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CAPÍTULO 2: “NO ESTÁ MUERTO”

La lluvia golpeaba los cristales al fondo del pasillo.

Álvaro seguía sosteniendo la fotografía.

No podía apartar los ojos del pequeño símbolo.

Había pasado media vida intentando convencerse de que aquel recuerdo no significaba nada.

Ahora comprendía que había estado equivocado.

“¿Cómo conociste a mi hermano?”

Mateo permaneció callado.

Álvaro dio un paso hacia él.

“Te he hecho una pregunta.”

El niño levantó lentamente la mirada.

Por primera vez, su miedo pareció desaparecer.

“Él sabía que no me creerías.”

Álvaro sintió un nudo en el estómago.

“¿Qué te dijo exactamente?”

Mateo miró hacia las puertas de cristal.

La lluvia seguía cayendo sobre las calles oscuras de Madrid.

Después se quitó lentamente la mochila verde.

Álvaro no apartó los ojos de sus manos.

“¿Qué llevas ahí?”

Mateo no contestó.

Abrió la mochila.

Álvaro dio un paso hacia atrás.

No porque hubiera visto algo.

Sino porque, de repente, tuvo miedo de verlo.

Mateo introdujo una mano en el interior.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

El ruido lejano de la celebración desapareció detrás de las paredes.

Solo quedaron la lluvia y la respiración cada vez más pesada de Álvaro.

Mateo sacó lentamente algo de la mochila.

Pero mantuvo el objeto oculto entre su cuerpo y Álvaro.

Álvaro únicamente pudo ver su propia reacción reflejada en los ojos del niño.

Su rostro perdió color.

Sus labios se separaron ligeramente.

Retrocedió un paso.

“No…”

Mateo extendió la mano.

“Él no está muerto.”

Álvaro se quedó completamente inmóvil.

Aquellas cuatro palabras destruyeron veinte años de certezas.

“¿Qué has dicho?”

Mateo no apartó los ojos de él.

“Me pidió que te dijera que todavía te está esperando.”

Álvaro sintió que las piernas dejaban de responderle durante un instante.

Gabriel.

Su hermano.

El hombre al que había llorado durante veinte años.

El hombre cuya ausencia había cambiado para siempre a su familia.

Esperándolo.

En algún lugar.

Todavía vivo.

Álvaro miró aquello que Mateo sostenía, pero el niño no permitió que pudiera verlo claramente.

“¿Dónde está?”

Mateo permaneció en silencio.

“¡¿Dónde está mi hermano?!”

El niño no se movió.

Álvaro comprendió entonces que no iba a conseguir una respuesta.

No todavía.

Su mirada volvió al objeto oculto en la mano de Mateo.

Algo relacionado con Gabriel.

Algo que había viajado desde un pasado que Álvaro creía enterrado.

Y, por alguna razón, Gabriel había decidido enviárselo precisamente a través de aquel niño.

Álvaro sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Pero no lloró.

Solo murmuró:

“¿Por qué tú?”

Mateo bajó ligeramente la mirada.

“Porque él dijo que tú entenderías.”

“¿Entendería qué?”

Mateo no contestó.

Álvaro dio otro paso.

El niño retrocedió.

La distancia entre ambos quedó congelada.

Entonces Álvaro miró nuevamente la fotografía.

El rostro joven de Gabriel.

La marca secreta.

La mochila.

El objeto oculto.

Todo parecía formar parte de una historia que había comenzado mucho antes de aquella noche.

Una historia en la que alguien había permanecido escondido durante veinte años.

Una historia en la que Mateo sabía demasiado sobre un hombre que supuestamente había desaparecido para siempre.

Álvaro levantó lentamente los ojos.

Mateo seguía allí.

Quieto.

Esperando.

Álvaro volvió a mirar el objeto.

Y esta vez comprendió exactamente qué estaba viendo.

Su expresión cambió.

El miedo apareció por primera vez sin ningún intento de ocultarlo.

“No…”

Mateo no respondió.

Álvaro apretó la fotografía contra su pecho.

Apenas pudo pronunciar las siguientes palabras.

“¿De dónde sacaste eso?”

Mateo lo miró directamente.

Y guardó silencio.

La respuesta estaba allí.

En aquella pequeña mano.

En aquel objeto que Gabriel había enviado desde algún lugar desconocido.

Álvaro comprendió que encontrar a su hermano quizá ya no era la pregunta más importante.

La verdadera pregunta era otra.

¿Por qué Gabriel había esperado veinte años para volver?

Y, sobre todo…

¿qué secreto había obligado a un niño desconocido a convertirse en el mensajero de un hombre que todos creían muerto?

Álvaro levantó lentamente la mirada hacia Mateo.

El niño no dijo nada.

La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.

Y antes de que Álvaro pudiera exigir una sola respuesta más, la historia se detuvo.

Porque todavía nadie sabía dónde estaba Gabriel.

Nadie sabía por qué había desaparecido.

Nadie sabía qué había enviado.

Y nadie podía explicar cómo un niño sin hogar había encontrado al único hombre capaz de reconocer aquel mensaje.

Álvaro solo sabía una cosa: su hermano estaba vivo.

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Y después de veinte años…

Gabriel lo estaba esperando.

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