CAPÍTULO 1: LAS CICATRICES QUE TODOS SE ATREVIERON A JUZGAR

El gran salón del banquete estaba lleno de las personas más influyentes de la ciudad.
Empresarios, políticos, jueces y celebridades conversaban bajo la luz de enormes candelabros de cristal. La música sonaba suavemente mientras los camareros servían vino y los fotógrafos inmortalizaban una noche que parecía destinada a celebrar el lujo y el poder.
En medio de aquel ambiente elegante se encontraba una mujer que parecía completamente fuera de lugar.
Vestía una sencilla camisa blanca de seda.
No llevaba joyas.
No buscaba llamar la atención.
Solo permanecía de pie, en silencio, esperando que el evento terminara cuanto antes.
Aquella mujer era Sterling.
Nadie conocía realmente su historia.
Muchos la miraban con curiosidad.
Otros con desprecio.
Entre ellos estaba Vivian Ashford, una mujer famosa por su riqueza y por la facilidad con la que destruía la dignidad de cualquiera que considerara inferior.
Vivian observó a Sterling durante varios segundos.
No le gustaba su serenidad.
No soportaba que alguien pudiera permanecer tan tranquila sin intentar agradar a nadie.
Con una sonrisa llena de arrogancia caminó hacia ella.
Sin pedir permiso.
Sin decir una palabra.
Sujetó con fuerza el cuello de la camisa blanca.
Y tiró violentamente hacia abajo.
La tela se deslizó por la espalda de Sterling.
Un murmullo recorrió el salón.
Sobre su espalda aparecieron dos enormes cicatrices en forma de X.
Viejas.
Profundas.
Imposibles de ocultar.
Vivian soltó una carcajada.
Se giró hacia todos los invitados y levantó un brazo señalando aquellas marcas.
—¡Miren a este monstruo! ¡No tiene nada más que cicatrices!
Algunos invitados rieron.
Otros simplemente observaron en silencio.
Sterling no intentó cubrirse.
No respondió.
Solo permaneció inmóvil.
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Con la espalda recta.
Como si aquellas cicatrices ya no le pertenecieran.