PARTE II — EL ACCIDENTE QUE NUNCA FUE UN ACCIDENTE

Maya no dijo nada durante casi medio minuto.
Daniel tampoco.
Solo se oía la lluvia contra las ventanas.
Finalmente, ella preguntó:
—¿Qué decía de mi padre?
Daniel se inclinó hacia delante.
—Primero necesito estar seguro de que hablamos del mismo hombre.
—Carlos Reyes. Cuarenta y dos años. Trabajaba en obras costeras. Murió cuando yo tenía siete.
Daniel cerró los ojos.
—Es él.
Maya apretó la manta.
—¿Cómo murió?
La pregunta sorprendió a Daniel.
—Pensaba que lo sabías.
—Me dijeron que perdió el control del coche durante una tormenta.
Daniel levantó lentamente los ojos.
—La noche estaba despejada.
Maya sintió frío.
—No.
—Los registros meteorológicos lo confirman.
—Mi madre dijo...
—Tal vez ella tampoco sabía la verdad.
Maya negó.
—No.
Daniel continuó:
—Carlos trabajaba como inspector externo.
—Mi madre decía que era técnico.
—Lo era. Pero durante su último año revisaba una obra grande.
—¿Cuál?
Daniel la miró.
—La misma carretera costera.
Maya sintió que todo en su cabeza empezaba a cambiar.
—¿Qué encontró?
—Problemas estructurales.
—¿Como los tuyos?
—Más graves.
—¿Y avisó?
—Sí.
—¿A quién?
Daniel tardó.
—A la empresa para la que trabajo ahora.
Maya se levantó.
—Entonces tu empresa mató a mi padre.
—No he dicho eso.
—¡Trabajaba allí!
—Maya.
—¡Y ahora te tiraron al mar!
Daniel también se levantó.
—Escúchame.
—¿Por qué?
—Porque la persona que falsificó los documentos no necesariamente representa a toda la empresa.
—Eso suena a excusa.
—Puede que lo sea.
Ella se quedó quieta.
La honestidad la desarmó ligeramente.
Daniel continuó:
—Pero vine aquí precisamente porque encontré el informe de Carlos.
—¿Dónde?
—En un archivo antiguo que alguien había marcado para destrucción.
Maya sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué decía?
—Que la carretera tenía defectos.
—¿Y?
—Que alguien había manipulado pruebas.
—¿Quién?
—No aparecía el nombre.
—Qué conveniente.
—Había iniciales.
Maya lo miró.
—¿Cuáles?
Daniel dudó.
—M.R.
Maya palideció.
—Mi madre se llama Maria Reyes.
Daniel quedó quieto.
—¿Qué?
—Maria Reyes.
—No.
—¿Qué significa “no”?
—Esas iniciales no pueden ser de ella.
—¿Por qué?
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—Porque M.R. aparece autorizando pagos dentro del proyecto.
—Mi madre era enfermera.
—Entonces alguien usó su nombre.
Maya sintió que las piernas se le aflojaban.
—¿Por qué?
Daniel negó.
—No lo sé.
El teléfono de Maya vibró.
Un mensaje de su madre.
“Estoy bien. Vuelve a casa. No confíes en nadie.”
Maya leyó dos veces.
Daniel la observó.
—¿Qué dice?
Ella no respondió.
—Maya.
Le enseñó la pantalla.
Daniel frunció el ceño.
—¿Eso es normal?
—No.
—Llámala.
Maya llamó.
La línea se cortó.
—Otra vez.
Nada.
Daniel miró hacia la ventana.
—Puede que alguien esté con ella.
Maya sintió pánico.
—Tenemos que buscarla.
—No.
—¡Es mi madre!
—Precisamente.
—No voy a quedarme aquí.
Daniel respiró.
—La policía ya viene.
—¿Y si ellos también...?
Se detuvo.
Ya entendía por qué Daniel desconfiaba.
Él la miró.
—Ahora sabes cómo me siento.
Un coche pasó lentamente frente a la casa.
