LA ECHÓ DE SU PROPIA GALA SIN SABER QUIÉN ERA… HASTA QUE TODO EL SALÓN SE PUSO EN PIE PARA RECIBIR A VICTORIA ASHCROFT
PARTE 1 — LA MUJER A LA QUE NADIE ESPERABA VER

La mansión Ashcroft llevaba tres horas resplandeciendo sobre las colinas como si aquella noche no existiera nada más importante en toda la ciudad.
Decenas de coches de lujo se detenían frente a la entrada principal. Empresarios, inversores, políticos, artistas y miembros de algunas de las familias más influyentes del país atravesaban las enormes puertas de cristal vestidos de gala.
En el interior, cientos de luces se reflejaban sobre el mármol blanco.
Una orquesta de cuerda tocaba suavemente junto al salón principal.
Las copas de champán pasaban de mano en mano.
Y bajo la inmensa lámpara de cristal, Adrian Ashcroft recibía a los invitados con una sonrisa impecable.
A su lado estaba Sienna Blake.
Joven.
Deslumbrante.
Y demasiado cómoda para ser una simple invitada.
—Esta noche está saliendo perfecta —susurró ella.
Adrian levantó su copa.
—Todavía no ha empezado lo importante.
Sienna sonrió.
Durante semanas había escuchado aquella frase.
Lo importante.
El anuncio.
El momento en que Adrian, según le había prometido, dejaría de vivir atrapado bajo el apellido de otra persona.
Sienna deslizó los dedos discretamente sobre su brazo.
—Después de esta noche, ¿se acabaron los secretos?
Adrian miró alrededor antes de responder.
—Después de esta noche, todo cambiará.
Sienna quiso creerle.
Porque llevaba demasiado tiempo esperando.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, en aquel preciso instante, un coche negro acababa de detenerse frente a la mansión.
La puerta trasera se abrió.
Y una mujer descendió bajo las luces de la entrada.
Victoria Ashcroft.
Llevaba un vestido largo de plata líquida que parecía absorber cada destello de las lámparas.
No llegó acompañada de fotógrafos.
No buscó atención.
Ni siquiera se detuvo cuando uno de los empleados de la entrada la reconoció y abrió mucho los ojos.
—Señora Ashcroft...
Victoria le dedicó apenas una mirada.
—Buenas noches, Thomas.
El hombre se quedó inmóvil.
Hacía meses que nadie la veía allí.
Los rumores decían que Victoria se había marchado definitivamente.
Otros aseguraban que había abandonado el país.
Algunos incluso daban por hecho que Adrian controlaba ya todos los asuntos de la familia.
Pero Victoria atravesó aquellas puertas como alguien que jamás había dejado de pertenecer a aquel lugar.
Porque, en realidad, nunca había dejado de pertenecerle.
Dentro del salón, las primeras personas empezaron a reconocerla.
Una conversación se interrumpió.
Después otra.
Una mujer mayor dejó lentamente su copa sobre una mesa.
—¿Es Victoria?
—Pensaba que estaba en Europa.
—¿Adrian sabe que ha venido?
Victoria siguió caminando.
No saludaba.
No se justificaba.
No parecía sorprendida por las miradas.
Entonces llegó a la gran escalera.
Y comenzó a subir.
Un escalón.
Luego otro.
El sonido de sus tacones sobre la piedra se mezclaba con la música de cuerda.
Fue entonces cuando Sienna la vio.
Su sonrisa desapareció.
—No.
Adrian seguía conversando con un invitado.
Sienna lo agarró del brazo.
—Adrian.
—¿Qué?
—Ella está aquí.
Él siguió la dirección de sus ojos.
Durante una fracción de segundo, su rostro perdió todo color.
Victoria.
Subiendo lentamente por la escalera.
Como si aquella noche hubiera sido preparada para su llegada.
—Me dijiste que no vendría —susurró Sienna.
Adrian no respondió.
—Adrian.
—Déjalo.
Pero Sienna llevaba demasiados meses sintiendo que aquella mujer, incluso ausente, seguía controlando cada rincón de su vida.
Y aquella noche se negó a soportarlo.
Cruzó el salón.
Subió varios escalones.
Y se plantó delante de Victoria.
Las conversaciones cercanas comenzaron a apagarse.
