Capítulo 2: La carpeta que Adrián no quería abrir

La asistente colocó la carpeta sobre una mesa del vestíbulo.
El golpe fue suave.
Pero Adrián la miró como si acabaran de dejar algo peligroso delante de él.
—¿Qué es eso?
Eduardo se quitó lentamente el abrigo.
—Algo que deberías haber leído hace mucho tiempo.
Adrián miró a Clara.
—¿Sabías algo de esto?
Ella negó.
—No.
Eduardo confirmó:
—Clara no sabía nada.
—Entonces ¿qué demonios está pasando?
Eduardo se acercó a la mesa.
—Eso depende de cuánto quieras seguir fingiendo.
Adrián endureció el rostro.
—No estoy fingiendo nada.
—Bien.
—Esta casa está legalmente a mi nombre.
Eduardo sostuvo su mirada.
—Ya lo has dicho.
—Entonces no entiendo qué haces aquí.
—He venido porque esta mañana recibí una llamada.
—¿De quién?
—No importa todavía.
Adrián soltó una risa.
—Claro. Todo es un misterio.
Eduardo no reaccionó.
—Después de esa llamada, pedí que revisaran algunos documentos.
Verónica miró discretamente la carpeta.
Clara también.
—¿Qué documentos? —preguntó Clara.
Eduardo la miró.
—Los relacionados con esta casa.
Adrián dio un paso.
—No tienes autorización para revisar nada mío.
—Eso sería cierto si todo fuera únicamente tuyo.
Silencio.
Clara sintió que algo no encajaba.
—Papá, ¿qué quieres decir?
Eduardo negó ligeramente.
—Todavía no.
Adrián empezó a perder la calma.
—No puedes entrar aquí y lanzar insinuaciones.
—No estoy insinuando.
—Entonces habla.
Eduardo miró hacia Verónica.
—¿Ella vive aquí?
Verónica se tensó.
Adrián respondió:
—Eso no te importa.
—Solo pregunto.
—No es asunto tuyo.
Eduardo asintió.
—Curioso.
—¿Qué?
—Hace cinco minutos también dijiste que echar a mi hija embarazada bajo la lluvia no era asunto mío.
Adrián no respondió.
Clara cerró los ojos un instante.
Eduardo continuó:
—Ahora me gustaría saber si también consideras que lo ocurrido con ciertos papeles tampoco es asunto de nadie.
Adrián palideció apenas.
Muy poco.
Pero Eduardo lo vio.
Clara también.
—¿Qué papeles? —preguntó ella.
—Nada —respondió Adrián demasiado rápido.
Eduardo inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Nada?
—Sí.
—Entonces no tendrás problema en abrir la carpeta.
La mirada de Adrián cayó sobre ella.
No se movió.
Eduardo esperó.
—Ábrela.
—No voy a seguirte el juego.
—No es un juego.
Verónica se acercó un poco a Adrián.
—Quizá deberíamos escucharle.
Él giró bruscamente.
—Tú no te metas.
Verónica se quedó quieta.
Clara observó aquella reacción.
Algo había cambiado.
Adrián ya no parecía arrogante.
Parecía asustado.
—¿Qué hiciste? —preguntó Clara.
—Nada.
—Adrián.
—He dicho que nada.
Eduardo habló con calma:
—Clara, no le preguntes todavía.
Ella miró a su padre.
—¿Por qué?
—Porque quiero oír primero qué recuerda él.
Adrián apretó la mandíbula.
—No tengo que recordar nada.
—Entonces empecemos por algo sencillo.
Eduardo señaló el vestíbulo.
—¿Cuándo pasaron esta propiedad a tu nombre?
Adrián respondió:
—Hace años.
—¿Cuántos?
—No lo sé de memoria.
—Yo sí.
Adrián se quedó quieto.
Eduardo dio una fecha.
Clara frunció el ceño.
—Eso fue poco después de nuestra boda.
—Sí —respondió Eduardo.
Clara miró a Adrián.
—Me dijiste que la casa ya era tuya antes.
Adrián evitó su mirada.
—No exactamente.