Ambos quedaron quietos.
No se detuvo.
Maya respiró.
—¿Dónde está la memoria?
—En el coche, si tuve suerte.
—Entonces tenemos que recuperarla.
—Ni hablar.
—Contiene información sobre mi padre.
—Y ahí fuera hay gente buscándome.
—Entonces esperaremos a la policía.
Daniel dudó.
—Sí.
Veinte minutos después llegaron dos agentes.
Daniel explicó la historia general.
Los policías aseguraron la zona.
Un equipo fue enviado a buscar el SUV.
Maya preguntó por su madre.
No habían encontrado su vehículo.
Uno de los agentes pidió una descripción.
Mientras hablaban, el teléfono de Daniel vibró.
Número desconocido.
Lo miró.
—No contestes —dijo Maya.
Daniel sí contestó.
—¿Sí?
Silencio.
Después una voz masculina.
—Morgan.
Daniel se tensó.
Maya observó su rostro.
—¿Quién es?
La voz continuó.
Daniel no respondió.
—Tenemos lo que perdiste.
Daniel cerró los ojos.
—¿La memoria?
El hombre rio.
—Eso también.
Daniel se puso rígido.
—¿Qué más?
La voz dijo algo.
Y toda la sangre abandonó el rostro de Daniel.
—No.
Maya se acercó.
—¿Qué pasa?
Daniel miró hacia ella.
Después al teléfono.
—Déjala fuera de esto.
Maya entendió.
—Mi madre.
Daniel no respondió.
La voz continuó.
—¿Dónde está?
El hombre dijo otra frase.
Daniel apretó los dientes.
—¿Qué quieren?
Pausa.
—No.
Silencio.
Daniel bajó el teléfono.
—¿Qué han dicho?
No contestó.
—¡Daniel!
—Quieren los documentos originales.
—¿A cambio de mi madre?
Él asintió.
Maya dejó de sentir los pies.
—¿Dónde?
—En el antiguo centro de mantenimiento junto a la carretera.
Uno de los policías se acercó.
—¿Qué ocurre?
Daniel le explicó.
Inmediatamente activaron un operativo.
Maya intentó acompañarlos.
No se lo permitieron.
—No me voy a quedar.
El agente fue firme:
—Sí.
Daniel se agachó frente a ella.
—Escúchame.
—No.
—Maya.
—Tú no decides.
—Tu padre habría querido que estuvieras segura.
Aquello la hirió.
—No hables de él.
Daniel asintió.
—Tienes razón.
Se levantó.
—Pero voy a traer a tu madre.
Horas después, Maya permanecía con una agente dentro de un vehículo policial alejado del centro de mantenimiento.
Daniel estaba con el equipo.
Las negociaciones duraron casi una hora.
Finalmente, Maria apareció.
Estaba asustada.
Pero ilesa.
Maya abrió la puerta antes de que pudieran detenerla.
—¡Mamá!
Corrió.
Maria la abrazó con tanta fuerza que ambas cayeron de rodillas.
—Dios mío.
—Pensé que...
—Estoy aquí.
Maya lloró.
Daniel apareció detrás de ellas.
Maria lo vio.
Y su expresión cambió.
No era gratitud.
Era reconocimiento.
Daniel también se quedó quieto.
—¿Nos conocemos? —preguntó.
Maria no respondió.
Maya miró entre ambos.
—Mamá.
Maria bajó los ojos.
Daniel comprendió.
—Tú sabes quién soy.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
Maya sintió que algo nuevo empezaba.
—¿Desde cuándo?
Maria apretó a su hija.
—Desde antes de esta noche.
Daniel parecía desconcertado.
—¿Cómo?
Maria respiró.
—Conocí a tu padre.
Daniel dejó de moverse.
—Mi padre murió hace doce años.
—Lo sé.
—¿Dónde lo conociste?
—En el proyecto.
Daniel palideció.
—Tú no eras enfermera entonces.
Maria miró a Maya.
—Sí lo era.
