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CAPÍTULO 1: EL NIÑO QUE TRAÍA EL PASADO

La celebración privada había alcanzado su punto más elegante cuando Álvaro Montes decidió abandonar el comedor.

Durante toda la noche había soportado felicitaciones, copas levantadas y conversaciones sobre negocios. Pero necesitaba unos minutos lejos de aquella gente.

Al salir al pasillo trasero del restaurante, escuchó un ruido extraño.

Se detuvo.

A unos metros, junto a una de las puertas de madera oscura, había un niño.

No debía tener más de nueve años.

Estaba empapado por la lluvia y llevaba una vieja chaqueta vaquera demasiado grande para su cuerpo. Un pequeño bolso verde descansaba sobre su espalda. El niño apretaba algo contra su pecho con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Álvaro frunció el ceño.

No reconocía al muchacho.

Se acercó.

El niño retrocedió hasta quedar casi pegado a la pared.

Álvaro lo observó con desconfianza.

“¿Qué haces aquí?”

El niño levantó lentamente la mirada.

“Solo quería encontrarlo.”

Álvaro entrecerró los ojos.

“¿Encontrar a quién?”

El pequeño no respondió.

En cambio, bajó la mirada hacia el objeto que sostenía.

Entonces Álvaro vio una esquina de papel envejecido.

Una fotografía.

Algo dentro de él cambió.

“Dámela.”

El niño dudó unos segundos, pero finalmente extendió la mano.

Álvaro tomó la fotografía.

Y dejó de respirar.

El pasillo pareció quedarse completamente silencioso.

El hombre que aparecía en aquella imagen tenía unos treinta años. Cabello oscuro ligeramente largo, mirada amable, camisa blanca y una vieja chaqueta de cuero marrón.

Álvaro conocía aquella cara mejor que nadie.

Era Gabriel.

Su hermano menor.

El hombre que había desaparecido veinte años atrás.

Durante dos décadas, Álvaro había vivido con una pregunta que jamás había conseguido responder.

¿Qué le había ocurrido a Gabriel?

Había habido búsquedas.

Preguntas.

Policías.

Rumores.

Testigos que decían haberlo visto en diferentes ciudades.

Pero nunca encontraron un cuerpo.

Nunca encontraron una explicación.

Y con el paso de los años, todos terminaron aceptando que Gabriel estaba muerto.

Todos excepto Álvaro.

Sus dedos se cerraron alrededor de la fotografía.

Miró al niño.

“¿De dónde has sacado esto?”

El pequeño respondió con una voz casi inaudible.

“Me lo dieron.”

“¿Quién?”

El niño levantó los ojos.

“El hombre de la foto.”

Álvaro sintió un escalofrío.

Miró nuevamente el rostro de Gabriel.

Después al niño.

“Ese hombre desapareció hace veinte años.”

“Lo sé.”

“Entonces dime la verdad.”

El niño tragó saliva.

No parecía estar mintiendo.

Eso fue lo que más inquietó a Álvaro.

Mateo levantó lentamente un dedo y señaló la parte posterior de la fotografía.

“Él dijo que tú recordarías esto.”

Álvaro giró la fotografía.

Y entonces lo vio.

Un pequeño símbolo dibujado a mano.

Casi borrado por el tiempo.

Pero Álvaro lo reconoció inmediatamente.

No era una firma.

No era una palabra.

Era una marca que Gabriel y él habían inventado cuando eran niños.

Una señal privada que solamente los dos conocían.

Álvaro sintió cómo sus dedos comenzaban a temblar.

Durante veinte años había intentado olvidar aquel símbolo.

Y ahora estaba allí.

En manos de un niño desconocido.

Un niño que afirmaba haber hablado con Gabriel.

Álvaro levantó lentamente la mirada.

“¿Dónde lo viste?”

Mateo no respondió.

Solo observó a Álvaro con una mezcla de miedo y compasión.

Y esa mirada hizo que Álvaro comprendiera algo terrible.

Aquel niño no había llegado hasta él por casualidad.

Había sido enviado.

Pero la pregunta más aterradora todavía estaba sin respuesta.

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Si Gabriel realmente estaba muerto…

¿quién había entregado aquella fotografía a Mateo?

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