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Capítulo 1: La melodía que nadie debía recordar

La mansión Whitmore parecía suspendida fuera del tiempo aquella noche.

El mármol brillante del gran vestíbulo reflejaba la luz cálida de las lámparas, mientras los arreglos de flores blancas llenaban el salón de recepción con un perfume suave. Los invitados conversaban entre copas de champán, una pequeña orquesta afinaba instrumentos al fondo y, junto a la entrada principal del salón, un piano negro de cola permanecía abierto como parte de la decoración.

Era la noche de la boda de Clara Whitmore.

A sus veintiocho años, Clara llevaba un elegante vestido de satén color marfil champán. Su cabello castaño estaba recogido con delicadeza y, aunque todos la veían sonreír, por dentro llevaba horas luchando contra una ausencia.

Su madre, Rose Whitmore, no estaba allí.

Había muerto hacía siete años.

Y aquella era precisamente la noche que Rose había imaginado desde que Clara era una niña.

Ethan Reed, el novio, caminaba junto a ella por el pasillo de mármol cuando una secuencia de notas llegó desde el salón.

Clara se detuvo.

Su sonrisa desapareció.

Otra nota.

Después otra.

El corazón comenzó a golpearle el pecho.

—No… esa canción no.

Ethan la miró.

—¿Qué pasa?

Clara no respondió.

Se volvió lentamente hacia el piano.

Sentado frente al teclado había un niño al que nunca había visto.

Noah Carter tenía ocho años, camisa blanca, tirantes oscuros y zapatos ligeramente gastados. Sus manos pequeñas recorrían las teclas con inseguridad, pero la melodía era perfecta.

Demasiado perfecta.

Clara caminó hacia él.

Después aceleró.

—¡Detente!

Noah retiró las manos, asustado.

Clara apoyó ambas manos sobre el borde del piano.

—¿Quién te enseñó esa melodía?

El niño bajó la mirada.

—Yo… yo no quería hacer nada malo.

Ethan llegó detrás de Clara.

—Amor, cálmate.

Pero ella apenas lo escuchaba.

Aquella no era una canción conocida.

Rose la había compuesto cuando Clara era pequeña.

Nunca la publicó.

Nunca la grabó.

La tocaba únicamente cuando su hija tenía pesadillas.

Era su secreto.

Clara se agachó hasta quedar a la altura de Noah.

—Necesito que me digas la verdad.

El niño levantó los ojos.

Tenía lágrimas acumuladas.

—La señora de la habitación de arriba.

Clara dejó de respirar.

—¿Qué habitación?

Noah señaló vagamente hacia la escalera.

—La que tiene flores secas en la puerta.

Ethan miró a Clara.

Su expresión cambió.

Él conocía aquella habitación.

Todos en la familia Whitmore la conocían.

Era el antiguo dormitorio de Rose.

Después de su muerte, Clara ordenó cerrarlo.

Nadie había entrado desde entonces.

—Eso es imposible —susurró Clara—. Esa habitación está cerrada desde que murió mi madre.

Noah parecía no entender por qué aquello era importante.

—La señora estaba ahí.

—¿Cómo era?

—Tenía el cabello como tú.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Qué te dijo?

Noah miró el teclado.

Presionó lentamente una última nota.

Después metió la mano en el bolsillo de sus pantalones.

Sacó una pequeña llave de latón antiguo.

La colocó sobre la superficie negra del piano.

El sonido metálico pareció resonar por todo el salón.

—Ella me dijo que te la diera hoy.

Clara tomó la llave.

Colgaba de ella una pequeña etiqueta de marfil.

En un lado había un número grabado.

Ethan se inclinó.

—Clara…

Ella apretó la llave entre los dedos.

—Es la llave de su habitación.

Entonces ocurrió algo aún más extraño.

Desde el piso superior comenzó a escucharse la misma melodía.

No desde el piano del salón.

Desde arriba.

Los invitados dejaron de hablar.

Noah levantó la cabeza.

Ethan se quedó inmóvil.

Clara miró hacia la oscuridad de la escalera.

—Ella dijo que todavía te está esperando.

Clara sintió lágrimas en los ojos.

—¿Mamá…?

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Desde algún lugar del segundo piso llegó un clic seco.

Como una cerradura que acababa de abrirse.


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