—Entonces ¿qué hacías allí?
Nada.
Maya apretó la mano de su madre.
—Mamá.
Maria comenzó a llorar.
—Tu padre no era la única persona investigando aquella carretera.
Maya quedó quieta.
—¿Tú también?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque después de que murió prometí que nunca volvería a acercarme.
Daniel habló:
—¿A quién se lo prometiste?
Maria lo miró.
—A tu padre.
Silencio.
Daniel perdió el color.
—Eso es imposible.
—No.
—Mi padre murió seis años antes que Carlos.
Maria negó.
—Eso es lo que te contaron.
Daniel quedó paralizado.
—¿Qué?
Maya miró a Daniel.
Él parecía incapaz de respirar.
Maria continuó:
—Tu padre no murió cuando tu familia dijo.
—No.
—Daniel...
—¡No!
—Vivió varios años más.
—Eso es una locura.
—Usaba otro nombre.
Daniel retrocedió.
—¿Cuál?
Maria no respondió.
—¡Cuál!
Ella miró hacia los agentes.
Después hacia Maya.
—Richard Morgan nunca fue su verdadero nombre.
Daniel se quedó completamente quieto.
Maya apenas entendía.
—¿Entonces quién era?
Maria respiró profundamente.
—El hombre que ayudó a tu padre a recopilar las pruebas.
Daniel miró a Maya.
—¿Mi padre conocía al suyo?
Maria asintió.
—Trabajaban juntos.
—¿Por qué?
—Porque habían descubierto algo más grande que una carretera defectuosa.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Maria cerró los ojos.
—Una serie de accidentes.
—¿Cuántos?
—Al menos nueve.
—¿Provocados?
Ella asintió.
Maya apretó los labios.
—¿Mi papá fue uno de ellos?
Maria comenzó a llorar.
—Sí.
Maya dejó de respirar.
Daniel bajó la cabeza.
—¿Y quién estaba detrás?
Maria miró hacia el edificio donde los sospechosos acababan de ser detenidos.
—Ellos no son quienes mandan.
—Entonces ¿quién?
Maria dudó.
—El nombre está en la memoria.
Daniel levantó los ojos.
—¿La recuperaron?
Un agente se acercó.
—Encontramos el dispositivo dentro del vehículo.
Daniel sintió alivio.
Pero el policía añadió:
—Hay un problema.
—¿Qué?
—Está cifrado.
Daniel cerró los ojos.
—Necesitamos una contraseña.
Maria palideció.
—No.
Maya la miró.
—¿La sabes?
Su madre no respondió.
—Mamá.
Maria bajó la mirada.
—Carlos me dejó una frase.
—¿Papá?
—Me dijo que si algún día alguien encontraba sus archivos, esa frase abriría todo.
Daniel se acercó.
—¿Cuál?
Maria empezó:
—“La chica en la tormenta...”
Maya frunció el ceño.
—¿Qué?
Su madre la miró.
—Ese era el nombre que tu padre usaba para ti.
Maya quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Maria sonrió entre lágrimas.
—Porque naciste durante una tormenta.
Daniel conectó el dispositivo.
Introdujo la frase.
El archivo se abrió.
Había cientos de documentos.
Fotografías.
Informes.
Nombres.
Uno de los agentes se acercó.
—Aquí hay una carpeta protegida.
Daniel abrió.
Dentro había una fotografía antigua.
Carlos Reyes.
Maria.
Y otro hombre.
Daniel lo reconoció.
Su rostro cambió.
—Ese es mi padre.
Maria bajó los ojos.
—Sí.
Daniel acercó la imagen.
—¿Cuándo fue esto?
—Dos semanas antes del accidente de Carlos.
—¿Qué estaban haciendo?
Maria no respondió.
Maya miró la fotografía.
Su padre sostenía una carpeta.
El padre de Daniel sostenía las llaves de un coche.
Y detrás de ellos se veía el mismo SUV que había terminado en el agua aquella noche.
Daniel lo entendió antes que los demás.
