flashbuzz

PARTE II — EL APELLIDO QUE CAMBIÓ TODO

—¿Somore?

Victoria pronunció el apellido como si intentara recordar dónde lo había escuchado.

Daniel seguía mirando la insignia.

Había visto aquel símbolo antes.

No en objetos que se entregaran a huéspedes.

Ni en recuerdos vendidos por el resort.

Lo había visto durante su formación, asociado a una parte de la historia del establecimiento de la que apenas se hablaba con los empleados nuevos.

—Debe de ser una reproducción —dijo Victoria finalmente—. Cualquiera puede conseguir algo parecido.

Daniel negó lentamente.

—No.

—¿Cómo que no?

—Estas insignias no se entregaban al público.

Victoria miró a Elena.

La mujer que segundos antes había tratado como una intrusa seguía teniendo el abrigo manchado y el rostro cansado.

Nada en ella parecía encajar con la explicación de Daniel.

—¿Y qué pretende demostrar con eso? —preguntó Victoria.

Elena recogió la insignia.

Después apoyó una mano en el borde del mostrador y comenzó a levantarse.

Daniel dio un paso para ayudarla, pero ella hizo un pequeño gesto.

Podía hacerlo sola.

Cuando finalmente estuvo de pie, se arregló el abrigo con calma.

No necesitó elevar la voz.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí, Daniel?

—Cuatro años.

—Entonces debería saber que esa insignia no puede salir del archivo familiar sin autorización.

Daniel tragó saliva.

Victoria lo miró.

—¿Archivo familiar?

Elena no apartó los ojos de ella.

—Hace unos minutos dijo que este era su resort.

—Era una forma de hablar.

—No lo parecía.

Victoria intentó recuperar su seguridad.

—Soy huésped de este establecimiento desde hace años. Conozco a la dirección. Y usted apareció aquí en unas condiciones bastante cuestionables.

—¿Eso justificaba arrastrarme por el vestíbulo?

Victoria guardó silencio.

Los huéspedes que antes habían evitado mirar ahora prestaban atención.

Daniel parecía cada vez más incómodo.

—Señora… —comenzó.

Elena se volvió hacia él.

—¿Quién dio la orden de llamar a seguridad?

Daniel dudó.

—La señora Hale lo solicitó.

—No le he preguntado quién lo solicitó. Le he preguntado quién lo autorizó.

Daniel bajó ligeramente la mirada.

Nadie.

Victoria había dado una orden y todos habían actuado como si tuviera autoridad para hacerlo.

Elena entendió la respuesta sin necesidad de escucharla.

—Ya veo.

Victoria soltó una risa nerviosa.

—Esto es absurdo. Una insignia vieja no la convierte en dueña de nada.

Elena giró lentamente hacia ella.

—Yo nunca he dicho que lo hiciera.

Aquella respuesta desconcertó incluso a Daniel.

Victoria entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿quién es usted?

Elena miró la insignia durante un instante.

Había regresado al resort por una razón que nadie en aquel vestíbulo conocía.

No esperaba que la reconocieran.

De hecho, había preferido que no lo hicieran.

Pero tampoco había imaginado terminar en el suelo mientras una desconocida daba órdenes para expulsarla.

Daniel parecía haber empezado a unir algunas piezas.

—Somore… —murmuró.

Miró a Elena.

Después volvió a mirar la insignia.

—¿Elena Somore?

Ella no respondió.

No hacía falta.

La expresión del gerente fue suficiente para que Victoria entendiera que algo acababa de cambiar.

—Daniel —dijo Elena con absoluta serenidad—, hace un momento esta señora ordenó que me sacaran de aquí.

Victoria dio medio paso hacia ella.

—Espere. Creo que esto se está malinterpretando.

—No.

Elena sostuvo su mirada.

—Creo que por primera vez se está entendiendo perfectamente.

Victoria apretó su bolso entre las manos.

—No sabía quién era usted.

Elena dejó pasar unos segundos.

—Ese es precisamente el problema.

Daniel permanecía entre ambas, incapaz de decidir si debía llamar a la dirección, a seguridad o a alguien mucho más arriba en la estructura del resort.

Elena bajó la mirada hacia la insignia de plata.

Después se la mostró una vez más.

—La reconoció en cuanto la vio, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces haga una cosa por mí.

Daniel se enderezó.

—Por supuesto.

Elena miró hacia las enormes columnas, las lámparas de cristal y el vestíbulo donde acababan de intentar expulsarla.

Después volvió los ojos hacia Victoria.

Su voz fue tranquila.

Casi demasiado tranquila.

—Entonces dígale de quién es el resort del que acaba de intentar echarme.

Daniel giró lentamente hacia Victoria.

La mujer palideció.

Pero antes de que pudiera responder, una voz grave surgió desde la escalera principal:

—Daniel, no digas nada todavía.

Todos se volvieron.

Un hombre acababa de detenerse en lo alto de los escalones.

Elena levantó la vista.

May you like

Y al reconocerlo, toda la seguridad que había mostrado hasta ese momento desapareció durante un instante.

Porque aquella insignia no era el único secreto que la familia Somore había dejado dentro del resort.

Other posts