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Capítulo 2: La tarjeta negra

Elena sintió que algo no encajaba.

—¿Qué significa eso?

Rafael no respondió inmediatamente.

Diego seguía agarrado a su mano.

Mateo permanecía detrás del mostrador, confundido.

La lluvia continuaba golpeando los cristales.

Rafael terminó la llamada.

—Tenemos que hablar.

Elena soltó una pequeña risa nerviosa.

—No sé quién se cree que es usted, pero esta es mi pastelería.

Rafael la observó.

—¿Suya?

—Sí.

Rafael bajó la mirada hacia el mostrador.

Después miró la identificación de Mateo.

—Interesante.

Mateo frunció el ceño.

—Señor, yo no sé qué está pasando.

Rafael lo miró directamente.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Diego tiró suavemente de su mano.

—Papá.

Rafael bajó los ojos.

—¿Qué?

—Prometiste.

Rafael se quedó callado.

Mateo miró al niño.

—¿Qué prometió?

Diego no respondió.

Rafael se inclinó ligeramente hacia él.

—No voy a hacer nada que te haga daño.

Diego negó.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué?

El niño miró a Mateo.

Luego a Elena.

—Ella no sabe quién eres.

Elena frunció el ceño.

—¿Quién es él?

Rafael levantó lentamente la mirada.

Mateo sintió una extraña presión en el pecho.

—Señor, creo que está confundiendo a alguien.

Rafael dio un paso hacia él.

—No.

Una sola palabra.

Mateo dejó de hablar.

Rafael metió la mano en el interior del abrigo.

Esta vez sacó una pequeña tarjeta negra.

No tenía nombre visible.

No tenía fotografía.

No tenía ninguna explicación.

La colocó sobre el mármol del mostrador.

Elena la miró.

Y su expresión cambió.

—¿Qué es eso?

Rafael no contestó.

Mateo miró la tarjeta.

—¿Qué significa?

Rafael mantuvo los ojos sobre Elena.

—Depende de cuánto quiera seguir fingiendo.

Elena palideció.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabe.

—Nunca le he visto en mi vida.

Rafael se inclinó ligeramente hacia ella.

—Eso también puede cambiar.

Mateo miró a Elena.

Por primera vez, ella parecía realmente asustada.

—¿Qué está pasando?

Rafael no le respondió.

Diego apretó la caja del pastel contra su pecho.

—Papá, dijiste que no se lo contarías.

Mateo miró al niño.

—¿Contarme qué?

Diego bajó la mirada.

—Nada.

—Diego.

—Nada.

Rafael cerró los ojos durante un segundo.

Parecía estar luchando contra una decisión.

Entonces miró a Mateo.

—¿Tu madre sigue viviendo en Madrid?

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Rafael repitió:

—Tu madre.

—¿Cómo sabe quién es mi madre?

Nadie respondió.

Mateo dio un paso hacia él.

—¿Quién es usted?

Rafael lo miró directamente.

—Alguien que debería haberte encontrado hace mucho tiempo.

Mateo sintió un vacío en el estómago.

—No entiendo.

—Lo sé.

Elena retrocedió lentamente.

Rafael lo notó.

—Usted sí entiende.

Elena negó.

—No.

—Entonces explíqueme por qué su expresión cambió cuando vio la tarjeta.

Elena no respondió.

Rafael señaló la tarjeta negra.

—¿La reconoce?

Elena tragó saliva.

—No.

Rafael sonrió sin humor.

—Mentira.

Mateo miró a Elena.

—¿Qué es esa tarjeta?

Elena permaneció callada.

Rafael finalmente se volvió hacia su hijo.

—Diego.

—¿Sí?

—¿Cuándo viste por primera vez a Mateo?

El niño se quedó inmóvil.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso con todo esto?

Diego miró a su padre.

—Antes.

—¿Antes de qué?

El niño no respondió.

Rafael se arrodilló frente a él.

—Puedes decírmelo.

Diego negó lentamente.

—No aquí.

Rafael entendió algo.

Se levantó.

Miró hacia las ventanas.

Después hacia la puerta.

Mateo siguió sus movimientos.

—¿Nos están siguiendo?

Rafael no contestó.

Mateo sintió que el ambiente se había transformado.

La pastelería ya no parecía un lugar donde alguien había comprado un pastel.

Parecía el escenario de algo que había comenzado mucho antes.

Elena se acercó lentamente a la tarjeta negra.

Rafael habló sin mirarla.

—No la toque.

Elena retiró la mano.

Mateo lo vio.

Y entonces entendió algo.

Rafael no estaba interrogando a Elena.

La estaba esperando.

—¿Qué sabe sobre mí? —preguntó Mateo.

Rafael lo miró.

—Más de lo que debería.

—¿Y Diego?

El rostro de Rafael se endureció.

—Diego no tiene nada que ver.

El niño levantó los ojos.

—Sí tengo.

Rafael se quedó quieto.

Mateo miró al pequeño.

Diego parecía arrepentido de haber hablado.

—¿Qué quieres decir?

El niño apretó la caja del pastel.

—Yo fui quien le dije a papá dónde encontrarte.

Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Encontrarme?

Diego asintió.

—Pero él dijo que no podía hablar contigo todavía.

Mateo miró a Rafael.

—¿Por qué?

Rafael no respondió.

La tarjeta negra permanecía sobre el mostrador.

Elena miraba hacia la puerta.

Mateo siguió su mirada.

Un automóvil oscuro acababa de detenerse frente a la pastelería.

No se veía quién estaba dentro.

Rafael observó el vehículo.

Después miró a Mateo.

—Ahora entiendes por qué no quería que te dijera nada.

Mateo negó.

—No entiendo absolutamente nada.

Rafael tomó la tarjeta negra.

—Todavía no.

Diego levantó la cabeza.

—Papá…

Rafael miró a su hijo.

—¿Qué?

Diego señaló discretamente hacia Mateo.

—Él todavía no sabe lo que pasó aquella noche.

Rafael se quedó completamente inmóvil.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Qué noche?

Nadie respondió.

La puerta de la pastelería se abrió.

Una corriente fría entró desde la calle.

El hombre del automóvil seguía sin aparecer.

Rafael guardó lentamente la tarjeta negra en su bolsillo.

Mateo lo miró.

—Dígame quién es usted.

Rafael sostuvo su mirada.

—Alguien que vino demasiado tarde.

—¿Para qué?

Rafael miró a Diego.

Después a Elena.

Finalmente volvió a Mateo.

—Para evitar que vuelvas a desaparecer.

Mateo se quedó sin palabras.

Diego abrazó con más fuerza la caja del pastel.

Y Elena dio un paso atrás.

Rafael entonces recibió una llamada.

Miró la pantalla.

No contestó.

El teléfono volvió a vibrar.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Rafael finalmente rechazó la llamada.

Mateo lo miró.

—¿Quién era?

Rafael levantó lentamente los ojos.

—La persona que sabe que estás aquí.

El rostro de Mateo cambió.

Afuera, el automóvil encendió los faros.

La luz atravesó los cristales cubiertos de lluvia.

Diego miró hacia la calle.

—Papá…

Rafael se acercó a él.

—¿Qué?

Diego susurró:

—Creo que ya nos encontraron.

Rafael se quedó inmóvil.

Mateo miró hacia la puerta.

Elena hizo lo mismo.

Y entonces alguien golpeó el cristal desde el exterior.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Rafael miró a Mateo.

Mateo lo miró a él.

Diego apretó la caja contra su pecho.

Rafael susurró:

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—Ahora ya es demasiado tarde para esconder quién eres.

CORTE A NEGRO.

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