—Ese coche...
Maria asintió.
—No era tuyo.
Daniel quedó helado.
—¿Qué?
—Pertenecía a tu padre.
—Imposible.
—Lo guardaron durante años.
Daniel sintió náuseas.
—¿Por qué terminaría yo dentro?
Maria lo miró.
—Porque alguien quería repetir lo que ocurrió con Carlos.
Maya se acercó.
—¿Con el mismo coche?
—Sí.
Daniel miró la fotografía.
Después los documentos.
Finalmente encontró un archivo de audio.
Fecha: seis años atrás.
El día anterior a la muerte de Carlos.
—¿Qué es esto?
Maria comenzó a llorar.
—La última grabación de tu padre.
Maya se quedó inmóvil.
Daniel pulsó reproducir.
Una voz masculina llenó débilmente el altavoz.
Carlos.
—“Si estás escuchando esto, significa que no pude entregar las pruebas.”
Maya se llevó una mano a la boca.
La voz continuó:
—“Maria sabe una parte. Richard sabe otra.”
Daniel miró a Maria.
Ella asintió.
Carlos siguió:
—“Pero hay algo que ninguno de los dos sabe.”
Todos quedaron en silencio.
—“La persona que ordenó los accidentes no trabaja para la empresa.”
Daniel frunció el ceño.
La grabación crujió.
—“Está dentro de nuestras familias.”
Maya sintió un escalofrío.
Daniel miró a Maria.
—¿Qué significa?
Ella negó.
—Nunca escuché esto.
La voz de Carlos continuó:
—“Si algo me pasa, no confíen en quien aparezca primero diciendo que quiere ayudar.”
Daniel se quedó quieto.
Después el audio dijo:
—“Y, sobre todo, protejan a Maya. Porque cuando crezca, ella será la única que pueda demostrar que el hombre que firmó los informes también es el hombre que...”
La grabación se cortó.
Maya dejó de respirar.
—¿El hombre que qué?
Daniel miró el archivo.
Había una segunda parte.
Bloqueada.
Un agente intentó abrirla.
Pidió otra clave.
Maya miró a su madre.
—¿Sabes cuál es?
Maria negó.
Entonces el teléfono de Daniel vibró.
Un mensaje desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Maya la vio.
Era una imagen tomada hacía apenas minutos.
De ellos.
Allí mismo.
Daniel levantó la cabeza.
Alguien los estaba observando.
Debajo de la foto había una frase:
“Carlos nunca llegó a terminar esa grabación porque Maria ya sabía quién era.”
Maya giró lentamente hacia su madre.
Daniel también.
Maria perdió todo el color.
—Mamá...
Ella retrocedió.
—No.
—¿Qué sabías?
—Maya...
—¿Quién era el hombre?
Maria comenzó a llorar.
—No puedo decírtelo aquí.
Daniel apretó el teléfono.
—Después de todo, lo vas a decir.
Maria miró a su hija.
—Si te digo ese nombre, entenderás por qué intentaron matar a Daniel esta noche.
Maya se quedó inmóvil.
—Dilo.
Maria abrió la boca.
Pero antes de pronunciarlo, un disparo de luz atravesó los árboles cercanos.
No un arma.
Un faro.
Otro vehículo acababa de encenderse a pocos metros.
Los agentes reaccionaron.
Daniel agarró a Maya y la llevó detrás del coche policial.
Maria se quedó mirando aquel vehículo.
Su expresión cambió a puro terror.
—No puede ser.
Daniel la miró.
—¿Quién está ahí?
Maria apenas pudo responder:
—El hombre que Carlos creía muerto antes de empezar toda esta investigación.
La puerta del vehículo comenzó a abrirse.
Maya apretó la mano de su madre.
—¿Quién?
Maria miró a Daniel.
Después a su hija.
—El hombre cuyo verdadero apellido también es Morgan.
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Daniel dejó de respirar.
Y antes de que pudiera preguntar qué significaba aquello, una figura descendió lentamente del coche.