Capítulo 1: “Te vas esta noche”

La lluvia golpeaba con fuerza los enormes ventanales de la villa.
Dentro, el vestíbulo de mármol brillaba bajo la luz cálida de la lámpara de cristal. Todo parecía elegante, ordenado y silencioso, pero en medio de aquel lujo había una maleta abierta junto a la puerta.
Adrián Vega la cerró con brusquedad.
Clara Mendoza permanecía cerca de la escalera, con una mano sobre su vientre.
Estaba embarazada.
Intentaba mantener la calma.
Junto a la chimenea, Verónica Salas observaba en silencio. Llevaba un vestido azul oscuro y una expresión fría que Clara ya no necesitaba interpretar.
Lo había entendido todo.
Adrián agarró la maleta y comenzó a arrastrarla hacia la entrada.
—Se acabó. Te vas esta noche.
Clara lo miró incrédula.
—Está lloviendo.
Adrián abrió la puerta.
El sonido de la tormenta llenó el vestíbulo.
—No es mi problema.
Empujó la maleta hacia el porche cubierto.
Clara respiró profundamente.
—¿De verdad vas a hacer esto?
Adrián se volvió.
—Ya está hecho.
Clara miró hacia Verónica.
Ella apartó ligeramente la mirada, pero no parecía sentir vergüenza.
—¿Desde cuándo? —preguntó Clara.
Adrián frunció el ceño.
—No empieces.
—Solo quiero saber cuánto tiempo llevas esperando para echarme de aquí y ponerla a ella en mi sitio.
Verónica intervino por primera vez.
—No me metas en vuestros problemas.
Clara soltó una pequeña risa amarga.
—Estás dentro de mi casa, junto a mi marido, mientras él tira mi maleta bajo la lluvia. Creo que ya estás bastante metida.
Adrián dio un paso.
—Basta.
Clara lo miró directamente.
—¿Vas a echarme de mi propia casa?
Él sonrió con desprecio.
—¿Tu casa?
—Sí.
—Clara, sin mí no tendrías nada.
Ella no respondió.
Adrián continuó:
—Esta casa, esta vida, todo esto existe porque yo me he ocupado de mantenerlo.
Clara bajó la mirada hacia su vientre.
—¿Y también crees que puedes decidir qué pasa conmigo porque estoy embarazada?
—No tergiverses las cosas.
—No estoy tergiversando nada.
Adrián señaló la puerta.
—Te vas.
Clara permaneció inmóvil.
—¿Y nuestro hijo?
Por primera vez Adrián dudó.
Pero solo un instante.
—Ya hablaremos de eso.
Clara lo observó como si acabara de descubrir a un desconocido.
—No.
—¿No qué?
—No hablaremos “ya”. Llevas semanas tomando decisiones sin mí.
Adrián perdió la paciencia.
—Porque alguien tenía que tomarlas.
Clara guardó silencio.
Después sacó lentamente su teléfono.
Adrián se rio.
—¿A quién vas a llamar?
Clara desbloqueó la pantalla.
—A nadie.
—Entonces ¿qué haces?
Ella levantó los ojos.
—Quiero darte una última oportunidad.
Adrián frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—De pensar.
—No necesito pensar.
—¿Estás seguro?
Él cruzó los brazos.
—Completamente.
Clara asintió.
Tocó una vez la pantalla.
—Entonces ya puede entrar.
El rostro de Adrián cambió.
—¿Quién?
Clara guardó el teléfono.
No respondió.
De pronto, unas luces atravesaron la lluvia y se reflejaron sobre los grandes ventanales.
Un vehículo acababa de detenerse frente a la villa.
Verónica miró hacia la entrada.
Adrián también.
—¿A quién has llamado?
Clara mantuvo la mirada fija en él.
—A alguien que sí quería escucharme antes de decidir por mí.
La puerta se abrió.
Un hombre mayor entró acompañado por una asistente.
Era Eduardo Mendoza.
El padre de Clara.
Traía el abrigo mojado por la lluvia y una expresión extrañamente tranquila.
Adrián se quedó paralizado.
—Eduardo...
El hombre no contestó.
Miró primero a su hija.
Después a su vientre.
Finalmente vio la maleta fuera.
—¿Esa maleta es de Clara?
Adrián intentó recuperar la compostura.
—Esto es un asunto privado.
Eduardo se acercó a la puerta.
—Esa maleta vuelve dentro.
Adrián apretó los labios.
—Esto es entre mi mujer y yo.
Eduardo giró lentamente hacia él.
—Ya no.
Clara miró a su padre.
—Papá...
Eduardo le dedicó una expresión más suave.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí.
—¿Seguro?
Clara volvió a mirar a Adrián.
—Ahora sí.
Eduardo hizo un gesto a su asistente.
Ella recogió la maleta y volvió a meterla en el vestíbulo.
Adrián no lo impidió.
Todavía.
—No tienes derecho a entrar aquí dando órdenes.
Eduardo observó el enorme vestíbulo.
Después las escaleras.
La chimenea.
Las paredes.
Y finalmente a Adrián.
—¿Eso crees?
Adrián levantó la barbilla.
—Esta casa es mía.
Elena no estaba; Verónica bajó la mirada.
Clara frunció el ceño.
Eduardo soltó una respiración breve, casi incrédula.
—¿Tuya?
—Sí.
—¿Estás seguro?
Adrián respondió con irritación:
—Está a mi nombre.
Eduardo lo observó.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Clara giró hacia su padre.
—¿Qué significa eso?
Eduardo no respondió.
Su asistente llevaba ahora una carpeta verde oscura cerrada.
Y Clara comprendió que su padre no había llegado únicamente porque ella lo hubiera llamado.
Había algo más.
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Algo ocurrido antes de aquella noche.
Algo que Adrián todavía no sabía que había sido descubierto.