Capítulo 2: La Mujer de la Última Fila Reveló que Clark Había Robado la Investigación de la Madre de Ava

La mujer avanzó lentamente hacia el escenario.
Cuando la luz alcanzó su rostro, Ava sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Era Laura Bennett.
Su madre.
Ava había crecido pensando que había muerto cuando ella era pequeña. Su abuela siempre le contó que Laura había sufrido un accidente de laboratorio y que nunca lograron salvarla.
Ahora estaba delante de ella.
Más delgada.
Con una cicatriz junto a la sien.
Pero viva.
—Mamá… —susurró Ava.
Laura comenzó a llorar.
—Perdóname por tardar tanto.
Ava no corrió a abrazarla.
Había pasado demasiados años sintiéndose abandonada.
—¿Dónde estuviste?
La decana pidió cerrar el auditorio y ordenó que nadie tocara las computadoras ni retirara las páginas del suelo.
Laura colocó la hoja final junto a la tesis rota.
Veintiún años atrás, ella y Raymond Clark eran estudiantes de doctorado. Juntos investigaban un método para identificar patrones neurológicos mediante análisis computacional.
Pero el descubrimiento principal pertenecía a Laura.
Cuando recibió una oferta para presentar el proyecto ante una empresa médica, Clark intentó convencerla de incluirlo como autor principal.
Ella se negó.
Poco después, los archivos desaparecieron y Laura fue acusada de manipular datos.
Clark presentó su trabajo con otro nombre, obtuvo prestigio y construyó toda su carrera sobre aquella investigación.
—Intenté denunciarlo —explicó Laura—, pero tenía aliados dentro de la universidad.
La noche antes de entregar las pruebas, su automóvil fue sacado de la carretera.
Laura sobrevivió, aunque perdió parte de la memoria.
Clark aprovechó el accidente para declarar que había muerto y trasladarla a una clínica privada bajo una identidad falsa.
Durante años la mantuvieron sedada, convenciéndola de que no tenía familia.
—¿Por qué regresaste ahora? —preguntó Ava.
—Recuperé la memoria hace tres años. Pero necesitaba pruebas que él no pudiera destruir.
Laura descubrió que Ava estudiaba en la misma universidad y desarrollaba, sin saberlo, la continuación de su investigación.
Había heredado sus notas mediante una vieja libreta familiar.
Clark también lo reconoció.
Por eso aceptó supervisar la tesis.
No quería ayudarla.
Quería vigilarla y robar nuevamente los resultados antes de que alguien descubriera la conexión.
—¿El estudiante del video sabía la verdad? —preguntó la decana.
El joven se puso de pie entre lágrimas.
Confesó que Clark le pagó para copiar los archivos y acusar a Ava de plagio. Le aseguró que la muchacha sería expulsada y que nadie creería en una estudiante becada contra un profesor famoso.
Clark intentó marcharse.
Los guardias bloquearon la salida.
—No tienen pruebas de que yo provocara ningún accidente —dijo.
Laura levantó la página final.
En ella estaba escrito un código que desbloqueaba un archivo oculto dentro de la tarjeta.
La nueva grabación mostraba a Clark hablando con el administrador de la clínica.
—Manténganla allí hasta que olvide completamente quién es —decía—. Si vuelve, perderemos todo.
La decana miró al profesor con horror.
—No solo robó una investigación. Hizo desaparecer a una mujer.
Clark fue detenido.
Pero antes de salir del auditorio, miró a Ava.
—Tu madre tampoco te ha contado toda la verdad.
Después señaló el proyecto.
—Esa tesis nunca estuvo destinada a curar personas.
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Laura perdió el color del rostro.
Y Ava comprendió que su investigación también ocultaba algo peligroso.