LA ARRASTRARON FUERA DEL RESORT DELANTE DE TODOS… HASTA QUE UNA INSIGNIA DE PLATA CAYÓ AL SUELO Y EL GERENTE RECONOCIÓ SU APELLIDO
PARTE I — LA MUJER A LA QUE NADIE QUISO DEFENDER

El vestíbulo del resort parecía demasiado hermoso para que algo así pudiera ocurrir allí.
Bajo las enormes lámparas de cristal, el mármol blanco reflejaba vestidos de gala, trajes impecables y copas que brillaban bajo una luz dorada. Afuera, la noche envolvía los jardines del complejo; dentro, todo transmitía lujo, orden y una tranquilidad casi artificial.
Hasta que Victoria Hale perdió la paciencia.
—Saquen a esta mujer de mi resort.
Su voz atravesó el vestíbulo con una frialdad que hizo callar varias conversaciones.
Elena Somore estaba frente a ella con el abrigo arrugado, el cabello desordenado y algunas marcas superficiales en el rostro después del incidente que había sufrido horas antes.
Parecía agotada.
Y quizá por eso Victoria creyó que podía tratarla como quisiera.
La sujetó por la manga del abrigo y la obligó a avanzar varios pasos hacia la entrada.
—No vuelva a tocarme —murmuró Elena.
Victoria ni siquiera pareció escucharla.
—Aquí hay gente que ha pagado mucho dinero para descansar. No voy a permitir que alguien en su estado monte un espectáculo.
Elena intentó recuperar el equilibrio, pero terminó apoyando una mano sobre el frío suelo de mármol.
Algunos huéspedes se volvieron.
Otros fingieron no haber visto nada.
Daniel Price, el joven gerente de recepción, observaba desde detrás del mostrador.
Sabía que debía intervenir.
También sabía quién era Victoria Hale: una huésped habitual, exigente, acostumbrada a recibir un trato privilegiado y a conseguir casi siempre lo que quería.
Y dudó.
Ese instante de cobardía sería algo que recordaría durante mucho tiempo.
Victoria señaló nuevamente las puertas.
—¿A qué esperan? Que seguridad la saque.
Elena levantó lentamente la mirada.
No lloraba.
No suplicaba.
Y aquello, por algún motivo, incomodó a Victoria más que cualquier protesta.
—¿De verdad quiere hacer esto delante de todo el mundo? —preguntó Elena.
Victoria soltó una pequeña sonrisa.
—Lo único que quiero es que desaparezca.
Elena permaneció inmóvil unos segundos.
Después acercó hacia sí la pequeña mochila negra que había quedado en el suelo.
Victoria suspiró con impaciencia.
—¿Ahora qué hace?
Elena no respondió.
Abrió la cremallera.
Buscó en uno de los compartimentos interiores y sacó un objeto metálico.
Daniel apenas alcanzó a verlo antes de que Elena lo dejara caer sobre el mármol.
CLINK.
El sonido fue pequeño.
Pero en aquel vestíbulo pareció enorme.
Era una gruesa insignia de plata, antigua y cuidadosamente trabajada.
Elena miró directamente hacia recepción.
—Daniel.
Él se sorprendió al escuchar su nombre.
—Mire esto.
Daniel salió finalmente de detrás del mostrador.
Se acercó.
Al principio observó la insignia sin comprender.
Entonces vio el emblema.
Y su rostro perdió el color.
Volvió a mirar.
Como si necesitara asegurarse de que no estaba confundiendo algo imposible.
Victoria cruzó los brazos.
—¿Qué ocurre?
Daniel no contestó inmediatamente.
Su postura había cambiado.
—¿Qué es eso? —insistió ella.
Daniel levantó lentamente los ojos.
—Esta insignia pertenece a la familia fundadora Somore.
El silencio fue inmediato.
Victoria dejó de sonreír.
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Y Elena, todavía junto al suelo, alzó la mirada hacia ella.
Por primera vez aquella noche, fue Victoria quien pareció no saber qué hacer.