Clara soltó una pequeña risa incrédula.
—¿No exactamente?
—Es complicado.
Eduardo intervino:
—No lo era hasta esta mañana.
Adrián lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Que encontramos una discrepancia.
—¿En qué?
—En cómo llegó tu nombre a ciertos documentos.
Adrián quedó completamente inmóvil.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Estás diciendo que la casa no es suya?
Eduardo levantó una mano.
—No he dicho eso.
—Entonces ¿qué?
—Que hay algo que debemos entender antes.
Adrián respondió:
—No puedes quitarme mi casa.
Eduardo lo miró directamente.
—No he venido a quitarte la casa.
Aquella frase dejó a todos en silencio.
Adrián parecía más confundido que aliviado.
—¿Entonces?
Eduardo apoyó una mano sobre la carpeta.
—He venido porque esta mañana descubrimos algo.
—¿Qué?
—Algo que aparece en la documentación anterior.
—¿Qué documentación?
—La que tú dijiste durante años que no existía.
Clara giró hacia Adrián.
—¿Qué no existía?
—No sé de qué está hablando.
Eduardo negó.
—Sí lo sabes.
—No.
—Adrián.
Por primera vez, la voz de Eduardo se endureció ligeramente.
—No me obligues a decirlo delante de Clara de la peor manera.
Adrián respiró con dificultad.
—No he hecho nada.
Clara dio un paso.
—¿Por qué repites tanto eso?
Adrián no pudo responder.
Verónica miró hacia la puerta, como si empezara a arrepentirse de estar allí.
Eduardo abrió ligeramente la solapa de la carpeta.
No mostró nada.
Adrián reaccionó de inmediato.
—No.
Eduardo se detuvo.
Todos lo miraron.
Clara abrió los ojos.
—¿Por qué has dicho que no?
Adrián intentó corregirse.
—Porque no quiero que revise mis documentos delante de todo el mundo.
Eduardo respondió:
—No son tus documentos.
Silencio.
Adrián perdió el color del rostro.
Clara miró a su padre.
—Entonces ¿de quién son?
Eduardo no contestó.
—Papá.
—Clara...
—Quiero saber.
Eduardo la observó.
Después miró su vientre.
—Lo sabrás.
Adrián dio un paso hacia la mesa.
—Dame esa carpeta.
Eduardo puso una mano encima.
—No.
—¡Dámela!
Clara retrocedió ligeramente.
Eduardo no levantó la voz.
—No vuelvas a hablar así delante de mi hija.
Adrián se detuvo.
Respiró.
—Perdón.
Pero nadie creyó que lo sintiera.
Eduardo volvió hacia Clara.
—Esta mañana revisamos un registro antiguo.
—¿De la villa?
—Sí.
—¿Y?
—Había un documento relacionado con una modificación posterior.
Adrián cerró los ojos.
Clara lo vio.
—Tú sabías esto.
—No.
—Sí.
—Clara...
—¿Qué hiciste?
Adrián negó.
—Nada.
Eduardo habló:
—Eso es precisamente lo que hemos venido a averiguar.
—¿Con quién? —preguntó Clara.
Eduardo miró la puerta.
—No estamos solos en esto.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Antes de que Eduardo respondiera, se escucharon varias puertas de coche cerrándose afuera.
Todos miraron hacia los ventanales.
La lluvia seguía cayendo.
Varias siluetas se acercaban bajo paraguas.
Adrián se puso rígido.
—¿Quién viene?
Eduardo miró la carpeta.
—Personas que conocen la historia completa de estos documentos.
Clara apretó su bolso.
—¿Qué historia?
Eduardo volvió a mirar a Adrián.
—La misma que explica por qué esta mañana descubrimos lo que hiciste con el...
Se detuvo.
Adrián quedó petrificado.
Clara miró a uno y otro.
—¿Con el qué?
Eduardo no terminó.
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Y justo cuando las sombras del exterior llegaron a la puerta, la verdadera razón de su visita quedó suspendida en una sola frase incompleta:
—He venido porque esta mañana descubrimos lo que hiciste con el...