambiado.
Ya no era arrogante.
Era una advertencia.
Victoria no se movió.
—No vuelvas a usar ese tono conmigo.
Él se detuvo.
Sienna comenzó a comprender que aquello ya no tenía nada que ver con una relación sentimental.
—Adrian... ¿qué has hecho?
—Nada.
—Mírame.
Él no lo hizo.
Sienna retrocedió.
Victoria cerró la carpeta.
—Curioso.
Adrian levantó los ojos.
—¿Qué?
—Hace diez minutos estabas dispuesto a dejar que ella me echara de mi propia gala.
Sienna bajó la mirada.
—Y ahora —continuó Victoria— eres tú quien parece estar buscando una salida.
Adrian miró instintivamente hacia las puertas.
Victoria lo vio.
También Charles.
Y entonces las grandes puertas del fondo se abrieron.
Dos hombres y una mujer vestidos con sobriedad entraron en el salón.
No llevaban uniforme.
No hicieron ninguna escena.
Pero Adrian los reconoció.
Su rostro perdió completamente el color.
Sienna lo agarró del brazo.
—¿Quiénes son?
Adrian no contestó.
Victoria miró a Charles.
—¿Están todos los documentos?
—Todos.
—¿Incluidos los originales?
—Sí.
Adrian reaccionó.
—¡Victoria, espera!
Ella se volvió.
Por primera vez aquella noche, algo parecido a verdadera emoción apareció en su rostro.
No era furia.
Era decepción.
—Te esperé durante meses, Adrian.
Él se quedó callado.
—Esperé que me llamaras. Que fueras sincero. Que al menos tuvieras el valor de decirme lo que estabas haciendo.
—No entiendes la situación.
—Entonces explícamela.
Adrian miró a las personas que acababan de entrar.
Después a Charles.
Después a la carpeta.
—Aquí no.
Victoria negó lentamente.
—Siempre dices eso cuando la verdad deja de beneficiarte.
Sienna soltó el brazo de Adrian.
—¿Me has utilizado?
—No.
—¿Todo lo que me dijiste sobre Victoria era mentira?
—Sienna, por favor.
—¿La mansión es suya?
Adrian permaneció en silencio.
Sienna volvió a mirar a Victoria.
—¿Y la fundación?
Otro silencio.
Victoria no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Sienna comprendió.
Todo aquel tiempo había pensado que Victoria era la mujer ausente.
La esposa olvidada.
La figura del pasado que Adrian estaba a punto de sustituir.
Ahora comprendía que la persona que realmente había vivido dentro de una mentira era ella.
—Dios mío... —susurró.
Adrian cerró los ojos.
Victoria entregó de nuevo la carpeta a Charles.
—Quiero que continúe la gala.
Charles asintió.
—Por supuesto.
—Los invitados no han venido para presenciar nuestros problemas.
Adrian soltó una risa amarga.
—¿Eso es todo?
Victoria lo miró.
—¿Qué esperabas?
—Has vuelto desde el otro lado del mundo. Has interrumpido la gala. Has hecho venir a esas personas. ¿Y ahora vas a fingir que no quieres destruirme?
Victoria permaneció en silencio.
Luego se acercó lo suficiente para que solo Adrian y Sienna pudieran escucharla con claridad.
—No he venido a destruirte.
Adrian sostuvo su mirada.
—Entonces, ¿por qué has vuelto?
Victoria observó la sala.
La escalera.
La lámpara de cristal.
Los invitados.
La casa donde había crecido.
Después volvió a mirarlo.
—Porque alguien tenía que impedir que terminaras de destruir todo lo demás.
Adrian palideció.
Sienna retrocedió un paso.
Charles se acercó nuevamente.
—Victoria.
Ella giró.
—Hay algo más.
Adrian levantó la cabeza.
Victoria percibió inmediatamente que aquellas palabras también lo habían inquietado.
—¿Qué?
Charles miró brevemente hacia él.
—Encontramos un segundo documento esta tarde.
Victoria frunció el ceño.
—¿Segundo documento?
—Sí.
Adrian intervino:
—Eso no tiene nada que ver con ella.
Victoria giró lentamente hacia él.
—No te he preguntado.
Charles abrió otra carpeta.
—Pensábamos que las modificaciones habían comenzado hace unos meses.
Hizo una pausa.
—Nos equivocábamos.
Victoria permaneció inmóvil.
—¿Desde cuándo?
Charles respiró hondo.
—Desde mucho antes de que usted se marchara.
La expresión de Victoria cambió.
Adrian bajó los ojos.
Y aquella fue la primera vez en toda la noche que Victoria pareció realmente sorprendida.
—¿Cuánto antes?
Charles miró el documento.
—Once años.
Sienna abrió los ojos.
Victoria apenas pudo hablar.
—Adrian y yo ni siquiera...
Se interrumpió.
Once años.
Había algo imposible en aquella fecha.
Charles continuó:
—Y hay una firma adicional.
Victoria extendió la mano.
—Enséñamela.
Adrian avanzó de golpe.
—¡No!
Todo el salón volvió a quedarse en silencio.
Victoria se giró lentamente.
Adrian acababa de cometer el error que había evitado durante toda la noche.
Mostrar miedo.
Miedo de verdad.
Victoria lo observó.
Después miró la carpeta.
—¿De quién es la firma?
Charles vaciló.
—Victoria...
—Dímelo.
Adrian negó con la cabeza.
—No sabes lo que vas a provocar.
Victoria dio un paso hacia Charles.
—¿De quién es?
Charles miró la página una última vez.
Después levantó los ojos hacia ella.
—De alguien que, según todos los registros de su familia...
Se detuvo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Charles bajó la voz.
—...murió antes de que usted conociera a Adrian.
El rostro de Victoria perdió su serenidad por primera vez.
Adrian cerró los ojos.
Sienna miró a ambos sin entender nada.
Victoria tomó la carpeta.
Sus dedos tocaron el borde de la hoja.
Pero antes de abrirla, miró directamente a Adrian.
—¿Quién firmó esto?
Adrian no respondió.
—Adrian.
Él tragó saliva.
Y cuando finalmente levantó los ojos, Victoria comprendió que la traición que había descubierto aquella noche quizá no había empezado con Sienna.
Ni con la gala.
Ni siquiera con su matrimonio.
Adrian habló apenas por encima de un susurro:
—Si ves ese nombre, vas a descubrir por qué tu familia realmente me dejó entrar en esta casa...
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
Adrian miró la carpeta entre sus manos.
Luego a Victoria.
—Estoy diciendo que la primera mentira no fue mía.
Victoria bajó lentamente los ojos hacia el documento.
Charles dejó de respirar por un instante.
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Sienna permaneció paralizada.
Y mientras el salón entero guardaba silencio, Victoria comenzó a abrir la carpeta que podía cambiar todo lo que creía saber sobre su propia familia...