Victoria se detuvo.
Sienna levantó la barbilla.
—¿Crees que puedes volver a entrar aquí así como si nada?
Victoria no respondió.
Aquello irritó todavía más a Sienna.
—Se acabó.
Un silencio extraño se extendió entre ambas.
Victoria la observó durante unos segundos.
Sin rabia.
Sin miedo.
Casi con curiosidad.
—¿Se acabó qué? —preguntó finalmente.
Sienna vaciló.
No esperaba aquella tranquilidad.
—Tú sabes perfectamente de qué estoy hablando.
—En realidad, no.
Sienna miró alrededor, consciente de que varios invitados estaban escuchando.
—Esta noche no es para ti.
Victoria arqueó apenas una ceja.
—¿No?
—No puedes desaparecer durante meses y después regresar esperando que todo siga siendo tuyo.
Aquella frase provocó varias miradas incómodas.
Victoria bajó lentamente los ojos hacia Sienna.
—¿Y quién te ha dicho eso?
Sienna giró la cabeza hacia Adrian.
Ese gesto fue suficiente.
Victoria siguió su mirada.
Y por primera vez desde que había entrado en la mansión, miró directamente a Adrian.
Él permanecía inmóvil a varios metros.
No se acercó.
No sonrió.
Victoria entendió más de lo que él habría querido.
—Ya veo —murmuró.
Sienna interpretó aquellas palabras como una derrota.
Se acercó un poco más.
—Será mejor que te marches antes de hacer esto todavía más incómodo.
Victoria volvió a mirarla.
—¿Quieres echarme?
—Quiero evitarte una humillación.
Esta vez, Victoria casi sonrió.
—Qué considerada.
Sienna frunció el ceño.
—Seguridad puede acompañarte fuera si es necesario.
Un murmullo atravesó el salón.
Adrian finalmente reaccionó.
—Sienna...
Pero ya era demasiado tarde.
Victoria no apartó los ojos de ella.
—¿Seguridad?
—No hagas una escena.
—Yo no estoy haciendo ninguna.
La respuesta fue tan tranquila que Sienna comenzó a sentirse ridícula.
Pero entonces las cuerdas dejaron de sonar.
De golpe.
Todas las conversaciones se apagaron.
Charles Whitmore estaba sobre la plataforma junto a la chimenea.
El veterano maestro de ceremonias levantó el micrófono.
—Damas y caballeros...
Sienna giró la cabeza.
Victoria no.
Charles hizo una pausa.
Sus ojos buscaron la escalera.
Cuando encontró a Victoria, sonrió con una mezcla de respeto y alivio.
—Antes de continuar con el programa de esta noche, permítanme corregir una impresión que, por lo visto, algunas personas parecen tener.
Adrian cerró los ojos un instante.
Sienna miró hacia él.
—¿Qué ocurre?
Él no contestó.
Charles continuó:
—Esta casa tiene una historia. Esta gala tiene un propósito. Y ambas existen esta noche gracias a la persona que acaba de regresar.
El silencio se volvió absoluto.
Entonces Charles extendió una mano hacia la escalera.
—Por favor, den la bienvenida a casa a nuestra anfitriona...
Una pausa.
—Victoria Ashcroft.
Durante un segundo, nadie se movió.
Sienna sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Anfitriona? —susurró.
Victoria permaneció inmóvil.
Después llegó el primer aplauso.
Luego otro.
Y otro.
Hasta que el salón entero estalló.
Decenas de invitados se pusieron en pie.
Algunos sonreían.
Otros inclinaban la cabeza al verla pasar.
Sienna miró alrededor buscando una sola persona que pareciera tan confundida como ella.
No encontró a nadie.
Entonces comprendió algo aterrador.
Todos sabían quién era Victoria.
Todos excepto ella.
Y cuando volvió a mirar a Adrian, encontró en su rostro algo todavía peor.
Miedo.
Victoria avanzó un escalón.
Sienna se apartó instintivamente.
Ya no bloqueaba su camino.
Victoria pasó a su lado sin dedicarle una sola palabra.
Y entonces miró a Adrian.
Él tragó saliva.
Porque aquella mirada le confirmó lo que más temía:
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Victoria no había regresado por casualidad.
Había regresado sabiendo exactamente lo que él había hecho.