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CAPÍTULO 1 — El pasajero que cambió de asiento

El avión atravesaba una tormenta sobre España.

Fuera de las ventanillas solo había oscuridad, lluvia y, de vez en cuando, un destello lejano que iluminaba las nubes durante una fracción de segundo.

Dentro de la cabina, el ambiente era cada vez más tenso.

Una nueva sacudida hizo vibrar los compartimentos superiores.

Algunos pasajeros agarraron los reposabrazos. Otros se tomaron de las manos.

Lucas Martín, de diez años, permanecía sentado junto a su madre, Elena.

Tenía miedo.

Se notaba en la forma en que apretaba los dedos contra el borde de su sudadera naranja.

Pero no gritaba.

Observaba.

De pronto, varias filas detrás de ellos, se escuchó un fuerte golpe.

¡CLACK!

Uno de los compartimentos superiores parecía haberse desplazado ligeramente.

Los pasajeros sentados debajo levantaron la cabeza con preocupación.

—¡Marta! —llamó Javier, uno de los auxiliares de vuelo.

Marta Vega miró inmediatamente hacia aquella zona.

Esperó a que la turbulencia disminuyera antes de moverse con precaución por el pasillo.

Entonces escuchó una voz infantil detrás de ella.

—Eso ya estaba abierto.

Marta se volvió.

Era Lucas.

—¿Qué has dicho?

El niño señaló discretamente el compartimento.

—Que ya estaba así antes de que empezara a moverse tanto el avión.

Elena miró a su hijo.

—Lucas, cariño...

Pero Marta había notado algo en su expresión.

No parecía estar inventando una historia.

—¿Cómo lo sabes?

Lucas dudó.

Miró hacia las últimas filas.

—Porque vi a un señor abrirlo.

La expresión de Marta se volvió más seria.

—¿Qué señor?

Lucas buscó con la mirada entre los pasajeros.

—Uno que llevaba una chaqueta gris.

Elena tocó suavemente el brazo de su hijo.

—Puede que solo estuviera guardando su equipaje.

—No —respondió Lucas—. Primero abrió ese compartimento.

Marta permaneció en silencio.

—¿Y qué hizo?

Lucas intentó recordar.

—Metió algo.

—¿Una maleta?

—No lo sé.

—¿Una bolsa?

El niño negó lentamente.

—No lo vi bien.

Marta intercambió una mirada con Javier.

Todavía no había ninguna razón para sacar conclusiones.

Un pasajero podía guardar prácticamente cualquier objeto cotidiano en un compartimento.

Pero Lucas añadió algo más:

—Después cambió de asiento.

Marta volvió a mirarlo.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Dónde estaba sentado antes?

Lucas levantó la mano y señaló unas filas más atrás.

Marta siguió la dirección de su dedo.

Allí había un asiento aparentemente vacío.

El cinturón descansaba sobre el cojín.

Javier miró la fila.

—¿Quién iba ahí?

Marta negó ligeramente con la cabeza.

—No lo sé.

—Yo sí lo vi —dijo Lucas.

Los dos auxiliares se volvieron hacia él.

Elena empezó a inquietarse.

—Lucas, piensa bien antes de decir nada.

—Estoy pensando, mamá.

El niño volvió a mirar hacia el fondo del avión.

—El señor estaba ahí.

Marta se acercó un poco.

—¿Y cuándo cambió de sitio?

—Cuando vosotros estabais delante.

—¿Viste adónde fue?

Lucas señaló hacia la parte trasera de la cabina.

—Por ahí.

Marta miró en esa dirección.

—¿Y después?

Lucas tragó saliva.

—No volvió.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

El sonido constante de los motores llenó aquel pequeño silencio.

Marta ya no parecía escéptica.

Tampoco alarmada.

Solo concentrada.

—Lucas, necesito que estés completamente seguro.

El niño asintió.

—Lo estoy.

Entonces Marta miró a Javier.

No hicieron ninguna acusación.

No sabían si lo que Lucas había visto tenía importancia.

Quizá existía una explicación perfectamente normal.

Pero había algo que necesitaban comprobar.

Y justo cuando Marta estaba a punto de hablar...

Lucas bajó la mirada.

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Su expresión cambió.

Había visto algo más.

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