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Capítulo 1: El teléfono que no debía existir

La noche había cubierto Madrid con una capa de silencio extraño.

Desde las enormes ventanas del dormitorio, las luces de la ciudad entraban como reflejos azulados sobre el suelo de mármol. El tráfico se escuchaba muy lejos, amortiguado por los cristales del apartamento.

Dentro, solo se oía el tic tac de un reloj.

Javier Morales permanecía junto a la cama.

Había algo en aquella habitación que no encajaba.

Lucía Fernández estaba sentada sobre el borde del colchón, descalza, con el cardigan gris carbón cubriendo parcialmente sus brazos. Parecía agotada, pero sus ojos seguían cada movimiento de Javier.

Él se inclinó.

Introdujo la mano debajo de la almohada.

Y encontró un teléfono.

Negro.

Sin funda.

Javier lo sostuvo frente a ella.

Lucía dejó de respirar durante un instante.

—¿Qué hace esto debajo de tu almohada?

Lucía bajó los ojos.

—No es mío.

Javier permaneció inmóvil.

No parecía enfadado.

Eso era precisamente lo que hacía que Lucía se pusiera más nerviosa.

—Entonces explícame por qué estaba debajo de tu almohada.

—No lo sé.

Javier giró el teléfono entre los dedos.

—Mientes.

Lucía levantó la mirada.

—No.

Javier pulsó el botón lateral.

La pantalla se iluminó.

Una notificación apareció.

Lucía la vio.

Javier también.

Pero el contenido permaneció oculto.

Él intentó desbloquearlo.

El teléfono aceptó su intento.

Javier se quedó quieto.

Lucía también.

—¿Cómo…?

Javier miró el dispositivo.

Después miró a Lucía.

—Entonces dime por qué tiene tu huella.

Lucía no respondió.

Javier levantó lentamente la mirada.

Por primera vez, observó el rostro de aquella mujer de una manera diferente.

Lucía no parecía sorprendida.

Parecía estar esperando que aquello ocurriera.

Javier dejó el teléfono sobre la cama.

—¿Quién te lo dio?

Lucía permaneció en silencio.

Javier dio un paso hacia ella.

—Lucía.

Ella levantó los ojos.

—Tú.

Javier frunció el ceño.

—¿Qué has dicho?

—Tú me diste ese teléfono.

El silencio se volvió insoportable.

Javier negó lentamente con la cabeza.

—Nunca te he dado ese teléfono.

Lucía observó su reacción.

—Eso es lo que tú recuerdas.

Javier sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Lucía no respondió.

Sus ojos se desviaron apenas hacia el pequeño cajón de cristal negro junto a la cama.

Javier lo notó.

Giró la cabeza.

Después volvió a mirarla.

—¿Qué hay ahí?

Lucía se tensó.

Javier se acercó al cajón.

—No.

—¿Qué estás escondiendo?

—Javier, no lo abras.

Él se detuvo.

—¿Por qué?

Lucía tragó saliva.

—Porque todavía no estás preparado.

Aquella frase cambió algo en la habitación.

Javier regresó hasta la cama.

Cogió el teléfono.

—¿Quién eres realmente?

Lucía lo miró fijamente.

Y entonces el teléfono vibró.

Ambos bajaron los ojos.

Una nueva notificación.

Número desconocido.

Lucía palideció.

—No lo abras.

Javier la miró.

—¿Por qué?

Lucía no apartó los ojos del teléfono.

—Porque si lo haces, ya no podrás fingir que no sabes.

Javier sintió que la rabia comenzaba a sustituir a la confusión.

—¿Saber qué?

El teléfono volvió a vibrar.

Javier lo desbloqueó.

Lucía intentó alcanzarlo.

Él le sujetó la muñeca.

—No.

Lucía se quedó quieta.

Javier la miró.

—Ahora vas a explicármelo.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No esta noche.

—¿Entonces cuándo?

Lucía lo miró durante varios segundos.

Después susurró:

—Cuando descubras quién eras antes de conocerme.

Javier soltó lentamente su muñeca.

El reloj siguió avanzando.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Javier volvió a mirar el teléfono.

Y esta vez abrió el mensaje.

Su rostro cambió inmediatamente.

La sangre pareció desaparecer de sus mejillas.

Lucía lo observaba.

Pero ya no parecía asustada.

Javier levantó los ojos.

—¿Desde cuándo sabes esto?

Lucía permaneció completamente inmóvil.

No respondió.

Javier miró otra vez el teléfono.

Después la miró a ella.

Y entonces escuchó algo.

Un sonido casi imperceptible.

La manilla de la puerta.

Se estaba moviendo.

Lucía giró la cabeza.

Javier también.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

Lucía susurró:

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—Desde antes de conocerte.

Y la oscuridad del pasillo apareció por la pequeña abertura.

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